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De cómo encontró Manuel la felicidad

Manuel Tamayo Vázquez.

Manuel Tamayo Vázquez.

Este 15 de diciembre la Dirección Provincial de la Asociación de Combatientes en Pinar del Río cumplirá 27 años. Guerrillero se acerca hoy a la historia de uno de sus miembros, Manuel Tamayo Vázquez.


Cuando el tío Brígido llegó preguntando por su taza de café matutina, Manuel se hallaba jugando con su hermana pequeña en la cocina rústica de su casa.

Brígido estaba raro aquel día. Llevaba la escopeta de caza colgada al hombro y tenía los ojos irritados, como quien no durmió muy bien la noche anterior.

-Hey, ¿a dónde va a estas horas con esa arma?, preguntó su cuñada, la madre de los niños.

-A cazar unos guaraguaos* que desde hace días están acabando con mis pollos, respondió él. Apuró el trago de café, sacudió cariñoso la cabeza de sus sobrinos y se perdió por los caminos de La Escondida, como llamaban a aquel sitio intrincado de la Sierra Maestra. Al poco rato se sintieron unos disparos en el aire.

“Seguro que ya mató algún guaraguao”, pensó Manuel. Sentía una simpatía especial por este pariente, el cual había heredado media caballería de tierra y estaba acomodando, en lo alto de una loma, una casa de yaguas y guano para vivir con la mujer de sus sueños.

***

Por aquel tiempo, los propietarios del central Pilón, obsesionados con animar el cultivo de la caña, ordenaron a los campesinos de la zona tirar abajo aquellos bosques vírgenes, me contó Manuel en el archivo del periódico.

“Tío dijo que no le interesaba la caña, pero tres tipos, que eran hermanos, empezaron a tumbarle el monte sin su consentimiento. Estaban comprados por los accionistas del central. Tío los sobrellevaba, les hablaba suave pero no le hacían caso, así que el día en que yo lo hacía cazando gavilanes, estaba hablando con Hortensio, el hermano jefe, dueño de una bodeguita colindante con la estancia suya”.

Conversaron sobre el tronco de una palma caída. El bodeguero no transigió, así que Brígido, hastiado, agarró el machete que traía amarrado al cinto y se lo clavó en el cuerpo.

Por el alboroto de las mujeres, Quino y Fernando, los otros hermanos, supieron de lo acontecido y corrieron desenfrenados detrás de Brígido. Este agarró la escopeta que tenía escondida detrás de un jagüey grande y quebró de un tiro la mandíbula del primer guaraguao; de otro disparo, el ojo del segundo.

“Hortensio fue el único muerto”, acota Manuel, “los demás sobrevivieron; pero a tío lo mandaron 24 años para la cárcel de Isla de Pinos. Allí aprendió cómo hacer unas sobrecamas tejidas que mandaba de regalo para la familia.

“Fíjate si éramos pobres, que no pudimos ir a visitarlo ni una sola vez”.

Brígido tiene 104 años ahora, vive en un hogar de ancianos en Media Luna, Granma, y nunca se casó, refiere Manuel y se detiene en una libreta estrujada, en la cual apuntó a lápiz recuerdos de su vida: la fecha en que nacieron sus hermanos; los años que su familia pasó en la casa de un veterano de la guerra de independencia devenido apicultor; el olor agridulce de la miel rebosando los tanques de 55 galones que se vendían por casi nada; los ríos pedregosos; los descensos al pozo empalado de su choza en tiempo de sequía para llenar, lata a lata, un cubo de agua; la vez en que se despeñó loma abajo con su único juguete, un caballito de madera; o el día en que viajó con su madre moribunda hasta el pueblo de Pilón para que la viera un médico.

***

“Yo era analfabeto, pero espabila´o. Vamos a calificarnos así. Hice una colecta entre los vecinos hasta reunir dos pesos con 40 centavos y con ese dinero llevé a la vieja con el doctor Sánchez, el papá de Celia Sánchez Manduley.

“Nada más de verla él supo lo que tenía. Le recetó unas patentes, que era como le decíamos entonces a las vitaminas.

-Qué pena con usted, doctor, pero no voy a poder pagarle los dos pesos de la consulta. Si le pago con qué compro los medicamentos, le expliqué.

-Hijo ve y compra la medicina, que lo que hace falta es que ella se ponga bien. Un día, si usted puede, me paga, contestó él.

“A la semana siguiente mamá estaba entera. Hambre era lo que tenía. Resulta que a la hora de la comida, los muchachos de las cuatro o cinco casas vecinas se asomaban como gaticos a nuestra puerta y ella les cedía su plato”.

***

“Cuando terminaba la limpia de caña venía el tiempo muerto y uno tenía que salir a buscar trabajo en lo que fuera. A un amigo y a mí nos hablaron de un secadero de café grande por San Lorenzo, cerca del Turquino. “Después de caminar por horas dimos con el lugar. Allí nos topamos con un mulato rebotando café. José Franco Arzuaga era su nombre.

-Oiga señor, ¿quién es el jefe aquí?, preguntamos.
-Yo mismo, contestó el hombre, lo cual nos extrañó, porque parecía un trabajador común.

-Venimos a ver si nos puede dar trabajo, le planteamos y su respuesta se resumió en lo siguiente:

-¿Ya ustedes almorzaron?

-No.

“Sirvió para nosotros una fuente de yuca, chicharrones, manteca y masas fritas. Más tarde nos llamó:

-Miren muchachos, allá atrás hay un naranjal. Las frutas son puro almíbar. Ah, y en cuanto al trabajo, les daré solo dos días. Yo pago a peso por jornada, más la comida, ofreció.

“Aquellos dos días se convirtieron en cuatro años. Un guamo o caracol de mar anunciaba el horario de almuerzo y el tiempo para retirarse del laboreo. Me parece estar viendo a José frente a mí ahora, tan buena persona, tan diferente a los demás dueños de tierras que conocí.

“En noviembre de 1956 le anuncié que me iba por unos meses a una limpia de caña en Pilón y me llamó aparte de los otros trabajadores:

-Manolito, si en estos días sucede algo por allá, que ponga en riesgo la vida suya y la de su familia, no dude en refugiarse en mi casa.

- Ahora sí me la puso en China ¿De qué me habla usted?, indagué.

-De nada mi´jo, de nada.

“Pocas semanas más tarde se dejaban oír los primeros tiros de la guerra”.

***

“En el año 1957 los guardias asesinan a una tonga de gente de mi barriada. Eran campesinos pobres, como yo, que no tenían que ver con la Revolución ni la cabeza de un guanajo.

“Pasó una tropa del ejército recogiendo a cuanto inocente se encontró en el camino y los encerró en un almacén del central Pilón. Los tuvieron tres días allí dándoles ron pela´o, sin más na’ ni más na’.

“Al cuarto día se los llevaron para Mareón de Pilón, una loma picá’ al medio, no sé bien si por los españoles o por los americanos. Allí los pusieron a abrir la fosa donde los enterrarían poco después.

“Entre los guajiros había un muchacho al que le decíamos Migue, el negrito. Estaba cansado y se recostó por un momento. Un cabo lo pinchó con su bayoneta:

-Ande, no sea vago.

“Migue se supo perdido, agarró con fuerza el pico y le abrió el pecho al guardia.

“Ahí empezó el tiroteo. Muchos se tiraron por la barranca y rodaron sobre el lomo pedregoso de la montaña un kilómetro. Solo tres hombres sobrevivieron. Por ellos supimos la verdad de los hechos.

“¿Qué da la radio al otro día?: combate en el Mareón de Pilón. Resultados: 30 muertos por los Mau Mau, un cabo caído por el ejército”.

***

Decidido a alzarse con los rebeldes, Manuel se compró un saco de yute en la tienda de Pilón y le pidió a su madre que le confeccionara una mochila. Cambió el sombrero por una gorra y los zapatos de salir por un par de botas y fue donde su pariente Pepe Tamayo, que era jefe de una tropita guerrillera.

-Qué tú ‘hace’ aquí, Manolito, le dijo.

-Yo...este...vine a alzarme, contestó el muchacho.

-¿Así desarmado vienes tú a alzarte?

-Sí, así. Cuando haya un combate y caiga el primer casquito me tiro y cojo el fusil de él.

-No chico, búsquese un arma, un revólver, lo que sea, y venga entonces, indicó Tamayo.

El joven recordó en ese instante que su vecino Ramón Arteaga tenía una escopeta 16.

“Ramón era batistiano cabeza de perro”, recuerda Manuel. “Tenía una finca enorme, unos potreros, un camión, una casa con techo de cinc y muchos animales de corral.

-Oiga, Ramón, necesito la escopeta suya, le dije.

-Pa’ qué, niño.

-Porque quiero alzarme.

-Mi´jo, esa escopeta es pa’ distraerme yo y matar guineos, alegó el viejo.

“Al otro día se fue a cazar como era su costumbre. Llegó por la tardecita con 10 o 12 guineos, se los dejó a la mujer y fue a guardar el arma y las municiones a una casita de desahogo próxima a la casa grande.

“Escondido detrás de una mata yo lo estaba velando. Cuando Ramón se alejó lo suficiente, levanté el guano y cogí la escopeta y los cartuchos. Es la única vez en mi vida que me he robado algo”.

***

Manuel se incorporó a la columna número Uno del Ejército Rebelde, comandada por Fidel.

“Nos mandaron primero a un lugar conocido como La Olla. El solo nombre te da una idea de cómo era aquello, un hueco entre montañas. Después estuvimos en El Macío, sitio próximo a la costa sur. Nuestra misión era vigilar hacia el mar por si venía alguna fragata enemiga.

“El agua salobre del río me puso enfermo. Allí viví además el horror de un bombardeo aéreo. Por suerte no murió ningún compañero en esa ocasión; pero el sonido de aquellos B 26 sobrevolando el campamento es algo que no puedo borrar de mi memoria”.

***

Cuando acabó la guerra enviaron a Manuel a ocupar un puesto en la policía militar de Pinar del Río. Fue en esta tierra, tan lejana de su natal Pilón, donde echó raíces y acarició el sueño de hacerse chofer. 30 años estuvo manejando una guagua de pasajeros. Luego empezó a entrarle sueño en las carreteras y dejó definitivamente el timón.

Actualmente vive en el Hogar de Ancianos de Vueltabajo, a donde llegó medio triste hace un tiempo, sin sospechar la felicidad que lo aguardaba.

Allí conoció a Argelio, el mejor camarada que alguien puede tener. Argelio le ha oído sus cuentos mil veces. Hoy mismo, lo acompañó hasta el periódico y siguió atento cada palabra suya, como si lo escuchara narrar por primera vez.

Los dos amigos me hablaron además de las novias que conocieron en el Hogar y de la boda que le celebraron a Manolo los otros abuelos.

“Fue una fiesta linda, con globos, guirnaldas, trajes y cake”, detallaron.

A los esposos les dieron enseguida un cuarto independiente, con baño, mesitas y un televisor para ver la novela. Argelio bromea con que se va a casar a ver si le dejan un cuarto también a él.

“Vaya por el hogar, periodista, que allí hay historias para escribir un libro”, me invitan y los veo alejarse escaleras abajo. Argelio es grande y fuerte para su edad; mi entrevistado, un tanto delgado y pequeño. Una docena de medallas penden de su camisa. Cuando el sol del mediodía las toca, Manuel se llena de destellos.

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*Vocablo que se usaba en el oriente de Cuba para definir a los gavilanes.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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