Dialogando con Fidel
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Carlos Miguel Valdés Sarmiento. / Foto: Susana Rodríguez Ortega
El nueve de noviembre de 1971, el joven recluta de las FAR Carlos Miguel Valdés Sarmiento, profesor de oficiales semianalfabetos durante el día y estudiante de Ingeniería Eléctrica en las noches, conoció en persona a Fidel Castro. Un interesante testimonio desde Pinar del Río que nos acerca al Comandante.
Serían las 11 pasado meridiano, hora a la que acababan las clases en la Universidad de La Habana. Aquel día, mientras el grupo de Carlos se precipitaba afuera, alguien notó que la caravana de tres autos, en la que comúnmente viajaba el Comandante, se acercaba a los predios de la casa de altos estudios. Carlos relata para Guerrillero lo que sucedió a continuación:
- Vamos a saludar a Fidel, invitó Paquito a Reina.
Paquito era hijo del político y dirigente comunista Blas Roca Calderío, razón por la cual tenía cierta familiaridad con el Primer Ministro. Reina, por su parte, era la muchacha más linda del aula. Trabajaba como radioescucha y siempre vestía el uniforme militar, igual que yo. Quizás esto nos acercó; el caso es que teníamos una linda amistad. Paquito, de hecho, se había acercado a mí para conquistarla.
Me sumé a ellos dos, porque también quería ver de cerca al Comandante. Otros muchachos nos imitaron.
Fidel nos saludó un instante en la Plaza Agramonte (también conocida como Plaza Cadenas) y subió las escaleras que conducían al rectorado. Aún no nos dispersábamos cuando le avistamos de nuevo, esta vez descendía hasta nosotros. Nos invitó a conversar un rato, pues debía esperar por el doctor José Millar Barruecos (Chomi), el rector, que unas horas después volaría con él hasta Chile.
Comenzó, como buen cubano, hablando del tiempo. Le habían dicho que sería una noche fría y no era cierto, lo que lo traía un poco molesto. Se sacó el abrigo que llevaba puesto y pude sentir una fragancia muy agradable que me recordó al perfume Old Spice que usaba mi padre.
Al principio lo veía como un gigante que no cabía en aquel recinto de altas columnas, pero de a poco se fue convirtiendo ante mis ojos en un hombre alto, buen conversador, de mucha personalidad y seguridad en sí mismo, que no evadía ningún tema y que poseía una idea muy clara de todos los asuntos que emergían durante la conversación.
Reparando en la hermosa vista nocturna de La Habana, que se consigue aquilatar desde el Alma Mater, mencionó la necesidad de demoler algunas manzanas para aumentar el pulmón verde de la capital. Nos explicó los planes al respecto. No retengo los detalles, pero puedo asegurar que se explayó hablando.
Luego caímos en el tema de la medicina: “El médico es la punta de lanza de la Revolución”, sentenció. “Eso lo aprendimos en la Sierra. Si existía un caserío que no quería nada con nosotros, por temor a las represalias del ejército, enviábamos al médico. De a poco los campesinos comenzaban a confiar en los barbudos, a permitir que nos acercáramos, a cooperar con alimentos y se convertían en fuertes aliados del Ejército Rebelde”, prosiguió.
Dijo también que una vez que se formaran suficientes técnicos, imprescindibles para el país, abriría la universidad para que todo el que quisiera estudiar Medicina lo hiciera. “Los médicos nunca sobrarán por muchos que se gradúen”.
Por alguna razón salió a relucir lo acontecido en Boca de Samá, pequeño pueblo de pescadores tiroteado por lanchas rápidas que ocasionaron dos muertos, varios heridos y la mutilación de una niña. Ante nuestro asombro, exclamó: “Si algún día se realiza un juicio internacional al imperialismo, como el efectuado al nazismo, no lo voy a acusar de nada de lo que hizo, al contrario, alegaré lo que no hizo.
“Ustedes imaginan qué distinto sería el mundo si el presupuesto que se derrocha en las guerras se destinara para educar y curar a la gente, producir alimentos y ayudar a los países más pobres”, reflexionó.
Llevábamos varias horas conversando. Yo no resistía más estar de pie, por lo que me senté en un peldaño de las escaleras de la plaza. Entonces reparé en un detalle curioso: Fidel vestía aquel día, como casi siempre, su uniforme de campaña. Antiguamente se usaba una liga en el tobillo para mantener cerrado el pantalón. No sé si esta práctica continuará. A él, con el movimiento, se le había subido el pantalón dejando al descubierto dos canillas delgadas, incompatibles con su estatura colosal, su porte temerario de escalador de lomas y hacedor de imposibles. De algún modo aquellas canillitas me rebelaron la humanidad de ese ser increíble.
De su viaje a Chile platicamos otro tanto. Una compañera estuvo a punto de convulsionar preocupada por su vida y él le respondió sonriente: “Si muero no pasa nada, Allende y yo decidimos que mi visita podía ser útil para la causa política de él y allá me tendrá.
“Tengo el convencimiento de que el imperialismo es igual que las fieras: si nota que te acobardas te ataca; si le partes de frente, se turba y empieza a pensar en armas secretas o algo por el estilo y pierde la iniciativa”.
Disertó además sobre los planes del gobierno chileno para ayudar a los más pobres. Nos pasó un panorama completo de la situación del proletariado, de la gestión de las universidades en aquel país. Fue la mejor clase de Economía Política que he recibido en mi vida.
Dialogamos después sobre el código de trabajo en Cuba. En otras palabras sostuvo que este se había elaborado para los malos obreros. Ante nuestro asombro, relató que en un central azucarero le preguntó a un cincuentenario su opinión acerca del código y este le respondió que el tema no le interesaba, porque en su vida laboral no había faltado al trabajo un solo día ni había llegado tarde jamás.
Por último, nos contó que la Revolución heredó algunos presos considerados incorregibles y varios criminales natos. Al analizar qué hacer con ellos, se le había ocurrido ponerlos a trabajar dentro de la galera, nada más y nada menos que elaborando cunas. Muchos mejoraron gradualmente su actitud al ver que ganaban un salario y que incluso podían obsequiarle una cuna al sobrino o al nieto.
La madrugada me agarró allí en la sede universitaria, escuchando la palabra inquieta de Fidel. Al otro día reproduje en el papel todo lo vivido, no fuera a ser que con el tiempo los detalles se hicieran nebulosos.
Un diálogo parecido mantenía Fidel cada noche con sus compañeros durante su tiempo de estudiante, me contaron los bedeles de la universidad, quienes le conocían desde entonces. Insistieron en que él nunca hablaba de hacer la Revolución; sino de lo que haría después de que esta triunfara.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.