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Lluvias de cariños para un enfermero virtuoso

Hernán Padrón Mireles. / Foto: Yurina Piñeiro Jiménez

Hernán Padrón Mireles. / Foto: Yurina Piñeiro Jiménez

Luego de entrevistarlo decidí contraponer fuentes, para verificar si en verdad era tan bueno como aparentaba. Así que rasgué unas cuantas hojas y movilicé a sus compañeros de trabajo y les dije que la encuesta era anónima, que con confianza podían escribir lo que consideraran acerca de él, porque en dependencia de los criterios que emitieran, entonces le haría un trabajo periodístico.

Aquello se puso bueno y como resultado de la espontaneidad, al saber que su colega de labores saldría en el periódico, comenzaron a llover muestras de cariño a Hernán Padrón Mireles, quien hace más de treinta años labora como enfermero en el Hospital Pediátrico “Pepe Portilla” de la provincia de Pinar del Río.

“Muy buen compañero, inteligente, capaz, innovador, dedicado, laborioso, respetuoso, recto, exigente, humano, compañero, amigo, un profesional con gran vocación por su labor, excepcional, siempre en constante estudio y superación, servicial dentro y fuera del salón de operaciones, calidad humana insuperable, ¡ESTELAR!”.

De esta manera piensan quienes trabajan con Hernán en el salón de operaciones, área donde se desempeña desde el año 1986, luego de unos meses de haberse graduado.

Experiencias impactantes, de esas que te ponen los pelos de punta

“Sin duda alguna, lo más difícil que me ha tocado hacer fue participar como primer ayudante del cirujano en la operación de mi hija más chiquita. A ella se le presentó una apendicitis y a la vez yo quería y no quería estar, no sé, era una situación difícil pero me decidí a hacerlo. Ni pensé que la que estaba encima de aquella camilla era mi pequeña, no podía pensarlo, era un paciente que estaba allí y que necesitaba de mí. Eso no es nada fácil y no sé cómo, pero uno lo hace.

“Otra experiencia impactante, de esas que te ponen los pelos de punta fue cuando tuve que canalizarle la vena femoral por punción a una niña, en un diámetro quizá de 3 cm, porque toda la otra piel estaba vendada por las quemaduras y esa era la única vía para poder medicarla y alimentarla.

Sin tiempo para las dudas, ni los miedos

“Aquí todo es extremadamente dinámico. Tienes que pensar muy rápido lo que vas a hacer porque cada segundo cuenta. No hay tiempo para las indecisiones. Es algo prácticamente automático.
“Casi siempre trabajo en servicios de urgencias quirúrgicas, donde cada caso, -por muy parecido que sea-, es nuevo y tiene sus particularidades, lo que para nosotros es un desafío constante. Pero a mí me gusta y por eso continuo aquí, sino ya no estuviera.

Siempre enfermero y siempre en función de los niños

“Durante la carrera atendí a todo tipo de pacientes pero lo que más me gustaba era tratar a los niños y específicamente las urgencias, pues es un momento decisivo que requiere hacer cuanto sea posible por ese pequeño cuya vida peligra.

“La edad pediátrica me gusta porque demanda del enfermero más entrega, inteligencia y habilidad para su cuidado médico. Los veo como un jardín que está por florecer, pero que para ello requiere cuidados.

“A su pregunta, periodista, de que por qué enfermero y no médico, tuve la oportunidad de especializarme en Medicina, sin embargo no lo hice porque me gusta más la enfermería. El doctor diagnostica al paciente, pero somos nosotros quienes ejecutamos los tratamientos. Uno tiene más roce con el enfermo, ve más de cerca su evolución (…)”

Rutinas de un enfermero de salón

“El médico me entrega el anuncio de operaciones, entonces soy yo quien alisto los instrumentos necesarios para ello: bisturíes, pinzas, tijeras, compresas, suturas... Una vez en el salón, él hace su parte y yo lo apoyo con la mía. Eso es cuando estás de intrumentista, si eres primer ayudante, implica mayor participación y debes saber los procedimientos de la operación.

“Cuando el niño y los familiares llegan uno los saluda, aunque en ocasiones son situaciones extremas y no hay tiempo para otra cosa que para atender la urgencia y decirles que se hará todo lo posible por salvar la vida del paciente, pero nunca se les engaña acerca del estado de salud de su hijo”.

Como una maquinaria

“Esto es un equipo de trabajo en el que cada integrante tiene un mismo objetivo: mejorar el estado de salud de los niños que necesitan determinada intervención quirúrgica. Por lo que no creo que exista logro individual en una profesión como esta, donde uno es una pieza más de la gran maquinaria.

“Cada victoria o derrota es responsabilidad del cirujano, el anestesista, el enfermero intrumentista, el enfemero auxiliar y el técnico que ese día conformaron el “team” del salón de operaciones”.

Además de la enfermería a Hernán lo apasiona…

“A ver, algo que me guste mucho, pero mucho… manejar y mecanear camiones. Eso lo aprendí de mi papá que era camionero. Y aunque parezca locura, la enfermería y la mecánica tienen que ver. Cuando estoy arreglando un camión me parece que estoy en el salón, donde uno tiene que tener siempre presente que el organismo del ser humano es un engranaje.

“Claro, que con los carros soy el hombre orquesta, y además de enfermero instrumentista, soy cirujano y todo lo otro”, cuenta Hernán mientras sonríe a carcajadas.

Una gran enseñanza aprehendida en el quirófano

“Mi profesión me ha enseñado que la vida es linda y hay que disfrutarla, porque tiene un inicio y un final, y uno no sabe cuando será el último día”.

Desde la década del ochenta, Hernán Padrón Mireles atiende la edad pediátrica, excepto en el período de 1987 a 1989, cuando prestó sus servicios en la guerra de Angola; entonces solo tenía veintiún años.

Fuera de Cuba solo ha cumplido misión internacionalista en dicha nación africana, pues las oportunidades para ello coincidieron con la etapa de infancia y adolescencia de sus dos hijas, y decidió hacer de ellas su proyecto de vida más importante. Actualmente, Hernán muestra disponibilidad para trabajar en el exterior.

Mientras, cada dos días, a este enfermero le corresponde descansar, pero la pasión por su especialidad lo hace regresar, en ocasiones, antes de tiempo, a la “casa verde”.

Confiesa que nunca se ha visto tentado a abandonar su profesión y mucho menos a cambiarse de área de asistencia médica. “Parece que al no interesarme, no me llegan otras propuestas de trabajo”, razona Padrón Mireles.

Para él no existe mayor satisfacción que ayudar a salvar o mejorar la vida de un ser humano, más aún la de un pequeño. Por eso siente gran pesar cuando no tiene la oportunidad de auxiliar al paciente porque falleció antes de llegar al hospital.

Pero basta un nuevo caso, para que Hernán vuelque todos sus saberes y habilidades en el enfermo, pues sabe que, para “poder actuar con certeza y rapidez, mi mente y mis manos necesitan estar en sintonía”.

Asegura este enfermero oriundo de La Sabana, en Minas de Matahambre, que siente una inmensa dicha cuando percibe el aprecio de la gente y sobre todo, cuando sin esperarlo y en donde menos imagina, de repente lo sorprende la caricia de un niño o el agradecimiento de un padre.

Sobre el Autor

Yurina Piñeiro Jiménez

Yurina Piñeiro Jiménez

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río, Cuba

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