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El orgullo de ser un Camilito

Escuela vocacional militar Camilo Cienfuegos.

La preparación militar es una asignatura constante en el centro educacional. / Fotos: Januar Valdés Barrios

El 11 de noviembre de 1968 fue fundado en Guanito, la escuela vocacional militar Camilo Cienfuegos. Se trataba de unas construcciones tipo barracas, situadas en el kilómetro 18 y medio de la carretera a Luis Lazo. Entonces no había laboratorio de lenguas extranjeras ni biblioteca ni gimnasio ni polígono...

María Elena Camero González era una jovencita de 21 años, que se estrenaba como maestra de idioma ruso por aquellos días.

“Recuerdo como si fuera ayer mi primera vez en aquel sitio. Me recibió el oficial de guardia y comenzó a explicarme mi rutina de trabajo y a mostrarme las instalaciones. Yo iba detrás de él, atenta a todo lo que decía. De pronto me pidió que me moviera a un lado y le dejara libre el acceso a un balón enorme, que empezó a golpear con un tubo de metal, para anunciar el cambio de turno.

“Me asusté mucho cuando empezó a sonar aquello, pues nunca imaginé que me tocaría trabajar en una escuela tan rústica”, me cuenta María y menciona con nostalgia a los pequeños que le tocó educar, los cuales llegaban con quinto grado vencido y no con el noveno como ahora.

Las difíciles condiciones de Guanito y la necesidad de ampliar la matrícula hicieron que el colectivo docente se trasladara hacia otra unidad militar en el Cacho y después hasta Troncoso. Finalmente, el cinco de diciembre de 1976 fue inaugurado en el kilómetro cuatro y medio de la carretera a La Coloma el edificio donde hoy radica el centro de estudios.

Los alumnos llevan con orgullo el uniforme y afirman que los “Camilitos”, más que una escuela es una gran familia.Los alumnos llevan con orgullo el uniforme y afirman que los “Camilitos”, más que una escuela es una gran familia.

Sorprende el piso brilloso de los pasillos, la limpieza de las aulas y los baños, el cuidado de los jardines, donde hay un roble que sembraron los padres de Camilo. Esto me comenta Maciel Macías Martínez, estudiante del pelotón 12 de duodécimo grado, durante un recorrido por el lugar.

“En determinadas épocas del año florece y se nos hace un poco difícil recoger esta área, pero lo hacemos con gusto”.

Sala de Historia, que guarda recuerdos de los momentos más importantes del centro.Sala de Historia, que guarda recuerdos de los momentos más importantes del centro.

Mi guía me lleva luego hasta la Sala de Historia, una de sus favoritas, y me muestra, entre otros objetos, un uniforme de campaña que perteneció al héroe de Yaguajay, fotos de la visita de Arnaldo Tamayo Méndez, el cosmonauta cubano y el traje de aviador de un antiguo estudiante que murió cumpliendo misión internacionalista en Angola.

El sitio preferido por Yandra Salgado González, alumna del mismo pelotón que Maciel, es el Parque de la Juventud, donde ponen recreación todos los jueves y puede bailar con sus amigos.

“A pesar del rigor militar, encontramos aquí condiciones propicias para desarrollarnos como jóvenes. La vida es muy dinámica. A las seis ya estamos en pie haciendo gimnasia matutina”, comenta.

-¿Y no pasas calor con ese uniforme de mangas largas?, le pregunto.

-Qué va si ya estoy adaptada.

-A mí me gusta como se me ve el zambrán, me da seguridad, agrega Maciel aludiendo al cinturón.

-Bueno muchachas, cuénteme de algún momento muy especial que hayan vivido en estos años de preuniversitario, las convido.

“Cada curso se realiza un evento cultural y deportivo muy importante entre las escuelas militares de la región occidental que se llama la Copa Camilo. El año pasado había grandes posibilidades de perder porque las otras delegaciones estaban muy bien preparadas. El teniente coronel Idail Pérez Bravo, director nuestro por entonces, nos animó todo el tiempo y al final ganamos la copa”, relata Yandra.

En el pasillo central se nos unen Diosvany Estrada Meléndez, estudiante de onceno grado que adora jugar a la pelota y sueña estudiar “fiscalía y tribunales” y su compañero Yoeslandy Valdés Garrido, natural de Minas de Matahambre y apasionado de las matemáticas.

Yoeslandy quiere que en este reportaje aparezca una mención al profe (Andy), Andrés Camejo, que no solo le ayuda a resolver cálculos aritméticos, también le trata con cariño de padre.

“Aquí somos como una gran familia”, refiere este muchacho noble. “La convivencia al principio, cuando entras en décimo grado, es un poco arisca, porque no conoces a nadie, pero luego llegamos a querernos mucho y el problema de uno se vuelve problema de todos.

“Esta escuela me ha ayudado bastante. Antes no entendía los trabajos que pasaba mi mamá en la casa; ahora cuando voy de pase intento dejar mis cosas ordenadas. A mis amigos los trato con más respeto y soy cortés con la gente mayor. Son detalles que antes no valoraba. Siento un orgullo tremendo de ser Camilito”.

Un plan de 50 tareas diseñaron estudiantes y profesores a fin de festejar el aniversario 50 del centro de estudios. Durante los últimos meses se han declarado varios locales modelos, se embellecieron las fachadas, se retocó la pintura, se celebraron quinces colectivos, eventos deportivos, así como talleres de creación bajo el eslogan: “todo por mi escuela”. El domingo 11 de noviembre, en la casa de oficiales La Arboleda, tuvo lugar una reunión de estudiantes egresados. Se abrazaron algunos luego de años sin verse, se contaron la vida que ha transcurrido veloz, o llevaron a los hijos para presentárselos a los profes veteranos, como María Elena Camero, que ya no se asusta con el ruido del timbre y enseña Historia de Cuba en lugar de idioma ruso; pero cada vez que empieza un nuevo curso, las mariposas revolotean en su estómago y los ojos brillan como la primera vez.

“Esta escuela tiene exigencias superiores a otras, hay que hacer guardia nocturna, estar en vela 24 horas, vivir en sus predios prácticamente. Todo cuánto de bueno sé, lo he sacado de aquí. He aprendido, por ejemplo, como guiar a mi familia, como sortear las dificultades, como ser amiga de alguien”, dice María y concluye:

“Ser parte de este colectivo es todo un privilegio y es que donde quiera que tú llegas, un hospital, un policlínico, un bufete de abogados, a veces hasta en una tienda; hay un Camilito que te saca del apuro. No importa si lleva puesto o no un uniforme militar, tú puedes verle en el rostro, en las acciones, que se trata de un Camilito”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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