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El poeta infortunado que murió de risa

Julián del Casal, periodista y poeta cubano.

El siete de noviembre de 1863 nació Julián del Casal, periodista y poeta cubano que trascendió en el tiempo como uno de los iniciadores del modernismo hispanoamericano.

A menudo Julián del Casal soñaba con París. Se imaginaba a sí mismo desandando los parques, los bulevares, los teatros y las bibliotecas de la ciudad más espectacular de toda Europa; la tierra de Charles Baudelaire y Théophile Gautier, los poetas que más admiraba.

Era poeta él también, y talentoso, tanto que le consideraron precursor de la estética modernista; pero el pago que recibía a cambio de su arte apenas le alcanzaba para sobrevivir en La Habana decimonónica.

Hizo también periodismo para las publicaciones El País, La Discusión, El Fígaro, La Caricatura y La Habana Elegante; en las cuales firmaba bajo los seudónimos El conde de Camors, Hernani y Alceste. Gracias a este trabajo, le permitían dormir en los cuartos de las redacciones.

Pudo así ahorrar un dinero y costearse un billete de barco a Europa. Vivió unos meses en Madrid y pensó ir luego a París, pero el viaje se frustró debido a su situación económica precaria. Entonces retornó a la Isla.

La vida de Julián había cambiado drásticamente desde que falleciera su padre y toda la fortuna familiar se viniera abajo. Él, que había conocido la opulencia en su infancia, que había habitado los cuartos soleados de una mansión, que había poseído libros y objetos preciosos, se encontró desarmado y solo; ni siquiera pudo acabar sus estudios de abogado.

Ya era infeliz de pequeño, porque conoció el horror de ver morir a su madre; pero por más entrenamiento que se tenga, uno nunca acaba acostumbrándose al dolor.
Su poesía le brotaba “doliente y caprichosa”, como la definiera Martí en una crónica publicada en el periódico Patria. Sus versos eran pequeños lienzos que hablaban del Jordán, del majestuoso Líbano, de un hombre dormido en el desierto con el recuerdo del agua hostigando su boca… El escritor abrigaba una sed infinita de conocer:

Suspiro por las regiones
donde vuelan los alciones
sobre el mar,
y el soplo helado del viento
parece en su movimiento
sollozar;
Donde la nieve que baja
del firmamento, amortaja
el verdor
de los campos olorosos
y de los ríos caudalosos
el rumor…

…Ver otro cielo, otro monte,
otra playa, otro horizonte,
otro mar,
otros pueblos, otras gentes
de maneras diferentes
de pensar…

Mas no parto. Si partiera,
al instante yo quisiera
regresar.
¡Ay! ¿Cuándo querrá el destino
que yo pueda en mi camino
reposar. (Nostalgias)

Casal incorporó una intuición muy personal a la poética cubana y experimentó con combinaciones métricas diferentes. Parece como si hilara las estrofas con imágenes en lugar de palabras. Fue un maestro del detalle.

Dicen que fue amado profundamente por una adolescente de 12 años llamada Juana Borrero, que pintaba y escribía con una destreza imposible para su edad. Ella lo conoció en las tertulias que ofrecía su padre en la casona de Puentes Grandes. Julián era por entonces un cronista y poeta destacado. Recién salía a la luz su primer poemario Hojas al viento (1890). Luego le publicarían Nieve (1892) y por último Bustos y Rimas (1893), quizá su libro más acabado.

El amor que Juana profesó a Julián fue platónico, pero el escritor no quedó indiferente ante la sensibilidad de la muchacha:

“¡Ah, yo siempre te adoro como un hermano,

no sólo porque todo lo juzgas vano,

y la expresión celeste de tu belleza,

sino porque en ti veo ya la tristeza

de los seres que deben morir temprano!”.

Los amigos de Julián solían describirlo como un ser taciturno y pesimista.

Rubén Darío, famoso poeta nicaragüense, le llamó “Hondo y exquisito príncipe de melancolías”. Ambos se conocieron en La Habana en el año 1891. Raoul Cay, redactor de El Fígaro, quien asistió al banquete de bienvenida ofrecido al bardo extranjero, narró que Casal apenas almorzó aquel día: “La admiración que siente por Rubén y el regocijo de tenerlo cerca, quitaron el apetito al sombrío poeta de Nieve”.

Fue el inicio de una amistad entrañable, capaz de doblarse en un pliego y recorrer dentro de un sobre la distancia geográfica que separaba a aquellas dos almas. El siete de febrero de 1893 escribió Casal a Rubén:

“Si ha caído en tus manos, por casualidad, algún periódico cubano de estos últimos tiempos, te habrás enterado de que me encuentro muy enfermo… Ahora estoy mejor, pero sin esperanzas de curación, porque ningún médico conoce mi enfermedad. Todos aseguran que es un mal oscuro y misterioso, desconocido por ellos... Te escribo estos renglones para demostrarte que, aun al borde de la tumba, a donde pronto me iré a dormir, te quiero y te admiro cada día más…”.

En la tarde-noche del 21 de octubre de 1893, Julián se dispuso a cenar en casa de Don Lucas de los Santos Lamadrid y su familia. Cuentan que uno de los comensales hizo un chiste tan gracioso, que al poeta le entró un ataque de risa y ello le ocasionó la rotura de un aneurisma. Algunos presumen que la causa de la muerte fue otra: una tuberculosis pulmonar que deterioró progresivamente su organismo. Lo cierto es que Julián del Casal se fue riendo de este mundo. La risa era acaso incompatible con su cuerpo delgado de “poeta de la angustia”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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