La ayuda imprescindible de Eduardo Neira
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Eduardo Neira. / Foto: Susana Rodríguez Ortega
Tiene 96 años y aun así, resuelve cruzar solo las calles de Vueltabajo y llegarse hasta Guerrillero para dar testimonio sobre su participación en los sucesos de la semana sangrienta de octubre de 1958, cuando varios jóvenes pinareños perdieron su vida a manos de la dictadura batistiana.
En el tiempo que Batista dio el golpe de estado, yo trabajaba para la policía. Nunca simpaticé con el régimen. Hacía mi trabajo amargado y con notable desinterés y eso me costó la expulsión definitiva del cuerpo. Me vi en la calle sin un centavo. Mi hermano Mongo me acogió en su casa del reparto Mijares y prácticamente me mantenía.
Por ese tiempo empecé a colaborar con el Movimiento 26 de Julio. Un día iba saliendo del hotel Presidente y me topé en la calle con un antiguo colega que se hallaba descongestionando el tráfico. Se caracterizaba por ser un tipo grosero en su trato con el pueblo. Yo andaba algo nervioso con una bolsa de papel debajo del brazo cargada de mecha y dinamita.
–Peligro, llégate aquí, me llamó él. Así me decía desde que nos conocimos: Peligro.
–Un gusto saludarte, Manolo.
–¿Y tú dónde estás metido?, se preocupó.
–Sacando candela en la calle, le comenté. –Ven acá compadre y ¿cómo es que habiendo tanto perro, te ponen a ti, un señor oficial, a descongestionar el tráfico?, imité su propia jerga.
–El problema es que el jefe Ventura Novo está de visita en Pinar y tiene a la mayoría de los hombres trabajando con él.
–¿Pa´ qué, chico? Son cuatro muchachos gritando y bobeando por ahí y los traen locos a ustedes.
–No te creas, los ratones andan sueltos.
–Los ratones son ustedes que le temen a los muchachos esos, dije entre risas.
–Vamos a echarnos unas cuantas cervezas, invitó. No me quedó de otra que aceptar su propuesta. Nos sentamos en una barra frente al hotel a disfrutar la bebida. Íbamos por la segunda jarra cuando le anuncié que me tenía que ir.
–Está bien, Peligro, no te comprometo más, tú ve a lo tuyo, dijo e intentó meter la mano en mi jaba.
–Saca, saca que te quemas, le di una palmada y evité que husmeara dentro.
–Chico, tú sabes que a mí cuando tomo me gusta morder un tomate verde o un puñado de berro, se excusó él. Poco más tarde nos despedimos. Sentí un alivio tremendo cuando abandoné aquel local.
FUGITIVOS
En septiembre de 1958, Armando Pampillo, dirigente del movimiento, me encomendó que asistiera a Lázaro Acosta Paulín (El Pandeao) y a Carlos Hidalgo Díaz (El Gatico), dos combatientes que se hallaban escondidos en una casa de familia en el reparto Mijares.
Lázaro era un muchacho bajito, delgado y encorvado hacia delante, de ahí su sobrenombre. Andaba loco por la vida. Tenía una herida de bala en una pierna que se provocó él mismo mientras limpiaba su revólver. Fíjate quién era él, que así fugitivo, se buscó una novia.
A inicios de octubre la herida se infestó y Rosalina Simón, una enfermera del Centro Médico que se brindó a ayudarnos con las curas, me advirtió que la cosa estaba fea. Había que operar.
Contacté de inmediato con el cirujano González Reyes que tenía una clínica privada en el Malecón. Este consintió en atenderlo allí. El problema radicaba en cómo trasladar al enfermo. Hablé con muchos revolucionarios y todos se negaron.
–Oye Neira, a mí pídeme cualquier cosa, pero transportar al Pandeao… eso es firmar mi sentencia de muerte, se justificaban.
Un viejo de ochenta y tantos años, Constantino Carbajal, fue el único que me tendió el brazo en aquel momento. Me brindó su panelito sin titubear y él mismo hizo de chofer.
A las 10 de la noche empezó la operación. Yo hice de ayudante del médico. –Alcánzame aquella pinza, Neira.
–¿Qué pinza?
–La que parece el pico de una cotorra.
–Ah sí, doctor, enseguida.
La ayuda de González Reyes no acabó en aquel salón de operaciones, sino que se brindó a escoltarnos de regreso al “Mijares”, desviando hacia su carro la atención de los guardias.
Días después, le sugerí al Pandeao y al Gatico cambiar de escondite. En la vivienda donde estaban parando había niños pequeños y no era justo exponerlos al peligro.
Atravesamos juntos unos solares yermos y los instalé en otra casa del mismo reparto.
Al mediodía del 24 de octubre fui a visitarlos. La enfermera Rosalina había enviado al estudiante de Medicina Justo Legón Padilla para que atendiera al Pandeao. Yo le eché una descarga porque se presentó allí con su bata de médico y eso llamaba demasiado la atención.
No sé exactamente cuando, pero la policía había sitiado la casa. Escondimos al Pandeao debajo de la cama porque apenas si podía andar y los otros nos precipitamos afuera. Las balas de ametralladora llovían. Tumbaron a tierra a los muchachos. Fui el único sobreviviente.
Había una cerca de alambre de púas que salté como un venado. Un tiro alcanzó el tacón de mi zapato y perdí el equilibrio por un momento. “Me cogieron, me cogieron”, decía una voz dentro de mí, pero no me detuve.
Corrí tanto, que perdí la noción del tiempo. Me metí en la herrería de un tal Juan Ramón y camuflé con aceite mi camisa. Era mi preferida, amarilla, calada, muy linda.
Seguí recto hasta el dos y medio de la carretera de San Juan donde vivía mi amigo Armandito el gordo. Allí pasé la noche. Me prestaron unas ropas que me bailaban en el cuerpo.
A 50 metros de ese sitio vivía un conocido de mi familia, Alfonso Baños, dueño de un camión. Le pedí que me llevara hasta San Luis para unirme a la guerrilla que comandaba Pedro Buldoza.
–Eduardito mi´jo, no te puedo llevar. Tengo que hacer 20 cosas, ir al Banco, resolver lo mío. A ver, ¿cuánto dinero tú necesitas?
–Alfonso, está en juego la vida mía y eso con dinero no lo resuelvo, le dije.
Era un viejo grande. Le partí pa‘ arriba sin miedo, lo agarré por un mollero y lo arrastré adentro de la camioneta.
–Yo te vi nacer Eduardito y no te reconozco ahora, se lamentaba él.
En la carretera nos topamos con una pareja de policías y al viejo le entró un susto de muerte. Las prótesis sonaban en su boca como una charanga, trácata trácata trácata. Vino a respirar profundo cuando llegamos al acueducto de San Luis. Ahí me bajé. Me escondí cerca del arroyo, en un bejuquero a esperar que llegara la noche. Me acurruqué al pie de una barranca y dormité sobre un fanguito que parecía un colchón de espuma. Los gallos me despertaron en la madrugada. Entonces caminé hasta la vega de Fisco Junco, adinerado de la zona y conocido de mi padre.
– ¿Muchacho a ti qué te pasó?
– Ay Fisco, mejor ni preguntes.
Fisco le avisó a mi familia que yo estaba vivo. Me acogió por unos días en una casa de tabaco y no olvidó llevarme de comer cada noche. No pude unirme al grupo de Buldoza, que se había movido con sus hombres para Pica Pica en Minas de Matahambre, así que decidí volver a Pinar del Río aunque me mataran. Estaba con el cuerpo adolorido y el cuello tieso de tanto dormir sobre los cujes.
La suerte me acompañó y, logré burlar la vigilancia policial. Un amigo hizo el favor de comprarme un pasaje para La Habana y allá me junté con uno de mis hermanos.
En la clínica Canaria, que le decían, me pusieron 10 inyecciones para la inflamación de los huesos y quedé como nuevo. Entonces me incorporé a las acciones del Movimiento 26 de julio en la capital.
Nunca se dio la posibilidad de unirme al grupo guerrillero de Buldoza. Me hubiera gustado tanto luchar en las montañas… pero creo que fui más útil en la clandestinidad.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.




