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Una estocada a los recuerdos

Marlene conoció de cerca a varios de los esgrimistas desaparecidos en el crimen de Barbados. / Foto: Januar Valdés Barrios

Marlene conoció de cerca a varios de los esgrimistas desaparecidos en el crimen de Barbados. / Foto: Januar Valdés Barrios

VOCACIÓN

Una de las hijas de Argelio Infante, mulato de rectas costumbres, administrador de una panadería-dulcería en Santiago de Cuba, soñaba con ser esgrimista.

Por ese tiempo estrenaban en la televisión las aventuras de El Zorro, y la niña, que respondía al nombre de Marlene, usaba una saya negra de su madre a modo de capa y jugaba a los espadachines con pedazos de palo.

Santiago Hayes, un muchacho que vivía con su abuela en la misma barriada, la vio retozando un día con los primos y le propuso tomarse en serio el deporte. Él se había formado como esgrimista profesional en la Unión Soviética y le motivaba captar atletas infantiles para crear un equipo.

“Mi mamá y mi papá, ellos… no entendían eso de que me apasionara el deporte, y se negaron rotundamente a mi aprendizaje. Las clases de esgrima eran por la noche, frente al parque Céspedes, y la novia de mi tío me apuntó sin que los viejos lo supieran.

‘“Me llevo a la niña a dar una vuelta’, les mentía ella. Luego me dejaba en el local de entrenamientos y se iba a romancear con su enamorado por ahí”.

Un entrenador soviético reparó en Marlene durante una competencia y la invitó a ingresar a la ESPA nacional, con sede en La Habana.

“Usted puede creer que no va para ningún lado”, dijo el padre molesto a su hija, pero ella sí fue. 13, 14 años tendría entonces y sacó valor para armar sola la maleta y largarse a escondidas.

“Papá terminó resignándose. Un día fue a verme a la escuela y le dijeron que yo andaba por Europa compitiendo. En otra ocasión gané los Juegos Escolares y fue a trabajar con mi medalla puesta en el cuello: ‘¡Esta la ganó mi hija! ¡Esta la ganó mi hija!’.

“Tú ves que hoy cualquiera tiene un par de zapatillas Adidas; ah, pues en aquel tiempo nosotros competíamos con tenis Supremos hechos en Cuba y trajes de lonilla.

“Te voy a contar algo, pero no te rías. En vísperas de uno de los primeros viajes al extranjero, la delegación mía se reunió con el subdirector deportivo, Viejocalvo. Sí, ese era su apellido, y tenía, casualmente, la cabeza calva como una bolita de billar. Nos dio el teque de las cosas que uno debe o no hacer cuando viaja: que si no podíamos dispersarnos ni hablar con los extranjeros… ‘Y tú Marlene, anda con cuidado, que en cualquier momento sale el Ku Klux Klan’, bromeó, pero yo era inocente y me tomé cada palabra suya en serio.

“Cuando aterrizamos en Canadá entré en pánico. No había quien sacara a esta negra del avión. Las aeromozas fueron a persuadirme de que el país era seguro, y yo: ‘El profesor Viejocalvo dice que si el Ku Klux Klan’…; Y ellos: ‘Aquí no hay eso, muchacha, ten fe’. Así, hasta que al final me convencieron.

“Sabes, solía ser introvertida, lo observaba todo con asombro pero callada. Mi entrenador, el soviético Valentín Zaika, un hombre muy culto, tiraba el brazo por encima de mi hombro, e iba explicándome, como un padre aquel mundo y el modo de conducirme en él”.

DOLOR

En septiembre de 1976, el equipo nacional de esgrima se alistaba para participar en el IV Campeonato Centroamericano y del Caribe de dicha especialidad a celebrarse en Venezuela. Marlene no clasificó esa vez, pues recién se había herido una mano mientras intentaba abrir una lata de leche condensada. Ese simple incidente le salvaría la vida, pero ella no lo sospechaba entonces.

Siguió el desempeño de sus compañeros por la prensa y vibró de alegría con cada triunfo como si fuera el suyo propio. Los cubanos habían arrasado. Conquistaron 13 de los 24 metales disputados en la lid.

“Yo estaba en el clínico de 26, en el Vedado, haciendo la noche con una prima mía transfusionista, cuando supe que había explotado en pleno vuelo el avión de Cubana con mis amigos dentro.

“Pasó mucho tiempo para que asimilara la noticia. ¡Cómo podía una aceptar que aquellas muchachas queridas, que dormían en tu mismo cuarto, usaban tu misma blusa y reían contigo, ya no estarían más!

“La beca nuestra quedaba en Playa y a veces nos dábamos una escapadita con los varones hasta el Coney Island para montar los aparatos y compartir una pizza. Ellos nos cuidaban como a hermanas pequeñas.

“Recuerdo como si viera ahora a Nancy Uranga, con su pelo rubio, su sonrisa fácil y un librito debajo del brazo, porque era estudiosa cantidad. Llegaba a los entrenamientos con sus únicas sandalias blancas. Les había cortado las tiras de atrás y caminaba chancleteando. Estaba embarazada al momento de su muerte.

En el extremo izquierdo Nancy Uranga y en el derecho la entrevistada cargan al entrenador Santiago Hayes tras una competencia en la cual el equipo femenino se alzó con la victoria. / Foto: Archivo de la entrevistadaEn el extremo izquierdo Nancy Uranga y en el derecho la entrevistada cargan al entrenador Santiago Hayes tras una competencia en la cual el equipo femenino se alzó con la victoria. / Foto: Archivo de la entrevistada

“El entrenador Santiago Hayes, mi coterráneo y descubridor, también murió en aquel vuelo, al igual que Virgen Felizola, tan niña: 17 años y ya mostraba un talento increíble”.

AMOR

En un rincón de la sala de Marlene están expuestas las medallas alcanzadas a lo largo de su carrera y el botón olímpico que le otorgaron en las olimpiadas de Múnich por su entrega al deporte. Hay además algunas preseas de su esposo Evelio Morejón, atleta retirado de la disciplina lucha grecorromana, “conocido en toda Cuba por Masto, de Mastodonte”, según se presenta él.

El amor de los dos nació en los pasillos de la escuela superior de formación de atletas de alto rendimiento Cerro Pelado, de camino a los gimnasios, en las fiestas estudiantiles y hasta en una mesa de comedor.

Y fue así como Marlene vino a parar a Pinar del Río y descubrió aquí el placer de enseñar a otros.

“Trabajé muchos años como entrenadora en la Eide provincial. Era un mar de nervios en mi primera clase. No fue hasta el final del turno que recordé presentarme con los alumnos. Luego entré en confianza y me enamoré de lo que hacía. Siempre trabajé con varones. Me encantaba ver que se esforzaran en los entrenamientos para ganar las competencias y que las novias estuvieran orgullosas.

“¡Ay qué muchachos aquellos! Incluso, cuando había temporal venían a entrenar: ‘Profe una clasecita, ande’, pedían. Ya son hombres y todavía recuerdan llamarme el Día de las Madres. Son las cosas con las que me quedo”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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