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El Torbellino de las pistas

Floirana Fernández Madera. / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

Floirana Fernández Madera. / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

En el único cuarto de la casa, la joven doctora Lilian vestía y peinaba a su tía. Por un momento las dos rieron cómplices, sabrá Dios de qué y las risas se dejaron oír en la sala donde aguardábamos el fotógrafo y yo.

Ambas mujeres se acercaron despacio. Ana levantó un pie, como si nunca hubiese caminado antes, luego el otro. Entre un paso y otro se detuvo a pensar el siguiente movimiento. Lilian le sostenía el brazo y la animaba a avanzar. Finalmente la anciana logró llegar hasta su sillón, tanteó el mueble con las manos y se dejó caer llorosa, ella que unos minutos atrás reía.

-¿Y ustedes de dónde son, mi´jitos?, nos preguntó.

-Del periódico Guerrillero, le informamos.

-¿Nunca me escucharon cantar?

-No tuvimos esa dicha

-Es que son jóvenes, al menos eso me dicen sus voces. ¿Verdad que son jóvenes?

-36 tiene él y yo 26, le expliqué.

-Ah, ya ustedes ven. ¿Y qué quieren saber de mí?

-Pues todo. Queremos que nos cuente de su infancia, de cuando descubrió su vocación por la música...

“Bueno, he recorrido mundo. Nací en la maternidad de Línea, en La Habana, pero mi familia se mudó para Pinar del Río siendo yo aún pequeña. Nuestra casa estaba en Colón. Allí se escuchaba la radio día y noche y me aprendí de memoria muchos boleros.

“El sexto grado lo cursé en Río Feo. Mi tía Elena era maestra rural de esa zona y quiso llevarme a estudiar con ella. Debíamos viajar cada día en guagua hasta el pueblo y una vez allí, montábamos en una yegua, tía delante y yo detrás. Recorríamos par de kilómetros más hasta la escuela. Era una diversión para mí.

“Recuerdo que por ese tiempo me presenté a un concurso de canto en el teatro de la antigua emisora CMAB, situada en la calle Maceo, donde radica hoy el Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Ñico Rubalcaba fue mi acompañante al piano y me llevé el gran premio. Me dieron una caja de refrescos, un cake y 10 pesos.

“Al domingo siguiente volví y al otro… y siempre ganaba, hasta que no me dejaron competir más.

“En la CMAB conocí a Callejas, un señor mayor que tenía muchas luces a la hora de dirigir un espectáculo. Me enseñó cómo conducirme por el escenario, cómo saludar al público, esos trucos que ha de conocer todo artista.

“¿Saben qué?, con los 10 pesos que me obsequiaban allí, en mi casa se resolvía el problema de la comida y se compraban mis materiales de la escuela.

“Años después, siendo adolescente, participé en Miércoles de damas, un concurso que convocaba el Teatro Riesgo, actual cine Saidén. Con tan buena suerte que fui la ganadora. Me quedé como artista invitada del espacio y aprovechaba las clases de baile que ofrecía Anita de Riesgo, la esposa del dueño del local”.

“LA VIDA QUE ESCOGÍ”

En una de sus presentaciones en el cabaré Rumayor.En una de sus presentaciones en el cabaré Rumayor.

Ana supo que en el cabaré Rumayor estaban contratando a bailarinas y figurantes y se presentó a la convocatoria. Era una muchacha normal: ni muy alta ni muy baja ni muy bella; pero cuando se metía dentro de aquellos trajes de lentejuelas y se movía por el escenario con sus enormes plataformas lo iluminaba todo a su alrededor.
“Por el año ´61 montamos una obra. La cantante principal faltó uno de esos días en que se daba función, creo que porque cumplía 15 años y estaba en los preparativos de su fiesta.

- ¿Díganme ustedes qué hacemos ahora?, se quejó el director de la puesta.

- Yo voy a resolverlo, me ofrecí. De tanto escuchar las mismas canciones me las sabía de memoria.

- ¿Pero tú te atreves, Ana?

- Póngame a prueba y verá.

“Marcamos un ensayo general y lo hice todo al dedillo. Esa noche pude sacar el show a flote. Sentí una cosa tan grande en mi pecho. La sensación de estar en otro ´muuundo`, `navegaaaando`.

“El público era divino, me invitaba a sentarme a las mesas, me aclamaba: ´Ana, Ana, Ana`. Un locutor que trabajaba allí, Adalberto Cabrera, me puso ´El Torbellino de las pistas´, porque yo bailaba con una energía muy linda todo el tiempo de mi presentación. ¡Ay cómo bailaba! Pregunten en Rumayor por Ana Fernández para que vean. Aunque… va y la gente piensa que me morí, como hace tiempo no tienen noticias mías”.

A la par de su trabajo en Rumayor, se formaba como instructora de arte. Pasó un curso intensivo de seis meses en el hotel Habana Libre de la capital, donde se familiarizó con profesores de todo el orbe y aprendió de sus expresiones teatrales, musicales y danzarias.

“Ahí fue que me escogieron, junto a otros muchachos del Conjunto Folclórico Nacional, para el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de Helsinki (Finlandia). Desfilábamos por las calles limpias y sofisticadas de aquel país para que la gente viera el arte de Cuba.

“Estuve más tarde en la URSS; Bulgaria; España y Martinica, isla del Mar Caribe, de personas alegres parecidas a los cubanos.

“También viví un tiempo en México, la tierra de mi esposo. Lo conocí mientras estudiaba en La Habana. Él era bastante mayor que yo. Enseñaba idiomas en la Cujae y enseguida me propuso matrimonio. En México nació nuestro hijo Álvaro Ernesto y vivimos momentos de felicidad, pero la nostalgia era tanta que un día agarré a mi pequeño y retorné a la Isla, a mi música, a mi cabaré.

“Pobrecita, mamá me cuidaba al niño en las noches para que yo me fuera a trabajar.

“Aquel mundo era duro para cualquiera. Tenías que renunciar a la tranquilidad del hogar, salir de gira por los municipios, estar despierta toda la noche, irte a la cama bien entrada la madrugada, pero fue la vida que escogí.

“Cuando llegó el periodo especial los vestuarios empezaron a escasear, ni siquiera teníamos zapatos decentes para salir a escena y no había alcohol que ofertar a los clientes, entonces se decidió cerrar Rumayor por un tiempo. Los artistas fuimos reubicados en cafeterías y oficinas del Estado. A mí me tocó trabajar de secretaria en una base de camiones situada en la Carretera Central.

“A ver mujer, ¿qué estás cantando ahora?´, se reía mi jefe, porque yo me pasaba el día tarareando guarachas detrás de mi buró. Luego la cosa se normalizó un poco y reabrimos el cabaré”.

LA VOZ DE ANA

Ana en todo su esplendor.Ana en todo su esplendor.

En un momento de nuestra conversación, Lilian mencionó la emoción que le causaba de niña escuchar a Ana cantando:

“Mi hermano y yo adorábamos salir a pasear con la tía famosa. Todos la saludaban en la calle y ella les respondía cariñosa”.

Después vino el declive. Los ojos de la cantante se nublaron a causa de su glaucoma y un buen día, mientras franqueaba la calle en su bicicleta, empezó a ver bultos en vez de carros y hombres.

“Cuando llegué a Rumayor no supe por dónde entrar. Me metía por aquí y me daba un golpe por allá, y recibía otro rasponazo, así hasta que adiviné la puerta.

“El escenario me lo sabía de memoria, pero se tornaba difícil subir escaleras, andar de un lado a otro en aquellos tacones míos. `Un día te vas a caer, Ana, y la gente se va a creer que estás borracha`, pensé para mis adentros. Entonces supe que había llegado el momento de irme”.

La artista siguió cantando en una peña de La Sitiera, pero un accidente vascular- encefálico le trastornó el ritmo de las palabras al salir de su boca y la seguridad de sus piernas.

- Sufro porque ya no puedo trabajar, nos confesó

- Pero seguro que puede cantarnos una canción todavía, la invitamos.

- ¿Qué canción?

- Cualquiera estaría bien.

- Será mi favorita entonces, un afro de Margarita Lecuona, dijo y una voz de miel y alcohol, de albahaca y romerillos se desgranó de su garganta y asomó de pronto en la pequeña sala una voz a veces débil, como un susurro; por momentos fuerte, como un portazo. Nosotros permanecimos extasiados escuchando a la intérprete y no pudimos definir si se lamentaba o si reía mientras cantaba:

Dame un cabo de tabaco mayenye
Y un jarrito de aguardiente,
Dame un poco de dinero mayenye
Ay, pa' que nos de la suerte.
Ha, ha ... Yo le quiero pedir
Ay, que mi negra me quiera
Ay, que tenga dinero
Y que no se muera

Ay, mi Babalú Ayé
Mi Babalú Ayé.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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