Actualizado 20 / 11 / 2019

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La mujer que no se hunde

En próximas ediciones retomaremos la historia, para de conjunto con especialistas en Medicina, analizar las posibles causas de la habilidad de Rosa. / Fotos de Jaliosky Ajete Rabeiro

En próximas ediciones retomaremos la historia, para de conjunto con especialistas en Medicina, analizar las posibles causas de la habilidad de Rosa. / Fotos de Jaliosky Ajete Rabeiro

La posibilidad de conocerla me llegó casi por azar. Cuando hablé con ella por primera vez, vía telefónica, su voz sonaba como la de una pequeña niña, ilusionada con hacer realidad un sueño.

Rosa es una mujer sencilla, noble, “gente de campo” como le dicen aquí. Y a pesar de acumular ya más de cinco décadas, aún conserva la lozanía de la juventud.

“¡No me vayas a colgar! Es que todos me dan por loca y no me dejan ni hablar”. Y la escuché. Con educación le permití contarme su historia, pero, sinceramente, con recelo.

“Soy de Sandino y toda mi vida he vivido cerca del mar, pero fue hace poco más de un año que descubrí una habilidad que para mí es maravillosa y ha sido un regalo”.

Hasta ese momento la conversación era tan normal como cualquier otra, y yo me preguntaba cuál era el motivo de que le colgaran las llamadas. Pero, como si hubiera estado leyendo mi mente, respondió espontáneamente a la pregunta que me estaba haciendo.

“Imagínate que estás en la playa, comienzas a caminar y caminar, dejas la orilla detrás, casi sin darte cuenta ya no estás tocando la arena porque el agua se hace profunda. Pero tú sigues caminando como si estuvieras en la tierra. Y es que eso es precisamente lo que hago: yo camino en el agua”.

En los tiempos que corren, la fe en la magia o los milagros no encuentra terreno fértil para crecer. Indudablemente me resultó difícil creerle del todo, pero no quise cerrar la puerta en su cara y concerté una entrevista con ella.

Una semana después la encontré a la entrada de Guerrillero, acompañada de una de sus hijas, y resultó ser muy parecida a la imagen que de ella me había hecho.

De estatura mediana, cabello de color negro intenso rozándole la parte inferior de la espalda y mirada expresiva. Rosa es una mujer coqueta, preocupada por su apariencia, pero sin dejar de ser como ella misma se llama: una guajira de pura cepa.

En ese encuentro me contó, más sosegadamente, la historia de la mujer que no se hunde.

“Me crié en la playa, en un pueblito que se llama La Furnia, cerca de La Llana, en Cortés. Desde los tres o cuatro años nos bañábamos en la playa, lo cual era normal. Recuerdo que cuando venían los recalos de langosta yo las cogía en la orilla. ¡Qué infancia más linda!, ¿no crees? Pero nunca me pasó por la mente que fuera capaz de hacer algo así”.

Rosario Fuentes Lores, Rosa, ha hecho de todo un poco. Estudió Medicina Veterinaria, trabajó en el departamento de Electrocardiograma, fue masajista profesional y cursó el primer nivel de Cocina, actividad que según ella es la que más disfruta.

A la par tuvo dos hijas, que son su razón de ser. Para mayor alegría, hace ocho años es abuela de un pequeño que se ha robado su corazón.

Nadie en su familia, hasta el momento, ha desarrollado esa habilidad especial: “Mi hija mayor ni entra a la playa, le tiene miedo. Alicia, la más joven, tiene bastante habilidad nadando a diferencia de mí, porque lo que yo hago es flotar y caminar.

“Descubrí lo que puedo hacer en un viaje a la playa de Uvero Quemado, para mí fue algo muy lindo. Entré al agua acompañada de una muchacha. Nos agarramos de la mano y dejamos la arena atrás, y cuando vengo a ver –ella es más chiquita que yo– ya el agua le daba por encima del cuello y me dijo: ‘No Rosa, yo ya no sigo’.

“Sin darme cuenta de lo que estaba haciendo seguí; avancé unos cuatro, cinco y hasta seis pasos. Miraba despacito por encima de un hombro y del otro, como para ver hasta dónde había llegado, aunque sin miedo porque me daba cuenta de que no me hundía. No podía entender, veía los pescao´s, de los que se podían comer allá abajo en lo profundo, entonces me dije: ‘¡Ay Rosa, tú estás caminando!’.

“En ese momento me olvidé de los tiburones o de cualquier animal que pudiera hacerme daño, aunque creo que allí no había, y si había no sé. Eso fue fabuloso”.

Pude sentir la emoción en su voz. Lo feliz que la hace esa capacidad que no todos tienen la oportunidad de experimentar y para la cual no entrenó, sino que llegó a ella de forma natural.

Hija de la profesión a la que me dedico y heredera de la era de los millennials, me dediqué a hacer una búsqueda en internet, previa a la entrevista, para descubrir si la gran red de redes guardaba historias similares. Hasta el momento de la publicación de este trabajo solo encontré videos y sitios en los que mostraban cómo lograrlo, pero ya no de manera espontánea. Tampoco he conocido alguna historia similar a través de los medios provinciales o nacionales.

Por ahora, mi propósito mayor es contar la historia de la mujer, cuyos ojos brillan al explicar lo que siente al caminar por el agua.

“Mira, es lo más rico de la vida, en el agua no te cansas, puedes hacer cualquier cosa. Cuando descubrí que podía caminar eran alrededor de las 10 de la mañana, y comencé camina y camina. Mis amistades me decían en broma: ‘Oye Rosa ¿vas para La Bajada?’, y les respondía que sí.

“Ya a las 12 del día tenía los labios reventados, imagínate qué clase de sol había. Salí como unos 20 minutos a almorzar, ese creo fue el día que más rápido he almorzado en mi vida, y volví a entrar. A las tres más o menos salí, cuando vi mi rostro todo quemado, me espanté, pero me dije que había valido el sacrificio.

“Sabes lo que es no cansarte, yo no sé ni dónde es que afinco los pies, porque no puede ser en el agua, es imposible, pero siento la sensación igual que cuando estoy andando en la calle. En la playa lo mismo me pongo a caminar, correr, modelar, lo que sea. Todo lo que hago en la tierra lo puedo hacer en el agua”.

Así descubrió Rosa su don. Desconoce si hubiera podido hacerlo desde antes, pero hasta ahora no lo había experimentado.

“Sé que puedo llegar a mucho más, a lo que quiera, menos caminar por la superficie, eso no, ni por debajo del agua, porque no soy Deborah Andollo; pero sí creo que puedo llegar muy lejos en mi segundo hogar, en la playa. Eso es maravilloso.

“El día que lo descubrí las personas de la orilla me decían: ‘Voy pa´ llá’. Y les respondía: ‘Ni vengan, que no soy salvavidas, y no estoy parada en nada’. Pero no me creían y decían que estaba sobre alguna roca. Hasta que un muchacho que buceaba, sin que nadie lo mandara, pasó por debajo de mí y les dijo: ‘Ni se atrevan. No hay roca ni nada, ella está flotando”’.

Y desde que descubrió su don, sufre cuando pasa un mes y no puede ir a la playa.

“A cada rato tengo que ir: siento esa necesidad. Las personas dicen que es psicológico, pues desde los tres años estoy en el agua, pero no lo sé, ni tampoco por qué puedo hacer lo que hago. Mi organismo es raro, hay que analizarlo. No me he estudiado porque realmente nadie me cree.

“No le tengo miedo al agua ni a que sea muy hondo, a mayor profundidad me siento mejor. Y aunque muchos me dan por loca, ya en Sandino me conocen y me han visto en el agua. Imagínate que cuando hacemos algún juego de pelota en la playa me dicen: ‘Rosa, tú a lo profundo que no te hundes”’.

Ante la pregunta de qué piensa hacer con ese don que le ha dado la vida, respondió con absoluta certeza: “Disfrutarlo. Quisiera vivir siempre en el mar. La necesidad que siente mi cuerpo de él es increíble”.

Cada día la vida nos sorprende con situaciones que no tienen explicación lógica por más que tratemos de encontrarla. Ese parece ser el caso de Rosa. Hasta el momento no se ha estudiado con ningún especialista en Medicina, y las causas pudieran ser tan infinitas como ese mar que ella tanto ama.

Pero lo importante para esta pinareña no es iniciar una búsqueda del por qué. La verdadera felicidad la encuentra en escaparse cada vez que pueda hasta su segundo hogar y disfrutar de sus paseos marítimos. Perderse entre las olas, acompañada de las criaturas marinas, siendo recibida en ese mundo marino como la hija que regresa a casa.

Rosa no solo camina en el agua salada. Un equipo de Guerrillero tuvo la oportunidad de ver cómo también es capaz de hacerlo en el agua dulce.Rosa no solo camina en el agua salada. Un equipo de Guerrillero tuvo la oportunidad de ver cómo también es capaz de hacerlo en el agua dulce.

Sobre el Autor

Dayelín Machín Martínez

Dayelín Machín Martínez

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca de Pinar del Río, Cuba

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