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“Todo lo que he hecho es trabajar”

María Rodríguez Cardoso. / Foto: Vania López Dias

María Rodríguez Cardoso. / Foto: Vania López Dias

Frente a la Biblioteca Provincial, unos niños competían para ver quién hacía el mejor dibujo con tizas sobre el asfalto. Era un concurso promocionado por el proyecto sociocultural CreArte. La gente se acercaba curiosa. Finalmente se dio a conocer a los tres finalistas y se premió al ganador.

Una anciana del público pidió la palabra al final y comentó que le parecía justa la decisión del jurado, pero según su opinión, los trabajos de los otros dos chicos eran igual de buenos, y por tal motivo ella se había tomado la libertad de comprarles un libro a cada uno.

Los pequeños se abrazaron a la desconocida y le agradecieron por tan bonito gesto. Ella retornó a casa contenta y ligera a pesar de la hernia que comprimía su nervio ciático y es que, el cariño, es reparador.

María Rodríguez Cardoso es el nombre de aquella señora. Los adornos de su pequeña casa en la calle Frank País son cuadros artesanales de mártires de la Patria que ella misma confeccionó. Allí conversamos una de estas calurosas tardes de agosto.

“A los 14 años yo era un fleco así”, dijo y me mostró su dedo meñique para que me hiciera una idea de lo delgaducha que era. “A esa edad ya yo andaba en los asuntos de la clandestinidad. Mi padre, Francisco, trabajaba en un taller maderero y había estado preso en las mazmorras del Príncipe durante la época del machadato. Él influenció mi forma de pensar. Teníamos un cuartico en el patio de la casa y allí dormían a veces los combatientes perseguidos. Mamá, por su parte, cosía sayas de nailon con bolsillos interiores para las muchachitas del bachillerato que vivían en San Juan. En esos bolsillos trasladaban, sin levantar sospechas, los niples y el fósforo vivo que usarían luego los revolucionarios.

“Vivíamos entonces en las inmediaciones de los que es hoy el servicentro de la calle San Juan. Frente a nuestra vivienda estaba el taller de refrigeración donde trabajaba mi cuñado Alejandro Rojas, fabricante de los niples y bombas que detonaban en Pinar del Río.

“Una vez me llamó Mireya, mi hermana, para avisarme de que los guardias planeaban atrapar a su esposo. Me pidió que corriera al taller y envolviera en un trapo todos los explosivos, alcayatas y bonos del 26 de Julio que Alejandro tenía almacenados allí. Cargué con aquel bulto pesado hasta la casa de mi amiga Blanquita. Iba tambaleándome por el camino y el sudor frío me corría por la cara. Por suerte no me atraparon con todo aquello. Los jóvenes entonces éramos demasiado osados.

“Mi sueño era ingresar al Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río, pero mamá estaba renuente porque sabía de los revuelos estudiantiles y de cómo reprendía la policía a los manifestantes. No quería eso para mí; además, entrar al bachillerato era costoso y solo lo lograban los hijos de familias pudientes.

“A escondidas de ella me empecé a preparar para los exámenes de ingreso. Estudié día y noche, incansablemente y saqué tan buenas notas que logré matricular sin pagar un centavo.

“Allí conocí a Sergio Saíz Montes de Oca y a otros jóvenes valerosos. Juntos participamos en las movilizaciones y sufrimos la saña de los guardias, que nos perseguían por las calles como sabuesos y nos tumbaban al suelo con la presión de agua de sus grandes mangueras”.

“Cuando triunfó la Revolución me enviaron a trabajar al reclusorio de mujeres de Guanajay. Alquilé un apartamento justo en frente de la prisión. Me ocupaba de los expedientes de las reclusas, entre otros trabajos de mecanografía.

“La primera directora de ese centro fue la doctora Melba Hernández, quien vivía en los altos del edificio. Allí enfermó de un hongo en el oído que le daba mucho que hacer. Los dolores eran demasiado fuertes; pero esto no alteraba en lo más mínimo su carácter dulce.

“Un día me llamó a su despacho:

-¿Qué nivel escolar usted tiene, María?

-Cuarto año de bachillerato, doctora. Como muchos compañeros, interrumpí mis estudios cuando Sergio escribió al director del Instituto de Pinar del Río la carta titulada `¿Por qué no vamos a clases?’, le expliqué.

–Pues tienes que acabar el quinto año.

-Cómo doctora, si estoy trabajando aquí.

-Usted se va a ir diariamente para el Instituto de Marianao. Cuando retorne en las tardes me trabaja un par de horas y me doy por satisfecha.

“Así lo hice. Pasar horas enteras encima de una guagua, concentrarme en los libros y atender mis responsabilidades en el reclusorio me dejaban exhausta pero no me rendí. Las palabras de Melba me acompañaban a todas partes: ‘Persevera, María, que el que persevera triunfa’.

“En Guanajay conocí a mi esposo, Ramón, y tuve a mis dos hijas. Las niñas eran muy alérgicas y decidimos mudarnos a Pinar del Río en busca de un ambiente más favorable para ellas.

“Supe que recién habían inaugurado la sede universitaria, detrás de lo que actualmente es el comedor P1 y me dispuse a pedirle empleo al rector Ricardo Abreu.

-No creo que haya trabajo para ti, aquí somos cuatro gatos, me advirtió él.

-Chico enséñame la plantilla, a ver si encuentro algo afín.

“En lo último de la lista vi disponible una plaza de mecanógrafa y le expliqué a Ricardo que yo era mecanógrafa graduada.
-Pero hay otro agravante María, no tenemos máquina de escribir, agregó el rector.
-No importa, traigo la mía, insistí.

“Yo atesoraba una Underwood del año 3 000 antes de Cristo”, se ríe. “La llevé a engrasar, le sustituí algunas teclas rotas y cuando me aparecí con ella en las oficinas, Ricardo me puso la mano en el hombro: ‘Te has ganado tu puesto con nosotros, muchacha’.

“A la par de mi trabajo en la universidad, estudiaba por dirigido la carrera de Derecho. Por entonces comenzaron a convocarse los trabajos voluntarios para ayudar a las brigadas de constructores a edificar el área docente, la residencia estudiantil y el comedor en la avenida Martí final.

“Alcancé ladrillos, barrí polvo... Todos pusimos nuestro granito de arena. Fueron tiempos de mucho fervor.

“Años más tarde comencé a trabajar de asesora jurídica en la Empresa de Medicamentos. Cuando llegué a entrevistarme con el director, este se asombró: ‘¿una mujer de jurídica aquí? Mira yo tuve a dos machos huevones en ese puesto y los tuve que sacar’, dijo, ‘Póngame a prueba un mes, si no doy la talla me saca’, le contesté.

“La contratación económica era algo nuevo para mí. En ese lugar no había un solo archivo en orden, tuve que hacerlo todo desde cero, velar que se cumplieran los contratos, ser estricta con los choferes de los camiones, revisar que los efectos médicos que estos transportaban llegaran en óptimo estado. Lo que comenzó como un mes se prolongó a 11 años.

“Todo lo que he hecho es trabajar. Aun con mi edad, soy cobradora de impuestos asociada a la ONAT. Mis clientes me quieren porque no abuso con ellos. Les cobro lo justo. Agradezco tener mi mente clara para luchar. No sé qué pasará después”, se cuestiona María y se mete al cuarto a buscar diplomas y fotos que quiere que yo vea, y un banderín de tela que diseñó para homenajear el aniversario 58 de la FMC.

Guerrillero comparte el testimonio de María Rodríguez Cardoso a propósito del aniversario 58 de la Federación de Mujeres Cubanas

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

Comentarios   

Ynocente Betancourt
0 # RE: “Todo lo que he hecho es trabajar”Ynocente Betancourt 23-08-2018 15:08
Muy bonito el artículo escrito por la periodista Susana Rodríguez. Conocimos a María desde comienzos de los años setenta y siempre sus virtudes se manifestaron para sus compañeros de trabajo. Laboriosa, colaboradora, entusiasta, responsable. No tenía horario para trabajar y su espiritu de sacrificio le permitió estudiar siendo una persona mayor.
Mis felicitacones para María y que siga disfrutando de su entereza.
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