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A los casados se les debe la casa

A los casados se les debe la casa

Foto: El Mundo

Hace algunos días, alguien allegado a mis afectos, me explicó lo que supuestamente para él resulta el verdadero significado de la palabra casados, pues desde su concepción al respecto pocas expresiones –más allá de retóricas poéticas y cursi– encierran en el discurso su esencia en sí.

“Casa-dos, o lo que es lo mismo, casa de dos”, así me decía con plena convicción mi interlocutor, mientras buscaba más argumentos para convencerme de que la denominación léxica de la unión conyugal obedece al significado que reitera de generación en generación el refrán popular: “El que se casa, casa quiere”, pues no somos parte de un gallinero; los seres humanos, insistía sin cesar, necesitan tener su propio corral; y las parejas, sobre todo, se fortalecen con el convenio y respeto de sus propias leyes, firmadas por amor y que cobran vida en espacios fundados por dos, no por más.

El anhelo de la mayoría es “luchar” por tener su propio rinconcito; otros deciden mantener su dirección particular en casa de sus padres mientras se sienten como apéndices de los suegros y cuñados y asisten a la dramática prueba de la convivencia y la independencia imposible, que hace pedazos la sobrevivencia de los “casa-dos”.

Y es que no tiene adornos la realidad al respecto que nos identifica en nuestro país, donde es casi imposible poder elegir un lugar, una casa fabricada o materiales para construirla y tenemos que aceptar y hasta agradecer vivir con diferentes generaciones, compartir el mismo “corral”, los mismos gustos, costumbres… y peor, hasta la intimidad “nada íntima”, factores todos que constituyen proyectiles en contra de la unión estable, feliz y duradera.

Si bien es cierto que el Estado ha beneficiado a muchas familias en los últimos 20 años, no significa que el esfuerzo sea suficiente, pues esta es una problemática que se acentúa cada día más resulta una de las causas fundamentales de la crisis hogareña que crece vertiginosamente.

Basta para comprobar la verdad de los casados (y no casados incluso) con transitar por el reparto conocido como Maica en las cercanías del ferrocarril en la ciudad cabecera; por la zona acreditada como La Guanajera en la carretera a Viñales, en la región aledaña al consejo popular 10 de Octubre; o por “El avioncito”, cerca de la Autopista Nacional, apenas algunos lugares en donde son evidentes los refugios temporales que acogen a decenas de familias hace años y cuya situación pone de cara al sol el problema de vivienda del país, del cual no escapa Pinar del Río, por demás, refugio predilecto de los huracanes del Caribe.

Por circunstancias monetarias o de desplazamiento del campo a la ciudad es innegable que esta realidad existe y no pide permiso para agudizarse. ¿A quién corresponde analizar estas cuestiones?, ¿existen alternativas de mejora? Son interrogantes que golpean los oídos y el pensamiento de un elevado número de familias cubanas, sin que se vislumbre una solución a corto o mediano plazos.

Lo cierto es que las familias crecen y las casas… lo contrario. Los hogares cubanos son compartidos por jubilados, estudiantes, trabajadores, niños que sueñan con ser científicos o arquitectos, pero que al toparse diariamente con la situación existente sus alas decaen y hasta llegan a inclinarse por oficios que les ofrezcan mayores entradas, aunque no puedan entender ni explicar por qué cae el fruto maduro o la lluvia sobre la tierra.

Pero como nada es absoluto, los hay que alcanzan el sueño de una casa propia por esfuerzo o, simplemente, por suerte, sin embargo, no ríen de su privilegio, pues les duele que aún existan casos de hermanos, primos o amigos que quizás duermen de a tres o cuatro en la misma cama; que por piso tienen a la tierra, y en las noches, por entre las grietas de las paredes, los acompaña la luna.

Mientras mi amigo se empeñaba en defender la raíz de la palabra casa-dos; me vino a la mente una y otra vez una familia conocida y muy querida por mí, a la que jocosamente alguno de sus miembros le llamaban “tiradero” a la casa que compartían, en alusión a aquella novela brasileña que se robó la atención de los televidentes; había armonía, pero era imposible poner orden en aquel apartamento de apenas un cuarto, en el que convivían cinco personas y donde una de las tantas “Mamá Lucinda” que existen trabajaba intensamente por servir la mesa y alegrar a sus retoños.

Tal vez mi amigo no tenga nada de lingüista, pero no le falta razón en que al casarse o iniciar una vida juntos tengamos, o debamos tener, nuestra propia casa, corral o nido, no importa cómo le nombremos y que no debe ser solo un sueño de dos, sino una política de Estado a favor del bienestar social, de la equidad y de la inclusión misma; un esfuerzo que se revierte en valores y en felicidad como aspiración plena de los llamados planes nacionales del buen vivir, que cobran auge en países hermanos del tercer mundo y que, sin dudas, hacen la vida más llevadera para el hombre y la sociedad como beneficiaria por excelencia de las satisfacciones del ser humano.

Sobre el Autor

Heidy Pérez Barrera

Heidy Pérez Barrera

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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