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El Moncada hecho poesía

Cuartel Moncada, Santiago de Cuba. / Foto: Cubadebate

Cuartel Moncada, Santiago de Cuba. / Foto: Cubadebate

A Raúl Gómez García, poeta del Moncada y autor del Manifiesto a la Nación, lo torturaron hasta morir. Formaba parte del grupo que irrumpió en el hospital civil Saturnino Lora, uno de los edificios contiguos al cuartel. A pesar de la herida que le abrieron en el cuerpo, intentó ayudar a un militar desahuciado. Poco después, cuando lo supo todo perdido, se dirigió a un empleado y le pidió un trozo de papel para escribir a su madre Virginia García esta breve línea: “Caí preso, tu hijo”.

Raúl Gómez García.Raúl Gómez García.

No se pudo despedir, como le hubiese gustado, de su “querida viejita” ni de Liliam, la novia con quien compartía abrazos en el malecón habanero.

Tenía 24 años y el torso bien moldeado gracias a su gusto por los deportes. Lo que más disfrutaba en la vida era enseñar a los otros, pero había perdido su empleo de maestro y la buena paga en el prestigioso colegio Baldor, por andar de director del periódico clandestino El Acusador.

La madrugada del 26 de julio de 1953, en la granjita Siboney, minutos antes de partir a la lucha, Raúl declamó para sus compañeros unas estrofas de su poema Ya estamos en combate, que por entonces no tenía título. Así lo llamarían en lo sucesivo los sobrevivientes, los que hicieron un himno de aquellos versos desesperados:

José Luis Tassende, preso en el Moncada, donde fue asesinado por los esbirros de la dictadura. / Foto: Zenén Carabia CarreyJosé Luis Tassende, preso en el Moncada, donde fue asesinado por los esbirros de la dictadura. / Foto: Zenén Carabia Carrey

Ya estamos en combate (Fragmentos)

¡........................... !/ Por defender la idea de todos los que han muerto/ para arrojar a los malos del histórico templo./ Por el heroico gesto de Maceo, por la dulce memoria de Martí/ en nuestra sangre hierve el hado azaroso/ de las generaciones que todo lo brindaron./ En nuestros brazos se alzan los sueños clamorosos/ que vibran en el alma superior del cubano…

…La libertad anida entre los pechos de los que viven hombres/ y por verla en la estrella solitaria es un honor luchar./ A la generación del centenario le caben los honores,/ de construir la patria que soñara el Maestro inmortal…

…No importa que en la lucha caigan más héroes dignos/ serán más culpa y fango para el fiero tirano./ Cuando se ama a la Patria como hermoso símbolo/ si no se tiene armas se pelea con las manos…
…Adelante, cubanos... ¡Adelante!/ Por nuestro honor de hombres ya estamos en combate./ Pongamos en ridículo la actitud egoísta del tirano./ Luchemos hoy o nunca por una Cuba sin esclavos./ Sintamos en lo hondo la sed enfebrecida de la Patria./ Pongamos en la cima del Turquino la estrella solitaria.

***

Cada cual donó lo que pudo a la causa. Hubo quien vendió su negocio o empeñó sus ahorros de cinco años, quien cambió su empleo por 300 pesos y aquel que comprometió hasta los muebles de su casa…

Con el pretexto de dedicarla a la cría de pollos, se rentó la granjita Siboney, una finca de recreo a las afueras de Santiago. Fusiles, uniformes, autos y hombres se concentrarían allí, a esperar el momento justo para el levantamiento.

Un olor a cerveza, fritangas y orines flotaba sobre las calles de Santiago. El carnaval permitía a los jóvenes venidos de distantes provincias, pasar desapercibidos sin despertar la curiosidad de las autoridades locales.

Este escenario inspiraría luego un poema de Jesús Orta Ruiz (el Indio Naborí). El poeta se hallaba en Viena a propósito del VII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de 1959. Frente a delegados de todo el mundo, hizo público su homenaje a los moncadistas:

Era la mañana de la Santa Ana... (Fragmentos)

Era la mañana de la Santa Ana,/ mañana de julio pintada de rosa./ Nadie presentía que saldría el sol por la silenciosa granja de Tizol.

Santiago el Apóstol, marchito, dormía/ como derribado por la algarabía/ de conga y charanga, locura y alcohol.

Era la mañana de la Santa Ana..../ ¡Oh, la incubadora/ de la redentora/ granja Siboney!/ ¡Qué gloriosos gallos dieron a la aurora/ viejas y olvidadas posturas de Hatuey!

…Iban decididos por la carretera.../ Por todo el paisaje se abrió la bandera…/ Eran soles previos que con su alborada/ rasgaron las nieblas del cuartel Moncada./ La Patria en tinieblas vio sus rumbos claros/ a la luz precisa de urgentes disparos.

Era la mañana de la Santa Ana./ La sangre vertida no fue sangre vana… 26 de Julio: heridas/ por donde surgió la aurora: alta fecha vengadora/ de las fechas ofendidas. / Caliente sangre de vidas rotas por el heroísmo/ cuando traición y cinismo/ bailaban sobre un calvario.../ ¡Oh, rocío necesario a la flor del patriotismo!

***

A excepción de varios combatientes que alcanzaron a escapar, socorridos por el pueblo santiaguero, los restantes fueron capturados y en su mayoría, asesinados los días posteriores.

"No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumento de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen. El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros", declararía Fidel frente al tribunal que lo sentenciaría más tarde.

Quizá uno de los crímenes más horrendos, fue el que se consumó contra Abel Santamaría Cuadrado, segundo líder del movimiento. Cuentan que le quemaron los brazos y le vaciaron, a sangre fría, un ojo azul. Luego lo asesinaron sin sacarle una palabra.

Abel Santamaría CuadradoAbel Santamaría Cuadrado.

Desde la poesía, la matancera Carilda Oliver Labra, logra un diálogo estremecedor con el mártir:

Conversación con Abel Santamaría

Miras, Abel/ sin ojos en la tierra./ Tu mirada viene de lo que no abandona la belleza.

Aquí está derramada/ como cuidando el sesgo de tu isla,/ la lucha del mar por sostenerla;/ ayuda al balanceo de las palmas,/ agrede nuestro miedo.

¿Quién le dice: párate;/ quién la vuelve a esa cuenca desolada?/ Miras, Abel,/ y se revuelve el hambre de los pobres./ Miras, y arde/ la libertad de los hermanos secos,/ enterrados a pulso/ frente a los sinsontes.

Aquí convoco/ tu córnea interminable/ persiguiendo el mal con una lágrima,/ la pupila/ oráculo de tu hermana,/ rebelde,/ pariendo luz dentro del polvo.

Yo no me enluto,/ yo no sollozo./ Yo oigo tu mandato/ y me apoyo en ti como en un talismán,/ como en un aire de yagrumas,/ como en un himno.

Tú eres el único que ahora ve en las tinieblas,/ porque aquí ya todos somos ciegos./ Danos tu mirada./ Es fuerte como la primavera del milagro./ Ampáranos con tu: ten mis ojos, Cuba.

***

Los sucesos de julio del 53 acabaron en una derrota militar; sin embargo, permitieron retomar el camino de la Revolución iniciada por Céspedes en 1868.

El ensañamiento de la dictadura contra los asaltantes, su profunda crueldad, atizó las llamas de una conciencia nacional adormecida.

Gente humilde: obreros, campesinos e intelectuales de ideas radicales, se empezaron a nuclear en torno al Movimiento 26 de Julio como quien se aferraba a una esperanza.

La epopeya del Moncada determinó el destino de la Isla y sus habitantes, y es por eso que los periódicos dedican páginas completas a evocarla y que los poetas la inmortalizan en sus versos.

***

Fuentes documentales que inspiraron este artículo:

El Moncada en versos, de Glenda Boza Ibarra. Tomado del blog de la autora: Bitácora de Glenda.
El último poema para el primer combate, de César Gómez Chacón. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
Ese muchacho llamado Abel Santamaría, de Amador Hernández Hernández. Tomado de Cubadebate.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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