Rosalba Bencomo Rodríguez, amante de los riesgos
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Detrás de la puerta, Rosalba duda si abre o no abre. “Está ahí, aunque no conteste”, dice una vecina del edificio y se pierde escaleras arriba. Con esa certeza voceo otras 10 veces los buenos días. El apartamento es una jaula.
-¿Qué quieres?, –la mujer por la que yo procuraba tiene una expresión intimidante en el rostro, el cabello blanco, desordenado, como de alguien que acaba de despertar.
-Soy periodista y ando tras su historia, le digo.
-No me gustan las entrevistas ni los homenajes. Los periodistas menos, escriben lo que les conviene ¿Y tú para dónde trabajas?, a ver ¿cómo te llamas?, quiere saber.
-Señora, si usted no va a estar a gusto; es mejor no conversar.
-Hoy no se va a poder.
- ¿Y otro día?
-Eso depende. Te voy a prestar un disco con información importante de mi vida. Confío en que lo devolverás intacto, sin un rayón.
-Mañana mismo, me comprometo.
La primera parte del DVD fue grabada con descuido durante una celebración hogareña. La gente habla pero apenas se entienden los diálogos. Rosalba luce señorial. Pintó con esmero sus ojos y la boca.
El disco contiene además una edición del programa Raíz y Memoria de Tele Pinar, dedicado a la primera mujer pinareña que engrosó las filas del Movimiento 26 de julio.
***
“Ayer no me sentía bien. ¿Te espanté, verdad? Nunca hablo de mí misma sin pruebas; por eso te dejé la grabación. ¿Oíste lo que dicen mis compañeros de la clandestinidad? Siempre ando con la verdad, aunque me salgan mal las cosas”.
Rosalba permite que entre a su casa. Dentro hay flores, un esposo con voz de locutor, música de Radio Enciclopedia, un gato llamado gato, tazas plásticas para el café.
“Voy a decirte algo antes de que empieces. No me preguntes fechas. Soy incapaz de recordarlas”, advierte.
¿Cómo era usted de joven?
“Rebelde. Amaba correr riesgos, caer presa. No tenía necesidad de andar en esos litigios. Era hija única, de origen pequeño-burgués, mi padre, Ruco, propietario de camiones.
“Cuando culminé el sexto grado opté por una plaza en la Escuela Normal para Maestros pero no tenía edad suficiente y tuvieron que aumentarme un año en la inscripción de nacimiento. Ingresé a la vez en el Instituto de Segunda Enseñanza. En el futuro quería ser abogada o socióloga.
“Enseguida me hice parte de la Asociación Estudiantil. Organizábamos actos de solidaridad con los presos políticos de Isla de Pinos y La Habana, nos lanzábamos a la calle gritando: ´¡Batista, asesino!´ Hacíamos muñecos grandísimos rellenos con papeles o trapos y los quemábamos en el centro de la ciudad. Recuerdo que el Morito Zaidén se encontró una naranja agria en el patio de mi casa y se la sonó adentro a un muñecón de aquellos. Me he reído...” Rosalba ríe ahora también.
“Otra vez un compañero le untó bisulfuro a un caballo, le puso un cartel en la cola que decía ¡Abajo la dictadura!, e iba el animal por la calle que si uno se descuidaba lo tumbaba a ras del suelo. Siempre mandaban una guagua llena de casquitos para apagar las manifestaciones. La veíamos acercarse vieja, verde, ruidosa y decíamos: ´¡Alabao!´.
“Me nombran asesora oficial de propaganda del Movimiento 26 de Julio y luego jefa de la sección femenina hasta que caí presa. Fui juzgada dos veces en los Tribunales de Urgencia. La primera, por tirar cocteles molotov a las ventanas de la Escuela Normal de Kindergarten. Salí absuelta entonces. Alegué que la estopa y la gasolina ocupadas en mi casa pertenecían a mi padre camionero.
“El segundo juicio fue a raíz de la bomba que detonamos en la Escuela Normal para Maestros. Me condenaron a un año de privación de libertad.
‘Qué todo sea por el bien de Cuba y la Revolución’, dije al final de mi alegato. Cuando me sacaron de la sala iba dando adioses como una vedette.
¿En tu casa fabricaban los explosivos?
“Sí. Metíamos dinamita en latas de betún. El objetivo era amedrentar, no lastimar a nadie. Estudiábamos los lugares antes de aventurarnos. En la Normal para Maestros colocamos el explosivo en el baño, cuando todos estaban en clase. En mi tiempo era improbable que un alumno pidiera permiso a su maestro para ir a hacer sus necesidades.
¿Cómo te descubrieron?
“Una chivata me echó pa´ lante. Yo estaba en casa de unos parientes en La Habana cuando me apresaron. Me cogieron allá con mima que no me perdía ni pie ni pisada.
-Oiga señora, nosotros buscamos a su hija, no a usted, le dijeron.
-Voy con mi niña, que no ha hecho nada, les respondió ella, pobrecita.
“Me traen cautiva de La Habana para acá un dos de noviembre, día de los fieles difuntos”.
-Esa fecha sí que la recuerda, le comento.
“Antes de llegar a Artemisa, había como una loma y parado encima, un oficial batistiano, Pedro ´El Malo´. Su lista de cadáveres era interminable:
- ¿Y ustedes que hacen en esa máquina civil?, preguntó a los policías que venían conmigo.
-Llevamos presa a esta por orden del coronel Evelio Miranda.
-Eh, ¿y por qué pasan tanto trabajo? Arránquenle la cabeza antes de que llegue y así ni declara, los instó Pedro.
-¡Tu madre!, le grité desde la ventanilla. Cuando uno tiene una idea fija en la mente pierde el miedo. ¡Aquel día de los fieles, casi me matan!
En el regimiento Rius Rivera, Evelio Miranda la amenazó con asesinarla también; pero Rosalba no murió tampoco en aquella ocasión. Cumplió un año exacto en el reclusorio de Guanajay, ni un día más ni uno menos. Al término de la pena imputada la fueron a rescatar su madre y los compañeros del Movimiento, porque a los presos políticos no los soltaban tan fácil y podían atribuirles delitos nuevos que nunca cometieron.
“Mima alquiló una casa frente al reclusorio. Sobre las 11 y media de la noche se presentó en la posta de entrada y exigió conversar con la doctora Guanche, la encargada de la prisión. Antes de las 12 yo estaría afuera.
“Guanche se acercó a mi madre y recibió un apretón en la mano y una frase cortante: ´Usted me tiene que dar a mi hija ahora mismo´.
¿Tu mamá portaba armas?
“Moral y vergüenza, a veces eso puede más que una ametralladora. Mima me puso un pañuelo en la cabeza y sus gafas, que tenían aumento cantidad. Subí a un carro y ella a otro. Los muchachos del Movimiento, para despistar, llenaron los autos con cédulas de Batista aprovechando el clima de elecciones reinante en el país”.
***
El ginecólogo Hildo Folgar Montero fungía como jefe de acción médica del Movimiento 26 de Julio. Dicen que su consulta era la más linda de toda La Habana. La frecuentaban las señoras de los embajadores y de los ministros; por eso bastó que el doctor lo solicitarara y en la embajada de Brasil asilaron con agrado a Rosalba.
“En mi cuarto había teléfono y no perdí chance de comunicarme con mis compañeros de lucha. Un día me llamaron desde un teatro habanero:
-Tenemos un problema, Rosy y eres la única que lo puede resolver. Ya no sabemos dónde esconder a Bola Prieta1 pero tú de seguro logras meterlo clandestino en la embajada.
“Hablé con el chofer de la sede diplomática, un negro viejo que había sido criado toda su vida. Creo que ese hombre estaba buscando hacer algo heroico porque no puso reparos en ayudar. Trajo a Manolo oculto en el maletero, lo hospedó en su propio cuarto, le llevó de comer cada noche...
“El ama de llaves, una española muy amable, descubrió la pistola de Bola Prieta mientras hacía las camas y se vio obligada a notificarlo a sus patrones. Me volví de repente un peligro, una enfermedad mortal en aquel sitio. El embajador de la República del Salvador, era íntimo amigo de los señores de la casa y aceptó escoltarme al aeropuerto nacional un 24 de diciembre de 1958. Allí tomé un avión rumbo a la ciudad de San Salvador”.
La muchacha aterrizó en medio de una fiesta popular. La gente estaba muy alegre y surcaba las calles con sus tambores y cantos típicos. Eran calles de aceras estrechísimas y ella nunca había visto nada igual. Pagó hospedaje en un hotel, descansó del viaje, se bañó, se vistió bonito y bajó al vestíbulo.
-¿Usted conoce a algún cubano?, preguntó al carpetero.
-A muchos, señorita. Todos pasan por aquí cuando vienen del aeropuerto.
A Rosalba se le iluminó el rostro cuando descubrió el paradero de sus compatriotas en aquella urbe extraña.
“Supimos cierta la victoria de Fidel y salimos a tomar la embajada de Cuba en el Salvador. El viejo calvo que estaba al frente repetía:
-Yo no renuncio.
Y nosotros:
-La Revolución cubana ha triunfado y usted no tiene nada que hacer aquí.
“Milanés, uno que era médico veterinario me invitó a izar la bandera con él. Hasta salimos en la portada del Diario de Hoy del Salvador. Aterricé en La Habana poco después y no sabía ni cómo llegar a Pinar del Río, pero estaba en mi país. Una semana apenas duró mi exilio”.
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Noel escucha atento el testimonio de su esposa. Hace 36 años ella se colgó de su brazo, de su voz de locutor galante de Radio Guamá, porque quería conocer la farándula y divertirse. Él, por su parte, aprendió el camino de los bufetes y las audiencias, comenzó a hallar entretenidos los procesos judiciales donde intervenía su mujer como abogada defensora.
“Rosalba aún no te cuenta una etapa importante”, señala Noel. “Después del 59 se infiltró en los grupos contrarrevolucionarios de la provincia. Participó en algunas misiones como agente de la Seguridad del Estado”.
“Las personas me miraban feo en la calle, hablaban horrores. Eso terminó afectándome pero no me arrepiento”, agrega Rosalba.
Con gusto reviviría el peligro, la cárcel, el hambre y la soledad, ella, que rechaza los reportajes y las pompas.
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1Bola Prieta es el sobrenombre del combatiente clandestino pinareño Manolo Rodríguez Nodarse.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.