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Hombre de hierros

Grandía trabaja en el IPVCE:

Grandía trabaja en el IPVCE: "Federico Engels" desde hace casi 40 años. / Foto: Lisandra Valín Álvarez

José Luis Grandía Delgado fue uno de los tantos jóvenes que luchó por la liberación de Angola.

En el rincón más frío y apartado del IPVCE Federico Engels me encontré a este hombre, entre hierros, sillas y mesas que necesitaban arreglos, con un cigarro como único compañero de batalla.

Mi primera impresión fue la de alguien tímido y reservado, mi opinión cambió tras la primera pregunta.

Labora en este centro desde hace casi 40 años y admite no realizar un trabajo fácil como jefe de mantenimiento. El mérito de su quehacer, su entrega y sacrificio son indudables: ha obtenido la distinción de Vanguardia Nacional por 10 años consecutivos.

Ojos azules y mirada penetrante solo comparable con los del animal más traicionero, sin embargo, es dulce y paciente como el más dócil de todos y fiel a sus ideas como el mejor amigo del hombre.

Robusto a pesar de sus 70 años y de las espinosas situaciones que enfrentó aquellos días, en los que dirigía un pelotón de morteros en la asesoría de Cangamba: “Fueron momentos muy difíciles, se combatió duro, al comienzo éramos alrededor de 80 cubanos los que allí estábamos, hubo que quemar plomo como decía Elpidio Valdés para poder resistir”.

Ha visto a la muerte de cerca más de una vez, el recuerdo llega: “Fui alcanzado por un proyectil de mortero que me desplazó, no sé cuánto tiempo estuve inconsciente, dicen mis compañeros que fueron más de tres horas tirado en el campo”. Lo reportaron muerto, pero esa fue otra batalla en la que venció: “Desperté aturdido en medio del combate, cuando yo vi lo que me estaba cayendo arriba…”.

Le gusta pasar tiempo con sus seres queridos, con los que no habla de sus hazañas debido a que su familia nunca supo nada de lo que le estaba ocurriendo, solo su hermano conocía de sus peripecias, pues se encontraba luchando en el país africano. En aquel entonces tenía una niña de cuatro años, recibió una carta, con una de las primeras palabras que escribió: “Papá”. Ya la familia ha aumentado y son tres sus retoños.

El hombre que hoy vive entre hierros, no solo se enfrentó a las balas y a los misiles del enemigo: “Estuvimos varios días sin tomar agua, de alimentos ya no se hablaba, había varios heridos y teníamos unos cuantos caídos, llegamos a perder 18 cubanos, pero teníamos que resistir 72 horas o más si era necesario, como orientaba Fidel Castro en su carta”.

Pude sentir la devoción con la que vivió los momentos del retorno, el rencuentro y la añoranza; lo hizo tres meses antes de cumplir con la misión, la Misión Olivo, la lucha contra bandidos en Angola, debido a su destacada labor en esta tarea.

Cuando revive la victoria sonríe con satisfacción, como un niño, consiguiendo que yo sucumba ante sus encantos, admite habérsela regalado al Comandante en su cumpleaños: “La victoria no se la dieron los unitas a su jefe, pero nosotros sí se la dimos a Fidel”.

Múltiples han sido las medallas que ha ganado por su lucha en Angola y en Cuba, una de ellas, la orden al valor Camilo Cienfuegos, y es que este hombre no le temé a nada, ni a la muerte ni al hambre.

Ahora solo le quedan recuerdos fugaces de cuando era uno de los dos pinareños que combatían en la guerra de liberación de Angola, desde el pueblo de Cangamba. Ya no está rodeado de combatientes, sino de un joven estudiantado que precisa siempre buscar a Grandía si de reparar algo se trata.

Sobre el Autor

Lisandra Valín Álvarez

Lisandra Valín Álvarez

Estudiante de la carrera de Periodismo.

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