Actualizado 30 / 11 / 2019

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La enfermería: heroicidad en todos los tiempos

Homenaje a enfermeras 2018. / Foto: Ramón Brizuela Roque

Homenaje a enfermeras 2018. / Foto: Ramón Brizuela Roque

La enfermería es una de las más nobles profesiones de los humanos, y aunque hay muchos hombres en sus filas, solo evocar el calificativo nos hace pensar en las mujeres.

Hace 198 años emergió Florence Nigthingale, una italiana que muy pronto se radicó en Francia y es considerada como la fundadora de la enfermería moderna, por lo que su nacimiento, el 12 de mayo, es tomado como la fecha para honrar la profesión.

La enfermería se remonta a los tiempos de griegos y romanos, los nombres son diversos y numerosas mártires y víctimas se entregaron al empeño de salvar la vida ajena, aunque perdieran las suyas.

De esas gloriosas mujeres en el martirologio pinareño se pueden recordar a las capitanas del Ejército Liberador y enfermeras en la manigua redentora durante la Guerra de Independencia: Adela Azcuy, Luz Noriega, Isabel Rubio, Regla Socarrás y Catalina Valdés.
 
Y en los finales de la emancipación, en la épica de Fidel Castro, tenemos las enfermeras de hoy, que han estado en los campos intrincados, en escenarios de batalla, en países cercanos o lejanos, honrando con su bata blanca y su cofia, la noble acción de dar salud.

En la provincia hay más de 5 000 enfermeras y enfermeros, a cualquiera de ellos podríamos entrevistar, porque cada uno tiene su pedacito de historia, aunque en la difícil selección escogimos a dos que nadie podría refutar: Esperanza Pozo Madera y Raisa Cristina Arcia Conill.

Esperanza Pozo Madera. / Foto: Ramón Brizuela RoqueEsperanza Pozo Madera. / Foto: Ramón Brizuela Roque

Esperanza, de fácil conversar, ahora Profesora Auxiliar y consultante de la Facultad de Ciencias Médicas Doctor Ernesto “Che” Guevara de la Serna, de Pinar del Río, muestra sus 48 años de servicio en Cuba, Haití, Venezuela y Angola.

Se inició en el sector de la Salud como auxiliar de enfermera en 1968; en 1972 se especializó en Obstetricia, después hizo su posgrado durante tres año en el hospital regional de Bahía Honda, y a su regreso en 1975 a Pinar del Río, se incorpora como profesora a la formación de auxiliares y al curso Plan II de Enfermería  de la escuela Marina Azcuy.

A su vez, en 1975 comenzó en el politécnico Simón Bolívar de la capital provincial, y en 1977 viajó hacia La Habana como una las tres primeras enfermeras que se formarían como licenciadas en el instituto superior de ciencias médicas Victoria de Girón.

Al regreso se sumó nuevamente a la Facultad como profesora de procederes terapéuticos de los estudiantes de Medicina y en esa etapa la decana doctora Carmen Serrano le dio la tarea de iniciar en Vueltabajo la licenciatura en Enfermería.

En 1988, con la aparición de los huracanes George y Mitch, tuvo que partir a Haití, donde estuvo en difíciles condiciones durante dos años en la comuna La Victoria: ahí no había luz eléctrica, el ambiente sanitario era pésimo y la agresividad del Sida, la tuberculosis y de varias enfermedades gastrointestinales segaba decenas de vidas anualmente.

En el 2004 volvió a cargar su mochila, esa vez para Venezuela, a un Centro Integral de Diagnóstico a desempeñar su especialidad de Gastroenterología y en el 2013, cuando pensaba que concluía sus periplos, la llamaron para Angola por tres años más, a brindar colaboración exclusiva docente en el Instituto Politécnico Superior de la provincia de Huambo.

“A las enfermeras de hoy lo principal que les sugiero es el respeto a la dignidad, la solidaridad humana y sentir amor por su profesión. Tiene que brindar una atención de calidad, alto nivel científico y sentir por el prójimo lo mismo que hacia su familia, refiere Esperanza.

“No pueden olvidar que el enfermero está las 24 horas del día y los 365 días del año cerca del paciente y tiene que ser capaz de identificar cada reclamo ante cualquier situación, porque si no es capaz de cumplir con calidad las indicaciones del médico y las suyas propias, el paciente no se recupera, no sentirá la satisfacción y no sentirá estar protegido”.

Raisa Cristina Arcia Conill. / Foto: Ramón Brizuela RoqueRaisa Cristina Arcia Conill. / Foto: Ramón Brizuela Roque
 
OTRO EJEMPLO A IMITAR

La licenciada Raisa Cristina Arcia Conill, igualmente es un ejemplo, en la actualidad es jubilada de la Facultad de Pinar del Río, aunque sus orígenes fueron los de enfermera asistencial del hospital León Cuervo Rubio durante 11 años, hasta que asumió en el año 1981 la docencia.  

Ahora recuerda “tuve la experiencia de servir en la República Bolivariana de Venezuela, donde cumplí mi labor de endoscopia y además impartí docencia a los estudiantes de Medicina General Integral Comunitaria, cuando se inició la licenciatura y también fui metodóloga de la carrera en el Estado Mérida.

“Cumplí misión en la República de Angola desde el año 2014 hasta el 2017, siempre como profesora de licenciatura en ese país, pero con el sistema de estudio. Me siento orgullosa, durante 45 años formé tantos profesionales y ahora coincido con ellas en actividades y eso me satisface”.

UN POCO DE HISTORIA

Aunque la dedicación por preservar a enfermos desvalidos no precisamente tiene que ser con las guerras, no hay duda de que las acciones bélicas requieren de enfermeras, como los soldados necesitan de sus fusiles.

En la antigüedad se creía que una fuerza superior, ordenadora del mundo, era la responsable de todo lo que le ocurría a ese, “su mundo”.

Los griegos o el pueblo helénico veneraban a Apolo, el dios del sol, también dios de la salud y de la medicina. Uno de los más interesantes es Esculapio, hijo de Apolo y de madre humana, era el principal sanador de la mitología griega.

Los romanos desarrollaron una medicina militar organizada, con primeros auxilios en el campo de batalla y creando ambulancias de campaña. Edificaron hospitales militares conocidos como valetudinaria, con capacidad para más de 200 enfermos o soldados heridos.
 
Pero en la enfermería estaban los parabolini, significa: el que arriesga la vida al entrar en contacto con los enfermos. Fueron una hermandad masculina romana, originada durante el siglo III y las mujeres romanas eran muy independientes, se cree que el principal papel de la mujer-enfermera correspondía exclusivamente al cuidado de los niños y la atención de los partos.

La regla de oro de la práctica de la nueva fe “no era ser cuidado, sino cuidar”, por lo que la atención a los enfermos y afligidos se elevó a un plano superior, convirtiéndose en una vocación sagrada, en un deber declarado de todos los hombres y mujeres cristianos.  

La enfermera, en el año 60 después de Cristo, es reconocida como la primera diaconisa y la primera visitadora, siendo la única diaconisa a quien menciona San Pablo en el Nuevo Testamento.

Esta es una historia tan larga que no todo se puede contar. Ya en las Guerras Santas de conquista se adoptó el ideal militar y de orden –rango, deferencia hacia los superiores y el voto incuestionable de obediencia– teniendo como consecuencia la formación de órdenes militares de enfermería, órdenes mendicantes, los terciarios y las órdenes seglares de enfermería, entre otras.

Los Caballeros Hospitalarios intervinieron en Europa durante los periodos de guerra, conducían ambulancias y llevaban otros servicios médicos. Pero sus funciones originarias han sido adoptadas y ampliadas durante el último siglo por la Cruz Roja. La orden perdura en las Hermandades de San Juan y en los cuerpos de ambulancias y primeros auxilios. Aún pueden admirarse los edificios de los hospitales que fundaron los Caballeros de San Juan en Rodas y Malta.

La Cruz Maltesa se convirtió en parte de la insignia de muchos grupos dedicados al cuidado de los enfermos. Las ocho puntas de la cruz significan las ocho virtudes que los caballeros debían ejemplificar en las tareas de caridad de su vida cotidiana: goce espiritual, vivir sin malicia, arrepentirse de los pecados, humillarse ante los que te injurian, amar la justicia, ser misericordioso, ser sincero y puro de corazón y sufrir la persecución con abnegación.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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