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Cosas de pescadores

Pescadores en acción

De mano a mano, más que un producto, viaja la solidaridad. / Foto: Pedro Paredes

Tras cuatro días de estancia en las zonas de pesca al sur de La Coloma, son muchas las vivencias e impresiones, lamentablemente no caben en estas páginas, al menos intentamos acercarnos a la cotidianidad de esos hombres sencillos y laboriosos.

Al amanecer del cuarto día tuvimos la desagradable noticia de que las baterías del “Alecrín” estaban descargadas y no era posible arrancar los motores de la embarcación, por suerte, dormimos cerca de un centro de acopio y allí nos prestaron socorro. Eso demoró la partida, y aunque tuvimos la capacidad de bromear sobre el asunto, el solo pensar que si hubiésemos estado fondeados en otro lugar la solución sería mucho más complicada, creó cierta zozobra. A MODO GENERAL
Después de varios días entre pescadores, se perciben ciertas cosas que aplican de modo general, sin importar la especie que capturen. Lo primero es la abnegación: su trabajo demanda una gran cuota de sacrificio que incluye, desde estar por varios días lejos de la familia hasta vivir en barcos con escasas condiciones; sin olvidar el esfuerzo físico y los riesgos asociados a la permanencia en el mar. En cuanto a las características de estas embarcaciones, no todas son iguales, pero algunas ni baño tienen, lo que los obliga a defecar, orinar y bañarse sin privacidad. Tampoco la disponibilidad de camarotes es total y a veces solo las lonas que penden del techo los protegen de la lluvia o la marea. Son hombres curtidos en estas faenas, y lo asumen con normalidad, aunque no significa que lo sea. También enfrentan con naturalidad la carencia de trajes para el buceo u otros medios de protección como guantes y capas; por cierto, cuando los tienen, aseguran no son de buena calidad. Por el reducido espacio en que viven, resulta inevitable la permanencia de cordeles para secar la ropa y da una sensación de desorden; pero los barcos están limpios; los utensilios de cocina muestran una pulcritud impecable; y, al margen de competencias productivas, prima entre ellos la solidaridad. DE BARCO A BARCO
Es habitual ver de una embarcación a otra pasar agua, hielo; un poco de sal, azúcar, frijoles o intercambiar capturas para la alimentación de las tripulaciones, que no es indispensable pero mima algo al paladar. Viajan saludos, recados, apodos, estos últimos abundan tanto como las historias, algunas realmente memorables. Así fue la de “Tato” que puede hacer de perro de caza; o la de “Linares”, el patrón al que un camarógrafo desobedeció y se sumergió para filmar imágenes de tiburones, el hombre de mar hizo tirar la pesca del día para entretener los escualos y sacarlo sano y salvo, cuando lo tuvo a bordo lo devolvió a tierra, sin excusas ni segundas oportunidades. Esas son solo dos, de otras muchas entre las que no faltan accidentes en alta mar, anécdotas familiares y las preferidas por todos: las de Francisco Rodríguez, más conocido como Pipín Ferreras, apneísta de origen cubano que auspició una competencia de pesca para la realización de varios documentales, la experiencia marcó hondo en estos hombres. También hay bromas sobre las esposas, algunas incluso subidas de tono, que en otro contexto hasta podrían considerarse irrespetuosas, pero allí es un modo de recordar a los que están lejos geográficamente y siempre cerca en el pensamiento. LA CULTURA
Si se entiende la educación solo como sapiencia académica, no hay mucha entre las tripulaciones, aunque los más avezados incursionan en materias sorprendentes y con dominio de las mismas. Pueden escucharse palabras mal dichas o verbos conjugados erróneamente; sin embargo, no se echan a ver porque está presente el saludo cordial, el trato afable y la generosidad cuando convidan a un café o comida, imagino que a veces en detrimento de sus propias raciones. Y esa formación que no proviene de títulos universitarios, es parte de la cultura ancestral de los cubanos, hombres sencillos, sin grandes riquezas en los que la solidaridad prima sobre el interés personal. Hay algo en lo que sí son eruditos y es en desentrañar los misterios del mar, no han necesitado estudios, lo aprendieron de sus mayores y de experiencias de vida. Lo tratan con respeto, anticipándose a los caprichos de la naturaleza y conscientes de que puede ser fatal. Las gaviotas, compañeras habituales, representan ayuda involuntaria para los pescadores. / Foto: Pedro ParedesLas gaviotas, compañeras habituales, representan ayuda involuntaria para los pescadores. / Foto: Pedro Paredes Se encomiendan a Yemayá y otras deidades, les fortalece esa fe de que fuerzas poderosas los protegen de la adversidad. Detrás de los rostros curtidos por el sol y las rudas maneras propias de la profesión, hay hombres sensibles, les pueden aflorar las lágrimas; al hablar de la separación familiar, eso sí, se vanaglorian del trabajo que hacen y sin duda, es una jactancia a la que tienen derecho. Aunque no forma parte de sus funciones, también custodian nuestras aguas, y ante la presencia de naves foráneas alertan a los servicios de Guardacostas. En nuestro viaje, en dos ocasiones avistamos lanchas rápidas, en presumibles operaciones de tráfico de personas. COMPARACIONES
Dicen que las comparaciones no son efectivas, pero por razones asociadas al oficio, cualquier periodista se acerca a disímiles interioridades ajenas, y no están exentas de esfuerzos las vidas de muchos otros obreros: dentro de fábricas, en minas, talleres, expuestos al sol, con horarios complicados, ruidos, peligros... Los pescadores lidian con todo eso y más, no todos los días regresan al hogar, sus producciones muchas veces se vuelven esquivas por razones intrusas que van desde el clima, las corrientes oceánicas, hasta la manifestación de una especie, y entonces el sacrificio no tiene la recompensa esperada. Constituyen un segmento de nuestra sociedad carente del reconocimiento que merece, y quizás alguien piense que hace meses no come un buen pescado, por lo que faltan razones para interesarse por el quehacer de estos hombres. Pero ellos no deciden el destino de sus capturas, dedicadas mayoritariamente al mercado en divisas dentro y fuera de fronteras, importante fuente de ingreso para la industria alimentaria y de financiamiento para otras producciones que sí recibimos cotidianamente como leche y yogur, entre otras. La batería que nos haría posible el regreso según lo planificado… / Foto: Pedro ParedesLa batería que nos haría posible el regreso según lo planificado… / Foto: Pedro Paredes FINAL
Siento que hay muchas cosas por decir: algunos tecnicismos como que la carnada para la pesca del bonito es la manjúa; momentos de mágica belleza por describir como la presencia de los delfines o la sensación de navegar escoltada por tiburones y para mi asombro, no entrar en pánico; historias y anécdotas por contar que ayuden a otros a entender la vida de los pescadores, esa que transcurre entre dos luces, con días que comienzan al amanecer y a veces la llegada de la noche es “inconclusa” porque queda faena por hacer. Llegamos a puerto y a casa, este es el final. Sin embargo, no es el todo, en cada alba u ocaso hay otras páginas por escribir, las que ellos hacen en un nuevo día de navegación.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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