Cumpleaños número 100
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
María, una mujer que cumplió 100 años de edad. / Foto: Januar Valdés Barrios
Cuentan que Nicasio Fernández murió a los 124 años, completamente ciego, con la cabeza calva y la boca desdentada. Su hijo Filomeno, albañil de oficio, vivió 114 y dejó una casa espaciosa y soleada en Santa Beatriz 18, además de un ramillete de hijos, entre ellos, María, que el pasado dos de abril celebró su cumpleaños número 100.
Dos mesas llenas de dulces se dispusieron en el patio interior ese domingo, y hasta una piñata.
“Nosotros somos mucha familia y la casa se llenó de gente, de niños correteando de un lado al otro. Yo miraba todo con mis dos corazones: el que tengo de reírme y el otro, para la vida, que se hizo así y hay que aceptarla”, dice María y agrega que está nerviosa, porque hace un rato Carmen Dora, su hija, salió a buscar una sombrilla que olvidó en el consultorio o en la bodega y todavía no regresa.
A los lectores de mi periódico les gustaría conocer cómo le ha hecho usted para vivir tanto tiempo, le comento.
“Lo tengo de herencia. Eso sí, nunca como regado y almuerzo antes de las 12 del día, aunque hoy me va a coger tarde porque Carmen Dora anda detrás de la sombrilla”.
Carmen se llama igualmente una sobrina de María, que vive al doblar de la calle Santa Beatriz. Cuando esta mujer habla de su hogar, no menciona el suyo propio sino este de su tía, donde ha pasado los momentos más felices.
“Este es mi refugio, el sitio a donde acudo cuando estoy ahogada. Esa viejita que tú ves ahí, siempre ha sido mi sostén. Yo fui una niña rebelde y cabecidura y solía enfrentármele; pero cuando me metía en un problema, corría a su regazo en busca de la solución”, confiesa.
Carmen halla gracioso cómo la anciana está al tanto de cuántos platos hay en la vivienda o a quién le prestó pozuelos el día de la actividad.
“Todavía me acuerdo de cómo coser y remiendo ropas viejas o invento pañitos de mano sin pedir a nadie que me ensarte la aguja”, interviene María y describe lo bien organizada que tiene su cómoda, con sábanas nuevas, toallas, fundas, un pato de hombre y una cuña de mujer por si se le enferma algún familiar.
Habla también sobre lo mucho que aprecia la idea de Dios: “Una palabra bonita esa. Valga ello para soportar los problemas de la naturaleza. He tenido que luchar bastante en la vida porque yo era sola con tres niños. El papá de ellos era bueno; pero se enamoró de otra mujer y nos dejó; así que trabajé un tiempo en las escogidas de tabaco y otro en la fábrica La Conchita, pero les di una carrera a mis muchachos.
“Al varón, que se hizo ingeniero, lo perdí hace siete meses y eso me tiene loca porque Sergio era doble hijo. Si venía a verme, un caramelo, aunque sea, traía. La gente coge conformidad cuando fallecen los padres y los hermanos, pero te digo que ver morir a un hijo es como morirse uno mismo.
“Recuerdo cuando mi Sergio terminó el pre y lo enviaron para el Servicio Militar. Yo me mandé para el monte donde estaba y le pedí a los oficiales que me lo dieran de vuelta. ‘Soy madre sola’, expliqué y ellos entendieron, pero el niño quiso quedarse. ‘Es mi voluntad, mami’, me dijo, a lo que respondí: ‘Está bien mi´jo, yo aguanto’”.
Y mientras me cuenta estas cosas con la voz rota por la nostalgia llega al fin Carmen Dora con su sombrilla. La centenaria la presenta orgullosa. Explica que esta hija suya solía enseñar en escuelas primarias y que sus antiguos alumnos son abuelos y abuelas hoy día.
“Anda, Carmen Dora, ayúdame a cambiarme esta ropa para salir bien en la foto de los periodistas”, le pide y unos minutos después vuelve toda de azul.
Los ojos de María eran café oscuro, pero se han vuelto grises de tanto mirar. Ha perdido un poco de pelo también, como el abuelo Nicasio, pero insiste en teñirlo para esconder las canas. Sus pies largos pesan como sacos de arroz y los ayuda a caminar con un burrito de metal hasta el patio interior, donde hay una planta de uvas de más de 50 años y otra de aguacates que sembró ella misma, además de algunas orquídeas de tierra. Con su jardín de fondo la retratan, y ya en la despedida, me regala su abrazo de matrona: “Ojalá que vivas 100 años”, susurra en mi oído.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.




