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Relatos de enero

Caravana de la libertad

El dos de enero de 1959 partió de la Sierra Maestra, con destino a la Habana, una caravana del Ejército Rebelde dirigida por Fidel Castro. Los cubanos de buena fe la llamaron luego Caravana de la Libertad.

Cuentan que Fidel dialogaba con la gente desde su jeep y que a veces se detenía en los poblados a decir un discurso. Los barbudos recorrieron más de 1000 kilómetros. Entre ellos venía un chico de 19 años, Idelfondo García Roblejo, natural del municipio granmense de Guisa. Llevaba, como sus compañeros, el olor de la guerra metido en las ropas y en el alma. Había participado en la contraofensiva del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, tenía el estómago habituado al hambre y al miedo de los aviones enemigos sobrevolando el techo de zinc de los barracones de Mina del Frío, donde vivió casi un mes con cientos de reclutas como él. Idelfonso García vino con los caravanistas hasta La Habana. / Foto de la autoraIdelfonso García vino con los caravanistas hasta La Habana. / Foto de la autora Mientras viajaba en la caravana, Idelfonso era incapaz de aquilatar la valía del momento que estaba viviendo. “Todo me parecía normal. Estaba feliz de conocer la Habana. Por primera vez viajaba lejos”, rememora.

“Por el camino las personas nos saludaban contentísimas. Se acercaban, pedían una bala, un recuerdo cualquiera de la lucha”.

El guerrillero se enamoró de una pinareña bonita allá por los 60 y plantó bandera en esta tierra que ahora es suya. A pesar del tiempo que lleva lejos de Guisa, conserva intacto en la voz el acento de los orientales, que cantan las frases como si fueran poesías. *** La noticia de la caravana fue conocida en el mundo entero gracias a los enviados especiales de más de 300 publicaciones extranjeras. El periodista norteamericano Herbert Matthews, del New York Times, también escribió sobre los sucesos de enero. Era bien famoso por la entrevista que le hizo a Fidel Castro en plena lucha y que publicó en febrero de 1957, demostrando que la guerrilla existía. El 17 de enero Fidel partió rumbo a Pinar del Río. Recorrió las cabeceras municipales de Candelaria y San Cristóbal (que ahora pertenecen a Artemisa), pasó por el parque de San Diego de los Baños, se detuvo en Consolación del Sur y en la ciudad de Pinar del Río, donde habló al pueblo:
“...No había venido a Pinar del Río porque tuve necesidad de permanecer en La Habana durante varios días. Tal era el fervor revolucionario de esta provincia, (...) que durante el trayecto entre Oriente y La Habana me llegaron las insinuaciones de numerosos compañeros, pidiéndome que antes de llegar a La Habana viniese a Pinar del Río...”. *** “Los primeros días de la Revolución fueron muy agitados”, recuerda Jerónimo Benítez, quien laboraba por entonces en los tribunales revolucionarios improvisados en el Regimiento Rius Rivera. Al fondo del lugar estaba el paredón de fusilamiento para ultimar a los criminales de guerra.
El 17 de enero, Jerónimo Benítez trasladó en su auto a Fidel desde el regimiento Rius Rivera hasta la intercepción de las calles Martí y Rafael Ferro, donde la multitud aguardaba las palabras de su líder. / Foto de la autoraEl 17 de enero, Jerónimo Benítez trasladó en su auto a Fidel desde el regimiento Rius Rivera hasta la intercepción de las calles Martí y Rafael Ferro, donde la multitud aguardaba las palabras de su líder. / Foto de la autora “Uno de mis trabajos allí era recoger en un sobre las prendas de los sentenciados a muerte y enviarlas a sus familiares”, relata. “Cuando Fidel llegó a Pinar del Río el 17 de enero, dio sus vueltas por el regimiento. En una de esas vueltas, se paró a conversar en una bodega grande que había para los soldados. Un poeta que había entre nosotros le gritó dos décimas desde su puesto. A aquel hombre le decían el cacique viñalero, el cacique o el sinsonte, ahora no recuerdo bien. Y como en sus versos el cacique le pedía un abrazo, Fidel lo estrechó fuerte. “Después salimos a la calle. Había muchas máquinas parqueadas: El carro de Escalona que estaba buenísimo, el de Pepito Gibay, el del capitán César...pero Fidel se antojó de montar en el mío que era el más malo de todos. Las puertas abrían con dificultad. “Conduje para él hasta el Malecón, donde poco después iba a celebrarse el acto popular. Por el camino no preguntó nada ni me preocupé por hablar tampoco. ¡Qué iba a decir!, yo solo era un muchacho patillú', pelú', que le manejaba a su Comandante.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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