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El artillero Echezabal

Camión en el que hizo la travesía hasta Girón. / Foto Cortesía del entrevistado

Camión en el que hizo la travesía hasta Girón. / Foto Cortesía del entrevistado

A las siete de la mañana, cuando sonaba el silbato de la fábrica de dulces en conserva Paco Felice, ubicada en Árbol Seco 270, Centro Habana, García, jefe de taller, salía afuera y señalaba con el índice –como quien ofrece limosnas– a los hombres que trabajarían esa jornada estibando latas calientes o haciendo labores aún más desgastantes. El resto debía marcharse.

Entre los reunidos en torno a las puertas de la factoría se hallaban Erasmo Echezabal, muchacho de 16 años que vivía en la Curva de Canta Rana (municipio Marianao); Dimas, un fortachón que tenía una prótesis ocular y Magdaleno, padre de este último, refinador de azúcar a quien el tiempo había maltratado de más.

Un día dejaron a Magdaleno fuera del conteo y Dimas se presentó a trabajar con los ojos rojos y el pecho ardiendo de impotencia. Erasmo preguntó a Eugenio, su hermano mayor y líder sindical de la factoría, por qué habían rechazado a Magdaleno, con la necesidad que tenía de trabajar el pobre.

“Si serás tonto, Erasmito, lo descartaron porque está muy viejo y no rinde lo que su hijo”, respondió este sacudiéndole los cabellos.

“Eugenio era mi ejemplo en la vida, aunque a veces se portaba rudo de más. Una vez decretó un ‘paso de jicotea’, o protesta contra la patronal, que consistía en hacer las cosas lentamente para afectar los resultados productivos y buscar así mejoras para los trabajadores. Yo no entendía de huelgas ni nadie me había explicado antes, lo mío era arrastrar una zorra, o especie de carro cargado de latas. Corría por los pasillos, eufórico con mi juguete nuevo, cuando Eugenio me detuvo de un puñetazo por el abdomen: ‘Te dije que estábamos en paso de jicotea’, me increpó. No he podido olvidar aquella zurra”. Erasmo cuenta estas vivencias desde su consulta de Periodoncia en el hospital Abel Santamaría Cuadrado.

Detalla para mí los días en que se construyó la autopista Novia del Mediodía. Él fue testigo porque solía venderles mantecados a los obreros, que, muchas veces pedían fiado porque no tenían un medio para pagar los dulces.

Habla también de su madre, que fabricaba jabones en el patio de la casa y comercializaba retazos de tela y otras quincallas que le daban los polacos de la calle Monserrate; en tanto el padre pescaba camarones en el río Quibú, repartía periódicos y hacía la limpieza de un banco canadiense. Era tan buen trabajador, que cuando pidió a sus empleadores un puesto para su niño Erasmo, estos consintieron.

“Limpié suelos y baños, fui mensajero, ascensorista, auxiliar de archivo... De a poco me fui superando dentro del propio banco. Allí me sorprendió el triunfo de los revolucionarios en enero del 59.

“Una mañana vi cómo mi hermano y mis antiguos colegas de la juventud ortodoxa se disponían a participar en cursos militares convocados por la máxima dirección del país y los imité.

“Fui tras ellos hasta Atarés, sede de la antigua motorizada y de allí nos trasladamos a Ciudad Libertad. Caminamos más tarde hacia Baracoa, la base militar en la cual Eugenio se quedó a cursar la escuela de morteros, mientras los más jóvenes continuamos avanzando 62 kilómetros a pie por todo el litoral norte hasta la base Granma, un lugar a la intemperie cerca de la costa, donde pasamos el entrenamiento de artillería antiaérea y aprendimos a manejar los cañones cuatrobocas.

“Esas eran armas checoslovacas operadas por varios hombres a la vez: un cabo, que dictaba las coordenadas de los aviones; el tirador, encargado de manejar el plato y los proveedores, que colocaban los proyectiles en las cajuelas”.

Al atardecer, cuando Erasmo y sus compañeros se tiraban sobre las hamacas, vencidos por el cansancio, alcanzaban a ver a los cangrejos salir de sus cuevas, entre la arena.

En una ocasión se personó Fidel en la base y esculpió sobre una mesa lomas pequeñitas de arena, simulando las montañas de la Sierra del Rosario, donde en breve, un avión enemigo dejaría caer armamento para los alzados.

“Se nos pidió ayuda para derribar la aeronave con la ciencia militar que recién habíamos aprendido. A las siete de la noche salimos con destino a Quiebra Hacha, una comarca conocida también como Pueblo Embrujado, porque desde temprano sus gentes se recogían en las casas y no se oían otros sonidos que los de los animales del monte.

“Había una luna redonda y brillante en el cielo esa noche y el avión irrumpió a la hora prevista, serían las nueve, más menos. Ya se disponía a dar su segunda vuelta sobre aquel terreno cuando nos ordenaron abrir fuego. ¡Aquello fue algo grande para nosotros!”.

Días más tarde se produjo la invasión mercenaria por Playa Girón. La mayoría de las baterías antiaéreas constituidas en la base Granma se alistaron para el combate, pero al grupo de Erasmo no lo llamaban todavía.

“El 18 de abril se apareció en la base el comandante Guillermo García Frías, solicitando el servicio de seis cabos y seis tiradores para custodiar una caravana de tanques hasta Girón. Entre los voluntarios partí yo.

“Los tanques iban montados en rastras sin barandas y entre una rastra y otra nos ubicábamos nosotros con los cuatrobocas. Ni siquiera llevábamos armas para la defensa personal dado el caso que tuviéramos que abandonar los camiones donde viajábamos.

“Ya en Jagüey Grande empezamos a ver el trasiego de ambulancias con heridos. De ahí pasamos a un pueblo llamado Real Campiña donde la población nos recibió con desayunos y palmadas en los hombros. En Yaguaramas nos dieron la voz de avión y automáticamente giramos los cañones e hicimos fuego contra el objetivo, aun cuando el mismo no estaba a nuestro alcance. El propósito era demostrar al enemigo que disponíamos de antiaéreas.

“Fuimos atacados desde ambas franjas del terraplén que comunica a Yaguaramas con San Blas. Nos tiraron desde los bosques de mangle y lograron inutilizar dos de los tanques. Por segundos el miedo te paralizaba. Bajo el estruendo de la balacera uno era incapaz de distinguir la magnitud del momento histórico que estábamos viviendo.

“Lo más impresionante para mí fue ver a un grupo de campesinos armados con mochas y palos enfrentando a los invasores. Cuando todo acabó nos abrazamos unos a los otros como familia, aún sin conocernos”.

Poco después Erasmo matriculó en la carrera de Estomatología y se enamoró de los ojos claros de una pinareña estudiante de Medicina, Anita de la Flor. La siguió hasta Vueltabajo y ya nunca quiso irse de esta tierra.

Ahora improvisa viajes con sus vecinos al Cerro de Cabras y describe para sus estudiantes la hazaña de Girón, los días de la Crisis de Octubre y los senderos peligrosos que recorrió decenas de veces como jefe de una brigada médica en plena guerra de Angola. Los muchachos, le oyen decir, con respeto y asombro, las anécdotas tremendas de su juventud.

Erasmo en su consulta de Periodoncia en el hospital Abel Santamaría. / Foto de Susana Rodríguez OrtegaErasmo en su consulta de Periodoncia en el hospital Abel Santamaría. / Foto de Susana Rodríguez Ortega

Junto a sus estudiantes de tercer año de Estomatología. / Foto de Susana Rodríguez OrtegaJunto a sus estudiantes de tercer año de Estomatología. / Foto de Susana Rodríguez Ortega

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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