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Una historia de amor por sus alumnos

Maestra de pinar

Foto: Alejandro Rosales

Muchas historias tiene Felicita Pérez Amador, historias que llenan el alma, que la hacen estar “atada” a su trabajo, que la hacen reír y llorar cuando habla de sus 40 años en la Educación Especial en Pinar del Río.

Comenzó primero como auxiliar pedagógica y la motivación especial fue ver con la ternura y amor que le atendieron a su hijo con retraso mental, egresado de estas escuelas. La experiencia individual caló tan hondo que quiso ser parte de la vida de estos niños con necesidades educativas especiales. “Cuando comencé a asistir con él a la escuela y vi las características del centro, aquello me emocionó, porque aprecié que mi hijo avanzaba, lo trataban con tanta ternura. Por eso decidí ayudar y me incorporé a la enseñanza. “Él está integrado en estos momentos a la sociedad y es un trabajador eminente. Se graduó en la ‘Carlos Marx’, hoy tiene 46 años. No fue un ingeniero, ni arquitecto, pero lo prepararon para la vida. “Mi hijo labora en la Pecuaria de Punta de Palma, es ayudante de carpintero y quisiera que usted viera la cantidad de diplomas y reconocimientos que la han dado en el trabajo”. Hay orgullo en Felicita. Junta sus manos, las lleva al pecho y un poco más arriba, al mentón, como quien pide o agradece. La lágrimas brotan de sus ojos, lágrimas genuinas que trata de ocultar y cambia la vista para que pasen y dar espacio a la sonrisa. Una sonrisa divina con la que cura las “heridas del alma” de algunos de sus muchachos. A todos los quiere y protege, a algunos mencionó en nuestra entrevista, pero tuvimos la percepción que ninguno, ni siquiera los más tímidos como Rosalia, escapan a su afecto. PERSEVERANCIA
La misma constancia que enseña a los muchachos la puso en práctica Felicita en su vida, no se contentó con ser solo auxiliar pedagógica, sino que estudió hasta sacar la licenciatura en Educación Laboral y Dibujo Técnico, y por si fuera poco, hace siete años, cuando ella tenía 60, alcanzó su maestría. Foto: Alejandro RosalesFoto: Alejandro Rosales “Fui una de las más viejas en graduarme, yo creo que la más vieja”, nos dice, entonces ríe y se queda un segundo pensando, tal vez en los obstáculos que ha tenido que vencer. Nos habló de sus inicios en la escuela Justo Legón Padilla, después en la “Carlos Marx”, y de la actual, la “28 de Enero”, donde trabaja con alumnos con discapacidad intelectual. Allí tiene un aula para impartir Educación Doméstica, la cual semeja una casa con todos los detalles, desde sala, cocina, cuartos, y en la que los niños del centro se preparan para ser independientes en su vida. “Enseño a los alumnos todo lo relacionado con el hogar, a decorar la casa; a hacer todo tipo de ensaladas y platos sencillos; tender las camas; montar una mesa formal para una familia; la costura ligera, cómo poner botones , zurcir; y también a comportarse cuando viene una visita. Les imparto una educación para la vida”. ¿Cómo son sus estudiantes?
“Son niños muy cariñosos, hay muchos que quizás estén falta de afecto en el hogar, y los hay que son muy interesados y les gusta aprender. Yo tengo hembras y varones, y estos últimos trabajan tanto como las niñas, quizás más. “Ahora tengo un grupo diverso, tengo alumnos de noveno grado, de quinto y de octavo. En estos momentos terminamos lo que es el programa de Educación Doméstica, y comenzamos el de Confecciones, que es más profundo porque se les enseña a bordar y a coser”. ¿Usted ve los logros?
“¡Ay cómo no hija! Si aquí vino una visita y cuando yo le mostré lo que hacían los niños me decían que era mentira. Preguntaban incrédulos: ‘¿Eso lo hacen los estudiantes?’ y ellos mismos se respondían: ‘Eso dice la maestra’. “Entonces los muchachos les demostraron que lo hacían ellos. Usted le puede entregar la casa completa a los alumnos y decirles: organiza, limpia; y ellos lo hacen todo. “Yo tengo una, María Carla, que aprendió ya a hacer alfombras, y me dice: ‘Mire maestra yo las hago y las vendo a 10 pesos’, incluso por allá por su barrio tiene un grupo de personas que quieren. La mamá tuvo que buscarle unos sacos y tiras para que ella hiciera estas labores. Así ya está preparada para la vida, y cuando ella se vaya de aquí, sabe hacer de todo dentro de la casa”. ¿Historias?
“Son muchas. Es tanto lo que he pasado. Tuve un alumno, Santiago, que era epiléptico, y cuando él iba a convulsionar,- que le pasaba todos los días- me decía: ‘Felicita, siéntate aquí al lado mío’. “Son incontables las cosas que he vivido. Una vez salí en la ‘Justo Legón’ con una niña que se puso malita y me decía: ‘¡Ay mami, Ay mami!’. Ella creía que yo era su mamá. Ahora no, la situación es más apacible, pero en aquellos momentos era así... y uno se encariña con los muchachos, son tantas las cosas que he hecho en esta vida, que no sé... “Tuve un estudiante que presentaba una situación grave en su hogar, y yo antes de él irse para su casa por la tarde, le hacía una jabita con cosas del almuerzo que no se echaran a perder para que tuviera para la tarde. ¿Usted cree que eso no le llega a las personas? Y él me adoraba. Cuando usted hace esas cosas buenas, usted se llena, se siente bien y esto es lo que me tiene atrapada en la enseñanza Especial. “Si va a mi bolso puede ver unas medias que yo le traje a unas alumnas, porque hay algunos que tienen necesidades y a uno le da lástima, porque uno tiene hijos”. Esa paciencia que tiene para enseñar, esa ternura infinita...
“No los puedes maltratar, ellos tienen su mundo aquí dentro de la escuela, porque cuando salen tal vez mucha gente inconsciente no los trate bien, como saben que están en una escuela especial, los ofenden. Ellos aquí tienen que ser felices y les gusta el centro, tanto que yo los tengo en la escuela de oficios y vienen todos los días. “Hay uno que me dice: ‘Vamos para pelearte un poquito’. Porque me pasaba la vida entera peleando con él, y le digo: ‘No, no, no, ya tú te fuiste, y yo descansé”’. Ríe Felicita mientras habla, y los ojos se le llenan de bondad, y uno que está con la grabadora en la mano presiente la sensibilidad en el ambiente, entonces llega la certeza de que hay nobleza de espíritu en esta apacible mujer de pelo entrecano y rebelde. Un alumno que recuerde con alegría
“Aquí había uno que se llama Wanderley, que terminó el año pasado. Él me sacó de paso. Fíjese que dije: ‘me voy a jubilar’. Le cuento que trabajé con él, y fue el que mejor bordó, el que iba a mi casa y se paraba por la ventana y me decía ‘Felicita’, y yo le respondía: ‘¡Hasta aquí, yo aquí no te quiero! ¡Muchacho!’ “En las vacaciones iba a mi casa a verme y cuando cobró el primer salario se paró en el parquecito -ubicado frente a la ‘28 de Enero’- a llamarme y decía: ‘Mira mi primer sueldo, mira mi dinero, mira mi dinero’. “Sucedía que Wanderley estaba falta de cariño, y se lo dimos. Ese muchacho es buenísimo. Está aprendiendo para panadero”. Tal vez, algún día -no precisó cuándo- Felicita se retire, pero nos confesó: “Mi hijo más pequeño trabaja en el grupo de diagnóstico provincial. Él se hizo defectólogo, yo me jubilaré, pero dejo a alguien ahí que siga en la enseñanza Especial, porque esto es lo más lindo que hay. Es reconfortante que veas a los alumnos en la calle y te reconozcan, te saluden y te abracen, como solo ellos saben”.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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