El rostro de la nación en más de una centuria
- Escrito por Ramón Brizuela Roque
Los cubanos todos estarán de fiesta este domingo (día 11), la nación realizará una extraordinaria jornada eleccionaria, signada por grandes hitos, el de los que aman el país y lo interpretan como especial proceso de consolidación y el segmento contrario, principalmente desde el exterior, que sueñan con la liquidación de un sistema.
Los que fijan sus esperanzas en el final de la “generación histórica” se equivocan, una vez más se les dará otra lección gigante. Sus errores vienen de una subvaloración de las virtudes de los cubanos, a quienes olvidan que en momentos muy difíciles y en reiteradas ocasiones han reescrito la historia con letra mayúscula. A partir del primero de enero de 1959, esa generación extraordinaria de que hablamos sembró simientes en todas las generaciones posteriores, igual que como Martí hizo en su época con los viejos robles y lo pinos nuevos. Durante siglos los patriotas rubricaron valores independentistas, primero formados en la prédica teórica, y luego enfocados en la acción armada como Carlos Manuel de Céspedes en 1868, José Martí en 1895 y Fidel Castro por la eternidad, con sus huestes mambisas imposibles de atrapar en una lista. Es verdad que las primeras elecciones, el 16 de junio de 1900, nacieron con deshonor, porque el fruto fue la Orden Militar No. 164, firmada por el Brigadier General y Jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos, Adna R. Chafee. Fue un escarnio, que un país después de obtener su independencia, sobre la sangre derramada por sus hijos, y haber arrebatado las armas al enemigo, sintiera escatimada la posibilidad de elegir libremente, porque una potencia foránea le arrancó el derecho. El primer Presidente cubano Tomás Estrada Palma, sucesor de Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano, tenía la afrenta de “ciudadanía” norteamericana y lo peor, respondía igualmente a los intereses que tanto el Maestro combatió. Luego las elecciones nacientes en el siglo XX fueron constante permanencia de caudillos, voraces adinerados, capitales extranjeros, fuerzas castrenses cazadores de fortuna posterior a la guerra y juntos en camarillas, respondieron todos fielmente al Departamento de Estado de los Estados Unidos y a los oligarcas criollos. Muchos revolucionarios estudiaron el sistema, lo combatieron, incluso perdieron su vida en el intento, pero no lograron profundizar en las contradicciones para hallar la verdadera respuesta, hasta que apareció el indicado. La historia demostró que Fidel Castro Ruz, el joven abogado tenía la razón, combatió con heroísmo, arriesgó su vida, agrupó a los más honestos, se nucleó con los viejos y los jóvenes, con los que no estaban comprometidos con los vicios del capitalismo y sus oligarcas criollos. El éxito fue alcanzado, triunfó la Revolución, y se estableció en 1976 el primer proceso electoral donde se eligieron a los dirigentes del Poder Popular, nacidos de la masa obrera y campesina, tal como lo pensó Martí. Unas elecciones muy diferentes a aquellas primeras de 1900 donde se eligieron alcaldes, concejales, tesoreros, jueces municipales y correccionales. Unas elecciones donde los requisitos que normaron el derecho al voto fueron 21 años de edad como mínimo; residir en el término municipal donde pensaba votar por lo menos 30 días consecutivos y tener además cualquiera de las siguientes condiciones: saber leer y escribir o poseer bienes muebles o inmuebles por valor de 250 pesos moneda de Estados Unidos. Haber servido en el Ejército Cubano con anterioridad al 18 de julio de 1898 y haberse licenciado “sin nota desfavorable”. Por esas restricciones, un amplio porcentaje de habitantes se vio invalidado para ejercer el voto. Ante el reclamo de patriotas e independentistas que abogaban por el sufragio universal sin limitaciones para la elección de autoridades locales, el gobernador militar, Leonardo Wood, respondió: (...) “Todo aquel que al llegar a los 21 años no ha tenido la laboriosidad suficiente para reunir 250 pesos, o no ha ido a defender su patria estando en guerra, es un elemento social que no se merece se cuente con él para los fines colectivos; ¡que no vote!” Durante todo el período neocolonial, las elecciones en Cuba estuvieron marcadas por la corrupción y el fraude que practicaban los políticos de entonces. Era normal que los muertos votaran, las urnas robadas, se utilizara la llamada boleta viajera, que un elector votara varias veces, se compraran los votos, que los funcionarios y trabajadores públicos fueran obligados a votar por el candidato de gobierno bajo amenaza de despido. Las personas tenían que entregar sus cédulas de votar para lograr el ingreso en el hospital de familiares enfermos, entre muchas otras manifestaciones antidemocráticas. Es una historia larga y apasionadora, pero difícil de abrazar en los espacios de un periódico para exponerla toda, aunque merecedora, eso sí, de que todos los pinareños la conozcan. Es útil aclarar que en medio de esas luchas intestinas hubo políticos honestos, algunos engañados por la creencia de un día poder mejorar y encaminar el país; hubo honrados que llegaron al poder, encontraron respuestas para el pueblo, aportaron beneficios, aunque finalmente comprendían que no era la verdadera solución; incluso en 1940 se logró la Constitución más progresista de la época en el mundo, permitieron participar hasta los comunistas, cuando aquellos eran mal vistos. Con el triunfo de la Revolución Manuel Urrutia Lleó se convirtió en el primer presidente de la República de Cuba, propuesto por la dirección del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, era un abogado que en su momento se mostró participativo y el siete de diciembre de 1958 había llegado procedente del exilio: juró como presidente provisional de la República de Cuba en el balcón del Ayuntamiento de Santiago de Cuba. Después, por graves contradicciones, Urrutia le falló al joven gobierno y fue sustituido por Osvaldo Dorticós Torrado, quien fue leal a la Revolución hasta su muerte. Es necesario aclarar a los más jóvenes, que en 1974 el Gobierno Revolucionario tomó la decisión de llevar a cabo en la provincia de Matanzas una experiencia sobre el establecimiento de los órganos del Poder Popular en las localidades, las que permitieron posteriormente las elecciones de 1976 en todo el país. Esa experiencia inicial tuvo por objetivo confirmar los criterios referidos a formas metodológicas para el mejor funcionamiento de las instituciones representativas del Estado, así como sobre cuestiones demográficas, territoriales, y otras de interés administrativo y empresarial. Se modificó la edad mínima para ejercer el derecho al voto, al establecerse 16 años a diferencia de los 21 que recogía la Constitución del 40. También quedó eliminada la condición de pobreza que esgrimía el texto constitucional antes mencionado, quedando solo como vetados de hacerlo los incapacitados mentales, previa declaración judicial de su incapacidad; los sancionados a privación de libertad, aun cuando se encuentren disfrutando de libertad condicional, licencia extrapenal o gozando de pase; los que se encuentren cumpliendo una sanción subsidiaria de la privación de libertad; los que hayan sido sancionados a privación de sus derechos políticos, durante el tiempo establecido por los tribunales, como sanción accesoria, a partir del cumplimiento de su sanción principal. Ya ningún partido ni organización selecciona a los candidatos, si acaso convoca a los ciudadanos en sus filas, y son los cubanos propios quienes deciden los que van a las urnas, sin que medie politiquería electoral, para que emergen los más capaces, preparados y patriotas.
Sobre el Autor
Ramón Brizuela Roque
Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.