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Cuando dejas tu tierra por amor III

Nadia y Manolo

Con este trabajo culmina Guerrillero la serie inspirada en la presencia de mujeres soviéticas en Pinar del Río y saluda el 14 de febrero, Día del amor y la amistad.

NADIA Y MANOLO Rostov del Don es una ciudad nudo, donde se juntan los barcos del suroeste y del norte de Rusia para dormir sobre la sábana estirada del río. En uno de esos navíos llegó el estudiante cubano Manuel Antonio Torres (Manolo), un día de 1973. Tenía 22 años, el torso esbelto y los ojos llenos de asombro. “Estudié Construcción Civil e Industrial en el único politécnico de todo el norte del Cáucaso. Había un comedor que debíamos pagar y bloques de albergues para hombres y mujeres. Se podía visitar a las muchachas hasta las 10 de la noche, más tarde era prohibido y para verlas, teníamos que entrar a escondidas”, rememora. ¿Y usted era muy coqueto? “Tenía unas cuantas amigas, hasta que di con Nadia y me enamoré”. Nadieshda Iliná se había mudado con su familia a Rostov del Don, huyendo del crudo invierno de su Leningrado natal, donde las temperaturas alcanzaban 30 grados bajo cero. Comenzó a estudiar en el mismo instituto que Manolo. Si de casualidad se lo topaba por los pasillos, apuraba el paso y cambiaba el rumbo, porque le aterraba la voz fortísima de aquel hombre. “Un compañero mío, Juan Carlos, se enamoró de Liena, la mejor amiga de Nadia y me convenció una vez para que saliéramos los cuatro juntos. Él se fue con la noviecita para un banco apartado del parque y Nadia y yo nos quedamos solos, tomando un helado en medio de aquel frío. Los dientes me castañeaban y yo no sabía qué hacer con aquella jovencita sentada a mi lado. Algo gracioso le dije, para romper el hielo, y ya nunca huyó de mí”. ¿Qué le gustó más de ella? “Tenía un cuerpo muy lindo, y la cara... ¡Parecía una artista!; pero lo mejor era su sencillez. “Yo casi terminaba mis estudios en la URSS y le dije una noche: ‘Escucha, vamos a separarnos porque vuelvo a Cuba y no tengo condiciones buenas en la casa. Somos un montón de hermanos y viviríamos apretados tú y yo...’. “Algunos hombres traían a las mujeres engañadas. Les hablaban de Varadero, de las montañas; pero no mencionaban la libreta de abastecimiento, el modo real de vida del cubano. Fui sincero y noté que eso le gustó: ‘Yo me voy contigo al fin del mundo’, dijo. “El primer día que visité su casa fue para pedir su mano: -Mamá Nina, quiero hablar con usted, yo amo a su hija. -¿Pero ¿qué dices, muchacho? “Mi suegra se desmayó en el acto. Luego cogió conformidad y hasta nos ayudó con el brindis. Fue la nuestra una boda de estudiantes”. Nadia y Manolo tuvieron en Rusia a su primera hija: Lilian. Cuando la niña cumplió 45 días de nacida, la pequeña familia se mudó a Cuba. Hoy día, Lilian dirige su propio salón de belleza en la calle Ceferino Fernández (Virtudes). En la habitación contigua al local, tengo mi entrevista con sus padres y el ruido de los secadores de pelo se cuela en nuestra conversación. “Me adapté bien a la vida de aquí y aprendí el idioma rápido”, masculla Nadia. Las palabras salen débiles de su boca, a causa de la esclerosis múltiple que ya empezó a hacerle estragos en el cuerpo. “Nadia sabe todas las palabras callejeras, todas las cositas del cubano”, agrega Manolo. “Su primera maestra fue Josefa, una mulata analfabeta que se sabía todos los chismes del barrio y le enseñó a cocinar y a defenderse en la calle”. “Yo llegaba a la tienda y le decía al bodeguero: ‘Cambéame ahí’”, evoca Nadia y nos hace reír. ¿En qué idioma se comunican entre ustedes? “Al principio en ruso”, explica Manolo. “En el año ´82 me fui de misión para Angola y ella ‘cubaneó’ mucho. A mi regreso, cuando le hablaba en ruso, me respondía en español, así que el español se nos quedó definitivamente. “Mi mujer tuvo que batirse sola todo ese tiempo. Cuando el ciclón Alberto, el río se botó para el reparto Carlos Manuel y lo perdimos todo en casa. Ella estaba durmiendo con Lilian y despertó con el agua al pecho; cargó a la niña en hombros y salió caminando hasta un lugar seguro”. Nadia escucha callada el relato de su esposo, solloza por un momento, pero se pone fuerte. “Ya está bueno”, se dice a sí misma, y se seca con los dedos los ojos azules. Luego me confiesa lo mucho que le gusta el mango y lo pesado que le cae en el estómago el picadillo de soya. También me cuenta de su otra hija, Liset, que aprendió a hablar el ruso cuando visitó a la abuela Nina allá en su tierra. ¿Y usted a qué se dedicó toda la vida, Nadia? “Impartí clases nocturnas de ruso e inglés en la escuela de idiomas Andrés Bello. Manolo se quedaba con las niñas y una vez le puso un blúmer mío a Liset”. Ustedes han construido una vida bonita, les comento. Nadia pega la cabeza al respaldar del sillón, y alza la frente para evaluar la expresión de su marido, parado detrás del asiento con las manos sobre los hombros de ella. Manolo le sonríe. Después de la entrevista, y como cada tarde, él la dejará apoyar el brazo sobre su brazo, fuerte aún, o simplemente caminará cerca de ella, velando que no tropiece, camino a casa.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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