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Cuando dejas tu tierra por amor II: Luda

“Yo quiero a Cuba”, afirma Luda  / Foto: Januar Valdés

“Yo quiero a Cuba”, afirma Luda / Foto: Januar Valdés

Su primera noche en la Isla, Ludmila Levzna no durmió.

“Te voy a hablar claro: primera imagen de Cuba fue horrible. Llegué el 19 julio de 1984. En Habana era carnaval. Vi mucha basura y edificios rotos. Dije para mis adentros: ‘¿Dónde estoy? Esto no puede ser Habana capital´. Atrás quedó Moscú tan limpia, tan linda, tan muchas flores...”. Hay flores también en el vestido de Luda, mujer pequeña y regordeta. Lo más significativo de la sala donde conversamos, son 10 Matrioshkas dispuestas de mayor a menor en un librero antiguo. “Adaptarme a la vida de aquí fue... no te puedes imaginar. Me chocaba comer sin vegetales, esas ligas de arroz y frijol, aprender a bañarme de cubo con jarrito.
“Recuerdo que una vez, a mi marido, Antonio, le dieron reservación para el Hotel Pinar del Río. En cuanto tuve oportunidad corrí a ducharme. El agua tibia cayó encima de mi cuerpo y no pude evitar llorar. “Lo más duro de todo fue que yo solo sabía 10 palabras del español y mi hijo Antón había olvidado el ruso por completo. Tuve que empezar de cero con él”. ¿Antón nació allá? “Allá. Todo el tiempo estaba enfermo y los médicos dijeron: ´Si no quieres perder tu niño, debes llevarlo a un lugar donde mucho sol´.
“Lo mandé con su papá para Cuba. Dos años tenía entonces mi chiquito, y no pude acompañarlo, porque yo estaba terminando doctorado en Filosofía por la Universidad de Moscú. “Antón vive actualmente en La Florida. Es profesor en una facultad. La semana pasada me contó que estuvo en una presentación de la Orquesta Sinfónica de Moscú. Siempre hablamos en ruso por teléfono, porque él insiste en practicar el idioma; pero esta vez no encontraba palabras para describir aquella música perfecta y debió expresarse en español, su lengua, la que usa para distinguir las cosas bellas”. El español de Luda, en cambio, es algo torpe; lo cual no le impide comunicarse con éxito. Nació en Melitopol, un pequeño pueblo al sur de Ucrania. “Mis padres vivían con simpleza, pero eran gente alegre, siempre preocupados por los niños”, relata. “Se conocieron en las actividades de la juventud comunista. Mamá tenía tarea de aprender tocar piano en dos meses y hacer propaganda política en los sitios donde se presentaba. En breve tiempo, logró dominar canciones principales de la época. De pequeña se crió en hogar de niños sin familia. Me pregunto cómo le hizo para sobrevivir en aquella Ucrania difícil. “Papá la amaba en secreto, porque ella estaba comprometida con otro muchacho y debía la boda estar para dos o tres semanas. Había lucha contra hambre en esos días y grupos armados por toda la ciudad. Mi padre participó en la manifestación y tenía su arma propia. Ocurrió que, con ese mismo revólver, se presentó en casa de la mujer de sus sueños y la amenazó: -Vamos casarse. - ¡Tú estás loco! -Si no te levantas ahora -decía- te voy a matar a ti y a mí. “Y caminaron rápido hasta el lugar donde se desposaron. Con el tiempo mamá supo que él era el mejor hombre. Cuando yo preparaba casarme con mi marido, ella me relató esta historia. Nunca le había hablado a nadie al respecto”. Cuénteme de Antonio y del amor de ustedes. “Él era el representante de los estudiantes cubanos en la Universidad de Moscú, donde yo aprendía filosofía. “A los soviéticos les interesaba todo sobre Cuba y su Revolución. Prestábamos mucha atención a los extranjeros, queríamos protegerles. Así fue como me acerqué a Antonio. “Me gustaba de él que era inteligente y buena persona, pero la verdad, nunca me impresionó demasiado. En 17 ocasiones me propuso matrimonio y siempre le dije: ´vete al carajo´, se ríe. “La decimoctava vez, me confesó: ´Vuelvo a Cuba‘, y no sé qué pasó dentro de mí, pero ya no puede resistirme.
“Matrimonio fue trabajo fuerte. Sábado en la mañana había que limpiar casa y él decir: -Tú limpias y yo salgo con el niño para no molestar aquí dentro. - ¿Y por qué no limpiar juntos?, me defendía yo. “Los dos sentaron, hablaron y buscaron solución. Antonio convino en lavar mientras yo me ocupaba de la cocina y así... “Hace unos años, él enfermó de cáncer de colon. Se murió tan rápido... Estuve loca. Cerraba los ojos 20 minutos, pero no conseguía dormir. Había una cosa negra frente a mí que me hacía despertar sudada. Eso ocurría todo el tiempo.
“Yo baldeaba casa y planchaba a altas horas de la noche para no pensar. Por primera vez en mi vida tenía toda la ropa planchada; pero continuaba sin pegar ojo. “¿Qué me hacer? Tenía 51 años y llevaba bastante tiempo desvinculada de la docencia por cuestiones de salud; pero me armé de valor y llamé al rector de la universidad Hermanos Saíz pidiendo empleo. Yo pensaba: ´Esta es la única salvación para mí´”. Luda volvió a las aulas encaramada en sus tacones. El miedo latía fuerte dentro de su estómago, pero supo disimularlo. Dio clases tan bonitas, que, en una encuesta, los muchachos la sacaron la segunda mejor profesora en toda la Facultad de Humanidades. “Estuve trabajando hasta los 64. Tragaba el picadillo malísimo de la universidad y llegaba con los pies hinchados a casa, pero logré dormir nuevamente”.
Usted es fuerte “Más de lo que parece”. ¿Nunca pensó volver a su tierra?
“Oh sí, pero ya nada me queda allá, y aquí, en cambio, tengo espacio para vivir con dignidad. Soy vieja, jubilada y libre. No rompo leyes, aunque... de vez en cuando, compro mi pescadito bueno por la izquierda, jejeje. ¿Sabes algo, muchacha?: ¡Yo quiero a Cuba!”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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