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Luz permanente

José Martí, Héroe Nacional de Cuba

Solo 15 años tenía cuando supo que un grupo de cubanos había roto las cadenas del sistema opresor. Allí, en la casa de su maestro, del hombre que le había inculcado los más nobles y puros sentimientos, siguió con la vista el mapa de Cuba que estaba sobre el piano de cola de la familia Mendive en el cual se indicaba la guerra del 10 de Octubre de 1868.

Allí, en la casa número 88 del Paseo del Prado (esquina a Ánima) con el corazón seguramente apretujado por no contarse entre los decididos, reafirmó su amor increíble por Cuba, la patria de la cual se consideró deudor permanente y a la que le dedicó, desde bien temprano, no pocas y hermosas páginas: “El amor, madre, a la patria / No es el amor ridículo a la tierra, / Ni a la yerba que pisan nuestras plantas;/ Es el odio invencible a quien la oprime,/ Es el rencor eterno a quien la ataca...”. Define así Martí la gran pena que lo acongoja. Se pone en la piel del joven príncipe africano, y en versos que enamoran entreteje la visión anticipada de su vida. Los años que vendrían después estarían marcados por el sufrimiento, por la decisión irrevocable de anteponer a la Patria como sostén de todo en su vida. Su rico legado intelectual, periodístico, creativo, y revolucionario se sustentó sobre el principio de que esta requería más actos que palabras, y que “...el amor de patria ha de ser enteramente puro, sin mezcla de interés personal, activo, activo hasta el frenesí, hasta el sacrificio, hasta la bandera, pero con una actividad de sacerdote, sin que ella se manche nunca con el menor viso de ambición o celo”. Un año después del grito redentor de La Demajagua, nuestro Martí cumple prisión. Sería ese su bautismo. El dantesco presidió dejó huellas lacerantes, no solo en la piel, sino también en el corazón. Vivió la tortura, la crueldad, el desamor y lo denunció públicamente con una pluma que todavía hoy hace correr lágrimas. Las páginas de El Presidio Político en Cuba pueden leerse aún con nostalgia:
“Dolor infinito, porque el dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia, y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás... “Volver ciego, cojo, magullado, herido, al son del palo y la blasfemia, del golpe y del escarnio, por las calles aquellas que meses antes me habían visto pasar sereno, tranquilo, con la hermana de mi amor en los brazos y la paz de la ventura en el corazón, ¿qué es esto?
“Nada también” Tendría el joven José Martí que emprender, a sus 17 años, un largo periplo que empieza con el destierro a Isla de Pinos y después a España. Obtendría aquí el grado de licenciado en Derecho Civil y en Filosofía y Letras. De igual forma demostraría dotes de periodista y sabe entablarse en una polémica en la cual deja claro sus ideas anticolonialistas, y denuncia el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina en La Habana. También allí en Zaragoza, Martí amó y fue amado. La española Blanca Montalvo, que al decir de Fermín Valdés Domínguez, era “una blonda y bella y distinguida señorita”, le inspiró versos hermosos:

Para Aragón, en España,
Tengo yo en mi corazón
Un lugar todo Aragón,
Franco, fiero, fiel, sin saña.

Si quiere un tonto saber
Por qué lo tengo, le digo
Que allí tuve un buen amigo,
Que allí quise a una mujer. Conocimientos no le faltan al Maestro. Estados Unidos le abre las puertas, América Latina también. Muchos de los más encumbrados diarios tienen en sus tiradas las crónicas y artículos periodísticos que el cubano redacta. Se habla de más de 400 textos sobre Estados Unidos, Europa, Hispanoamérica. En todos, de una forma u otra, reflexiona sobre la ética y la condición humana, la educación como necesidad impostergable de crecimiento espiritual y el acceso a la cultura como vía emancipadora. En Nueva York lo esperan 15 años de su vida, con algunos intervalos de viajes. Desde aquí tendería puentes, construiría alianzas, trabajaría por la unidad, dignificaría la esencia de ser cubano y patriota, daría pruebas de austeridad y viviría rayando la pobreza.
A la frialdad del clima, que se hace sentir en su salud, se unen los reproches –justos diría yo– de la madre y la esposa. Ambas reclaman de sus letras, de su presencia, de su figura. Al hijo, desde aquí, dedica el libro que concibió como su regalo-homenaje: Ismaelillo. “Hijo:
Espantado de todo, me refugio en ti.
Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.
Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así. Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en esa forma, he cesado de pintarte. Esos riachuelos han pasado por mi corazón.
¡Lleguen al tuyo!
José Martí” Es además en pleno corazón norteño donde vive diferentes acontecimientos culturales, económicos, políticos, artísticos, sociales que le permite formarse una opinión de esa nación. Intenta desentrañar los misterios que encierra el capitalismo y con él el imperialismo. Como fue una constante en su vida, la sinceridad no falta a la hora de denunciar los verdaderos fines que ve persigue el gran imperio que está naciendo ante sus ojos: “...de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Joven, audaz, creativo, lúcido, futurista, Martí consigue con Patria –“que nació de lo más puro del alma patriótica”– dotar a la Revolución y al Partido Revolucionario Cubano de un periódico para “juntar y amar, y para vivir en la pasión de la verdad”. Porque a eso apostó siempre Martí, al amor y a la verdad. La guerra que estaba por comenzar y de la cual era el ideólogo fundamental, lo atormentaba. Quería que tuviera la rapidez del rayo, porque así cobraría menos vidas. En ocasiones se sentía “responsable” de cualquier suceso fatal que la Guerra Necesaria pudiera desencadenar. Y es que Martí era así: sensible ante el dolor ajeno. Hacia él todos los cubanos, los latinoamericanos, debemos virar los ojos para reconocer en su grandeza, la única posibilidad real de triunfo y de equilibrio, en un mundo que se nos antoja cada día más necesitado de la visión política martiana como única alternativa de triunfo y de luz permanente.

Sobre el Autor

Daima Cardoso Valdés

Daima Cardoso Valdés

Licenciada en Derecho en la Universidad de Pinar del Río, Cuba

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