Actualizado 20 / 11 / 2019

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El Martí de los niños

El Martí de los niños

Al escribir sobre José Martí, no puedo olvidar el rostro del niño cubano, que después del paso del huracán Irma por la Isla, recogió y abrazó el busto del Maestro. Tal pareciera, que buscaba el pequeño protección, o que aún en la ingenuidad de sus pocos años, las historias del Hombre de la Edad de Oro, no pasaron inadvertidas a sus oídos.

Apretado, bien apretado contra su pecho, llevaba el busto sucio por las desventuras del mar revuelto, la mirada como perdida en busca de la cámara fotográfica, y atrás unos gajos de árboles caídos señalan el desastre. Así es mi recuerdo de la imagen, cuando la vi por vez primera en facebook. Entonces pensé que este niño cubano no es la excepción, es uno más que aprende desde temprano a amar al Apóstol. En la primaria los niños suelen llevarle flores a Martí, justo antes del matutino las colocan. A veces lo hacen sin saber por qué, un buen maestro entonces debe hablarles del ser humano que fue, de su sentido de la generosidad, del patriotismo enorme que siempre sintió, de su pasión por los pueblos de América, y aprovechar su epistolario para hacer del héroe un hombre de carne y huesos, que amó y fue amado, y que también odió a quienes oprimieron a su país. Uno puede llegar a cualquier hora a un centro escolar, en el campo o la ciudad, y es común encontrar las flores allí en el busto, casi silvestres, como testigos silenciosas, que quisieran recordar la humildad de quien prefirió a los pobres de la tierra y los arroyos de la sierra, y a quien sin ser perfecto escogió la estrella antes que el yugo, aun cuando solo él supo los sacrificios personales que le costó. Ideólogo, político y escritor son algunas de las facetas del Martí de los adultos, para los más pequeños de la casa la imagen puede ser diferente. Es el de los Versos Sencillos, que cantan en los matutinos con la Guantanamera; el hacedor de personajes tan variados como el noble Loppi y la avariciosa y egoísta Masicas, de El camarón encantado; o de Meñique, ese hombrecito minúsculo, protagonista de un cuento de magia en el que la inteligencia, y un poco la suerte, vencen a la maldad. Aprenden a ver al Maestro con su traje y su rostro taciturno, con el sufrimiento y el dolor del niño Lino, uno de los pasajes desgarradores que vivió con solo 18 años en el presidio, y el de muchos cubanos más, empotrados en su alma y en su corazón. Así con esta vida de heroísmo, asimilan y veneran los cubanitos al Apóstol, como si fuera un amigo que los quiso y los defendió siempre; tal vez por eso cuando comencé a escribir esta crónica vino a mi mente la instantánea de Yander Zamora, en la que el niño José Daniel, de Ciego de Ávila, estrechaba a Martí como si no lo quisiera dejar ir...

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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