Actualizado 21 / 01 / 2018

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Un tesoro en Santa Lucía

Un historiador autodidacta / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

Un historiador autodidacta / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

La costa norte vueltabajera fue lugar escogido por piratas, corsarios y aventureros; también en la Guerra del ´95 las huestes del Mayor General Antonio Maceo operaron por la zona, por lo menos por los territorios adyacentes.

Para algunos, los más viejos, hallar un tesoro en esta parte del terruño no es noticia, el suelo minero lo es en sí; los habitantes, por tradiciones y virtudes igualmente lo son, forman parte del toque místico en la zona por donde escapaba la riqueza extraída de Matahambre.

Al tesoro muchos le pasaron por el lado, lo sintieron y no les interesó. En lugar de un arcón, está en un file amarillento, con hojas maltraídas por los años, con los rasgos de escritura a tinta, bien visible y muy seguro.

Su custodio y artífice lo puso en mis manos con la promesa del retorno, para que los pinareños sepan algo más de ese renacido pueblo, donde se enclava hoy la Empresa Minera del Caribe.

De Santa Lucía mucho puede decirse, incluso ahí estaba prevista la primera planta electroenergética nuclear de Cuba, –un tema muy poco conocido– en el que no me extiendo para en otro momento abundar sobre él.

100 AÑOS ASOMADOS A LA HISTORIA

Juan Roberto Pérez González cumpliría los 100 años el pasado tres de enero. Nació en Puerto La Esperanza, hijo de Juan y de Evarista, y llegó a Santa Lucía con 24 años, y el resto de su vida se le conocería como Berto, el telegrafista.

El día que lo conocí me contó una anécdota curiosa: tuvo 16 novias, la primera se llamó María Antonia González Jiménez y la última María Antonia González Coro, –que se la arrebató un accidente de tránsito en 1985–; fue la progenitora de sus dos hijos: María Elena y Sergio Roberto.

Junto a su esposa / Foto: ArchivoJunto a su esposa / Foto: Archivo
Desempeñó infinidad de labores, era el verdadero emprendedor: vendió pescado fresco y licores; fabricó y comercializó jabón amarillo, velas... y su lista de oficios sería interminable, porque tenía especial olfato para los negocios.

Su vida estuvo compartida en tres grandes pasiones: el trabajo, la familia y la masonería, a la que ingresó en 1947.

Las cosas curiosas lo perseguían, en 1941 fue cesanteado como mensajero en el correo de Puerto Esperanza y presentó un recurso, que le fue respondido ocho años después por las autoridades, dándole la razón, pero ya era tarde, hacía tiempo se desempeñaba como el administrador de la Unidad de Telecorreos de Santa Lucía.

EL TESORO INTANGIBLE

El asiento de Santa Lucía, en la costa norte pinareña, fue una finca dedicada a la siembra de tabaco y crianza de reses, puercos y carneros, y jamás fue apéndice de las Minas de Matahambre, aunque necesariamente se le subordinara por la organización municipal y por ser una extensión de la producción minera, pero hasta en el béisbol había una tremenda rivalidad, y un tope de pelota entre ambos era casi una guerra campal.

En el año 1839 vinieron de España tres matrimonios muy ricos, acompañados de un grupo de 40 esclavos negros y tres sirvientas, quienes compraron la hacienda y fincas desde Malas Aguas a Bajas, para construir en La Sabana un central azucarero.

Se comenzó a fabricar azúcar de buena calidad y se le nombró central Las Nieves, porque dos de las señoras tenían igual nombre. Al pueblo de casas de guano, forradas de tablas de palmas y yaguas le llegaron otros visitantes, entre ellos un matrimonio del pueblo de Santa Lucía, en Islas Canarias, España, muy devotos de la virgen de ese nombre, por lo que se acompañaban de una de yeso de casi un metro de altura.

Eso inició una tradición: cuando llegaban a la bahía goletas con mercancías para el trueque por puercos, carneros y aves, en señal de gracia mantenían la santa en la playa los días que permaneciera la embarcación y de ahí se produjo la adquisición del nombre.

A comienzos de la década de 1880, un cura español muy rico les compró el central, la hacienda y fincas, pero cuando supo de la guerra y que Antonio Maceo venía invadiendo el Occidente, lo vendió todo a un paisano llamado Manuel Díaz.

Cuenta la leyenda que el cura recogió todo el oro y lo que tuviera valor, contrató una goleta para que lo llevara a España y cuando el bajel ancló por un estero cerca de La Sabana, salió el hispano y para distraer la atención mandó a prender fuego al central y eso motivó que aún al lugar se le llame El Estero del Cura.

El mar para Berto tenía su atractivo. Contaba en sus historias sobre la base de submarinos estadounidenses en el cuarenta y pico, con motivo de la II Guerra Mundial, y del grupo de marineros peloteros, quienes se enfrentaron a un “pitén”, en el que perdieron porque la bola cayó en la cueva de un cangrejo, historia muy bien relatada en Guerrillero, por Juan Antonio Martínez de Osaba.

Cuando la última guerra mundial fue preparado en un grupo de 50 por el Estado Mayor de la Marina de Guerra cubana, para ir de telegrafistas en los barcos. Un día tomó el avión y se presentó en La Habana, lo examinaron y le dijeron que estaba completo, pero no lo movilizaron.

En esa época había aviones comerciales de una compañía americana, daban vuelos de Santa Lucia a San Julián y de ahí a Pinar del Río y a La Habana, además de Santa Lucía a Pinar del Río, y según recordaba, el precio era ocho o nueve pesos, una verdadera fortuna en aquel momento.

“Eran aviones para 20 o 30 pasajeros y también avionetas privadas. Estaban la de Luis Ardois y la de Federo Marín, vecinos del pueblo, y cuando el accidente de Marín, en Puerto Esperanza, en el balneario Los Lirios, yo me tiré al agua y saqué a su sobrina... como tomó agua la muchacha, pero la salvé, al parecer se le enredó la saya en los mandos”.

En sus muchos recuerdos no olvida la noche en que los contrarrevolucionarios, provenientes del barco Rex, de la CIA, tirotearon Sulfometales, porque no hay nada que falte en sus apuntes, incluso el nombre de los primeros revolucionarios del pueblo, desde los boteros, panaderos, barberos hasta los sepultureros.

LA GRAN LINTERNA

Lógicamente, toda costa peligrosa y con vida activa es merecedora de un faro, y en 1902 fue inaugurado el de cayo Jutías, de cuerpo metálico, a tres millas al noroeste de Santa Lucía y que tuvo como primer operario a un mallorquín llamado Vicente Rivas Cardona, de Ibiza, y luego le siguieron Felo Báez, Fermín Bosch, Manuel Jiménez, Agustín Roque, Victoria Denis, Ramón Cordero, Luis Campo, José Gómez, Dany Báez y hasta el 2011 Divanis Miranda.

Los destellos del faro hacen un guiño cada 15 segundos, 12 de oscuridad y 12 de luz, la óptica es fija (no rota), y con un bombillo pequeño aumentado por la óptica de los cristales, logra un alcance de 19 millas náuticas. En medio de aquel manglar es un gigante de 43 metros y 179 peldaños en forma circular.

Como todo tiene su origen, Berto se dedicó a apuntarlo: “De La Habana todos los meses venía una goleta, y en ella un español con el luz brillante que consumía el faro; hizo una buena amistad con el farero y llegaron hasta ser compadres, pero se comenta que en 1910 cuando azotó el ciclón de los cinco días, en el destrozo en los manglares y los grandes huecos en la arena encontró el farero 10 barras de oro, pero pensó que era bronce y cuando la goleta vino con el combustible, le dijo: ´Venga compadre para que vea las 10 barras de bronce que me encontré en la arena, a lo mejor le sirvan para lastre´ ...dicen que el goletero no paró hasta España”.

Edificio del viejo correo y vivienda de Berto, al estilo de las construcciones de ladrillos de los norteamericanos / Foto: Jaliosky AjeteEdificio del viejo correo y vivienda de Berto, al estilo de las construcciones de ladrillos de los norteamericanos / Foto: Jaliosky Ajete Foto: Jaliosky AjeteORÍGENES

Las primeras casas de madera y tejas comenzaron a fabricarse a comienzos de 1900 y fueron pioneras las de Fidel Casanova, Andrés Castiñéira, José López, José Pagés, Manuel Martínez, José Álvarez y Guillermo Ruibal.

Y las primeras panaderías comenzaron en La Sabana con Gregorio León y en 1898 le siguieron en Santa Lucía las de Pipe León, Álvaro León, Joaquín Fraile y Ricardo Fernández.

Las primeras cantidades de mineral de cobre extraídas de Matahambre las sacaban por una carretera de piedra hasta el puente de Las Coloradas, grande y fuerte para que pasarán los carros de mulos para Santa Lucía. Luego Francisco Pérez Suárez compró tres camiones y con otros de la compañía minera cargaron el mineral tres años mientras construían la línea aérea por cables y carritos (funicular), que comenzaron a funcionar en 1922, pero por defectos de la línea se quemaron varios carritos y mientras resolvían este problema volvieron los camiones y en 1924 retornaron los vehículos aéreos.

Desde el depósito en el puerto cargaban el mineral en chalanas remolcadas por el estero llamado del Diablo, cuando aún no estaba dragado el puerto. Después empezaron a usar embudos gigantes donde cargaban los bongos y los llevaba un remolcador mar afuera donde estaba el barco madre y pegado al muelle también había una casita techada para la lancha rápida de la Compañía, llamada La Maola.

Una planta con motores italianos, accionados por carbón de piedra, daba en 1914 la electricidad para Santa Lucía y Matahambre, hasta 1922 que terminaron la planta eléctrica con una turbina americana para fortalecer la electricidad entre ambos pueblos y en 1943 se instaló otra turbina y así fue más robustecida la empresa minera y los poblados.

En 1923 se hizo un muelle y un almacén para que atracaran los remolcadores y las goletas que traían mercancías y equipos para la compañía minera.

CABOTAJE Y CARRETERA

El transporte de personas entre Santa Lucía y Puerto Esperanza se realizaba en lanchas y por los apuntes de Berto conocimos que se llamaban La Virginia, de Bartolo Mayans; La Eulalia, de Eufemio Ávila; La Bola de Hierro, de Mario Álvarez; y otra de Pedro Pablo Roges que era el dueño del cine de Puerto Esperanza, y todas las semanas también traía películas para “correrlas” en el cine de Santa Lucía, su patrón era Chacho León, y los lunes llevaba a Santa Lucía al cafetero de Pinar del Río, quién vendía al comercio de ese pueblo y de las Minas.

Por tierra el único camino vecinal iba de Cabezas a Matahambre, en muy mal estado y sin puentes: De Santa Lucía a San Cayetano el tramo era para carretas y los puentes del Duque y Santa Lucía los había hecho el propietario del central azucarero el siglo anterior.

En 1920 empezaron a llegar los carros que arrancaban por cranque y por los caminos muy malos daban algunos viajes. Los primeros choferes de Puerto Esperanza fueron Justo Fonte, Jesús Cortés, Simón Báez, y un señor de Santa Lucía de apodo Pincha Güira, por este mismo camino sacaban en carreteras el azúcar del central para un almacén que construyó en la bahía de la finca Malas Aguas, lugar del embarcadero.

En la década de 1940 hicieron el camino vecinal de Cabezas a Matahambre y repararon algunos puentes, pero aun así, en tiempos de lluvia eran pésimos y en ese tiempo los Maragoto pusieron una guagua de Santa Lucía a Pinar del Río y el Gato, con su yipe en tiempos de lluvia salía de Santa Lucía a las seis de la mañana y llegaba a Pinar del Río de noche.

En esa época los Maragoto se pusieron a dar viajes en una lancha grande de pasajeros, cuyo patrón era de apellido Vallaga y navegaba hasta Puerto Esperanza...

Y así continúa esta extensa historia, imposible de atrapar en toda su magnitud, pero al menos, le hemos rendido merecido homenaje a su autor, que la hizo con tanto amor.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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  • Invitado - Luis Rubiano

    Esplendida descripcion ; interesante la cronica. Cuando comienzas a leer ya quedas enganchado y no puedes abandonar la lectura. Ese es el ABC que evalua la excelencia literaria.

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