Logo

Me ayudaron a crecer

Me ayudaron a crecer

Aún recuerdo la voz de mi maestra de preescolar, su modo cariñoso de tratarme, el amor que desbordaba para todos los pequeños del grupo. Con mis ojos de niña la veía como mi hermana grande, la que me comprendía, me malcriaba. Siempre estaba pendiente de mí. La relación que construimos fue muy especial, y hasta hoy pienso en ella con una mezcla de nostalgia y cariño.

A medida que avancé en la primaria conocí a maestras increíbles, quienes no dudaban en regañarnos cuando nos portábamos mal, pero también sabían el momento preciso para jugar con nosotros, hacernos reír, consolarnos si durante el juego nos caíamos, o aconsejarnos cuando nos peleábamos con la mejor amiga, por quizás la cuestión más sencilla del mundo. Las llegué a querer tanto como a mi familia, y como si hubiéramos compartido la misma sangre, se preocuparon por mi bienestar, me protegieron y dedicaron su tiempo para hacerme una mejor persona. En la secundaria no fue diferente. Durante tres años compartí la vida con mis profes Mary y Nevia, y guardo de ellas los más gratos recuerdos. La adolescencia es una etapa complicada en la que aprendemos a conocernos a nosotros mismos, pero ellas nos llevaron de la mano y la volvieron un recorrido interesante. En la escuela al campo siempre estuvieron pendientes de nosotros, como si se tratara de sus propios hijos, y de la misma manera aprendieron a conocernos, de tal forma que solo bastaba mirarnos para saber cuál era nuestro estado de ánimo. Después de tantos años siempre regreso con cariño a visitarlas, aunque ya solo una se mantiene impartiendo clases, y el corazón se me enternece al verla, con su pelo que ya comienza a teñirse de blanco por el inevitable paso de los años, pero con el mismo trato amable y los ojos llenos de emoción, al ver cómo los niños que ayudó a crecer hoy regresan a ella, vueltos hombres y mujeres. Con la profe Bertha del preuniversitario me encuentro a cada rato en la guagua o caminando por la calle, y nunca deja de ser especial. Siempre hablamos de los momentos que vivimos y se preocupa por cómo van mis cosas. La asignatura de Español siempre fue una de mis favoritas, y tenerla a ella como maestra lo reafirmó, sus clases eran entretenidas y las que más disfrutaba. Cuando llegó la universidad, vino con profesores de muchísima calidad, de quienes aprendí no solo de las materias que impartían. Al principio me parecían intimidantes, inaccesibles, pero con el paso del tiempo se volvieron mis amigos. Muchos eran cercanos a mí en la edad, aunque no por ello dejaron de ser exigentes y responsables. Y los más entrados en años compartían nuestro espíritu juvenil, junto con sus conocimientos. Cada uno de los que me educaron, durante tantos años de estudio, dejaron su huella en mí y les agradezco inmensamente todas sus enseñanzas, porque parte de quien soy se lo debo a ellos. Y aún ahora, que ya dejé atrás esa etapa de estudiante, sigo disfrutando de buenos maestros que aunque no lo son de profesión, se toman su tiempo para guiarme por el camino y darme la mano para que dé pasos seguros en mi vida profesional. Los educadores son unos seres especiales que transmiten mucha luz. A todos muchas gracias, siempre tendrán un lugar especial en mi corazón. Cada uno de ellos me ha ayudado a crecer, y espero algún día poder retribuirles de alguna manera todo el amor y tiempo que me dedicaron. ¡Muchas felicidades!

Sobre el Autor

Dayelín Machín Martínez

Dayelín Machín Martínez

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca de Pinar del Río, Cuba

Más artículos de este autor

Guerrillero © Todos los derechos reservados.