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Aquí está la maestra

Martha Rivera Luis / Foto: Pedro Paredes

Martha Rivera Luis / Foto: Pedro Paredes

Con este homenaje a Martha Rivera Luis, va implícito el reconocimiento a todos los educadores; a los que estuvieron o están frente a un aula, dando lo mejor de sí para llevar hasta sus alumnos el conocimiento y junto a él, la preparación indispensable que los haga hombres y mujeres de bien.

A los que enseñan y aman, instruyen y educan; para aquellos que el magisterio no es un modo, sino una forma de vida y actúan cada minuto de sus existencias conscientes de la grandeza que implica el vocablo Maestro. Especialmente para quienes entienden que el ejemplo cotidiano es la mejor clase que pueden impartir, y no cejan en el empeño de que el futuro sea superior, dando a los niños y jóvenes de hoy, las herramientas necesarias para hacerlo. ¡Felicidades educadores! freció conceder parte de su tiempo antes de las dos de la tarde, ya frisaba el mediodía y ese encuentro estaría marcado por la premura, pospusimos la cita hasta que cumpliera con un compromiso previo. Llegamos a su casa justo en el mismo momento en que retornaba. Después de escuchar tantas anécdotas que la implicaban, con semejante historia figuraba en mi mente la imagen de una anciana, con esa quietud que dan los años y el sosiego de quien sabe ya ha dejado una obra hecha; pero para Martha Rivera Luis no hay descanso.
La vitalidad no ceja ante el paso del tiempo, y aunque ya no está vinculada directamente a las aulas, sigue siendo La Maestra, condición a la que no quiere renunciar, pues asegura le produce gran satisfacción que la sigan llamando así. DE ALUMNA A PROFESORA Recuerda su infancia en una comunidad rural cercana al poblado de Viñales. Hija de campesinos, cursó estudios en la escuela Carlos Manuel de Céspedes. Pasó de primer a tercer grado; al finalizar el sexto, por déficit de educadores, comenzó a suplir la ausencia de los del primer ciclo, integrando lo que en aquel entonces llamaban maestros populares. Simultáneamente empezó a recibir asesoramiento y cursos para familiarizarse con la teoría. Asevera que esa ayuda, más la motivación personal, fueron imprescindibles en su formación. No hizo la secundaria y con 15 años ya tenía aula propia. Para aquellos que desentrañaron ante sus ojos los misterios de la pedagogía y procesos metodológicos, guarda un agradecimiento infinito, y acota “no es lo mismo adentrarse en el arte de enseñar, que en el de aprender”. Con posterioridad siguió estudiando hasta titularse como maestra, y cuando abrieron la licenciatura en Educación Primaria estuvo en el primer grupo de los matriculados, pero le faltaba un año de trabajo de acuerdo con los requisitos establecidos, por ello formó parte de la segunda graduación y es perceptible la satisfacción cuando afirma: “y con excelentes resultados”. Como deuda con ella misma queda no haber cursado la maestría en Ciencias de la Educación, pues en el momento en que esta comenzó desempeñaba funciones de dirección, más problemas familiares asociados al cuidado de sus padres le impidieron disponer del tiempo necesario. Entre los aspectos que señala como muy positivos es haber transitado desde maestra a subdirectora y directora de escuela, luego inspectora, metodóloga, subdirectora metodológica, general y finalmente directora municipal, cargo que ocupó los últimos ocho años que estuvo en activo. Reconoce que no siempre obró con acierto y admite: “No todo lo hice bien ni en el momento oportuno, pero de cada revés se obtiene una experiencia”. CON OTROS OJOS Los que fueron alumnos o compañeros de trabajo de Martha no dudan en resaltar su calidad profesional y humana. La consideran como una fuente perenne de consulta, alguien a quien siempre acudir para aclarar dudas y recibir asesoramiento, pero en especial destacan la capacidad de educar a través del ejemplo. Si se sintió inspirada por las maestras que tuvo por las anécdotas que contaban sobre la alfabetización y su entrega, ella constituyó a la vez fuente de motivación para los alumnos que la erigieron como paradigma. Algunos recuerdan su activa participación en los recesos, organizando juegos, especialmente de pelota, o visitando casas donde había niños enfermos para darles las clases, recabando solidaridad entre los estudiantes para brindar apoyo a los que tenían dificultades. Se define a sí misma como una amante ferviente del béisbol, seguidora hasta la actualidad de dicho deporte y confiesa que a sus años todavía experimenta el deseo de volver al terreno, del que no la alejó ni el embarazo en la juventud. Varios licenciados, másteres y directivos del sector le confieren una participación definitoria en la obtención de sus títulos o estilos de trabajo; sin embargo, no se atribuye el mérito, dice con modestia: “Lo que sé, y no es mucho, está a disposición de todos y si vienen a mí, pues aquí está la maestra”. ROSTROS A LAS SOMBRAS Mientras dialogábamos en la sala de su casa, tras el cristal de la ventana se percibía una sombra, luego fueron varias, pero no hubo ruido ni interrupción alguna; al comentarle que al parecer alguien la buscaba, dijo: “Sí, lo sé, son los niños que vienen cada tarde para que les repase”. Quise saber si tenía patente para ello e inmediatamente replicó: “Yo no le cobro a ningún niño que venga aquí ni a nadie; a veces llegan jóvenes que están en la universidad a pedir libros, para que les explique algo o los ayude con una investigación, les doy lo que tengo y les aconsejo que estudien y se preparen, que lean mucho, para que aprendan de todo, porque en la vida hay que saber de todo un poco”. Cuando entraron los niños de Primaria, escoltados por el perro del vecino, primero les preguntó por la conversación inicial de ese día en la escuela, les habló de las efemérides y antes de empezar con la materia que más les preocupaba, pues debían examinarla a la mañana siguiente, Geografía, creó un ambiente agradable, seguro, y solo con palabras. Las sombras ahora tenían rostros y en ellos miradas en las que destacaba la incitación. LA FAMILIA Es fácil pensar que, con una vida entregada a la profesión, quizás se hubiese escamoteado la privacidad, pero no, lleva 44 años casada, madre de un varón y abuela de dos nietas, una quinceañera y otra de nueve que dice quiere seguir sus pasos. Confiesa que en ciertos momentos hubo conflictos domésticos por las extendidas jornadas, pero que paulatinamente fue contando con la comprensión de sus hombres y que todo radica en la planificación, para poder atender la casa, la familia, el trabajo, la Federación y su responsabilidad como jefa de una zona de defensa, labor que desempeñó a lo largo de más de cinco lustros. La vivienda, aunque todavía sin concluir, ya muestra magnificencia y confort. “Esta construcción la ha hecho mi hijo, que es arrendatario, mi esposo es jubilado del sector del Transporte y yo de Educación, con nuestras pensiones ni pensarlo, todo esto es de él, que es lo único que tengo”. LA GRAN PASIÓN Para Martha el magisterio es una gran pasión, a la cual dedicó más de cuatro décadas, disfruta que la sigan llamando maestra y considera ese simple vocativo razón para mantener vivo su compromiso con el oficio de enseñar. Exhorta a los jóvenes que están en formación a prepararse, porque de ellos depende el futuro del país, mantener este proyecto social y seguir hacia adelante. La complace el triunfo de sus exalumnos y es una fuente de orgullo verlos brillar en cualquier actividad que desempeñen. Otro de sus amores: el pueblo de Viñales, al que asegura se honra de haber representado en distintos escenarios. Y sin duda, también él se siente orgulloso de haber dado cuna a una pedagoga de su talla, que más de 60 años no amilanan y sigue enseñando en la terraza de la casa, en la conversación con el vecino o cuando conduce una reunión del núcleo del Partido, del cual es secretaria, razón por la que ese día no pudo atendernos antes. Martha Rivera Luis, es mujer, madre, abuela, federada, jubilada, militante y muchas cosas más, pero en todo ello se filtra la esencia de su ser: La Maestra.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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