El derecho a tener derecho
- Escrito por Yolanda Molina Pérez
El simple hecho de nacer ya concede el derecho a la vida y sea de origen animal o vegetal, debería contar con todas las condiciones idóneas para su desarrollo y supervivencia. La naturaleza impone leyes de selección, cadenas alimenticias y supremacías, contar con raciocinio, coloca a los humanos en la cima de la lista.
Aunque a veces cuesta concederle a la especie el crédito por la inteligencia, máxime cuando La Tierra y con ella todo lo que contiene, padecen los estragos del uso inconsecuente de sus riquezas; en lo que a la larga, resulta una conducta suicida. La existencia del hombre es el fruto de un largo proceso evolutivo, donde todavía no hemos logrado deshacernos de lastres como la violencia, y es esa “reminiscencia salvaje”, la que conlleva a unos a atribuirse por fuerza el derecho de decidir por otros; punto en común que tienen todas las acciones que coartan de alguna forma las libertades individuales. Esas recogidas sabiamente en un documento emitido el 10 de diciembre de 1945 en París, adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, y conocido como Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), pero que lamentablemente han sido empleados muchas veces como espada. Ondeando en los cañones y bombas, como bandera para invadir otros pueblos en nombre de una supuesta democracia. En un mundo donde millones de niños mueren antes de cumplir los cinco años, a causas de enfermedades curables y prevenibles; otros son víctimas de abusos sexuales, privados de educación y hasta carentes de una nacionalidad, porque llegan a la vida en campamentos para refugiados por conflictos militares; es vergonzoso y evidente que a nivel global impera el irrespeto por el documento antes mencionado. Y eso es solo por hablar de la infancia, porque hay otras formas de discriminación como la racial, de género y la xenofobia, que cobran víctimas a diario; algunos la padecen incluso antes de nacer cuando sus madres son privadas de los cuidados mínimos para asegurarles un alumbramiento en ambiente seguro. Es cuando menos hipócrita, defender sistemas políticos donde los seres humanos, y su bienestar físico y mental, no constituyen prioridad. Aborrecible el querer imponerlos mediante guerra y dominación. Ante esta realidad, es iluso creer que, con campañas, celebración de jornadas y cumbres, cuyas intenciones y acuerdos rara vez se materializan; haya un camino de dignidad para los que han sido despojados de ella. No serán documentos los que trastoquen el escenario, sino el cambio de pensamiento y estrategias consecuentes con la tolerancia, aceptación y diversidad, las que nos conduzcan hacia la prevalencia de los derechos en todas las sociedades. Pero como dice el refrán nadie vence al tigre llamándole gatito. Urgen espacios de lucha donde la mezquindad se anule en favor de la nobleza, gobiernos por y para los pueblos; porque incluso comenzando en este instante, llevará años revertir tanta pobreza. Algunos males no podrán ser subsanados, pues el daño sicológico de quienes ya han sido vejados, ni aun al desaparecer el maltrato quedan en el olvido. Hablar del Día Internacional de los Derechos Humanos, no podemos circunscribirlo a una nación o zona geográfica, sería intencionadamente, minimizar la magnitud del problema. Por ello estas líneas no van dedicadas a resaltar los logros en esa área que tiene Cuba, los cuales son muchos y reconocidos por numerosas organizaciones internacionales como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), sino a reclamar que haya más hombres y mujeres, en condiciones de sobrevivir, para que luego puedan reclamar el derecho a hacerlo con integridad.