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Viejo Policía

Lucas Iglesias

Lucas Iglesias. / Foto de la autora

Encontrar su dirección es sencillo: Basta con llegarte al pequeño parque del reparto Raúl Sánchez (Llamazares), contiguo a la panadería y preguntarle al primero que se te cruce en frente dónde queda la casa de Lucas Iglesias. Te hablarán de un edificio de rojos balcones a unos pocos metros de distancia, al que la gente puso “El edificio de Lucas”. En el sexto balcón, de izquierda a derecha, verás a un anciano, vestido con pantalón de color caqui, pulóver de listas azules y gorra desteñida. Estará de pie, recostado a la baranda, acabando su cajetilla de cigarros.

Dentro del apartamento percibirás el vaho espeso del humo, un olor que a Lucas le hace falta para vivir. Entre una fumarada y otra te contará anécdotas de su pasado, cosas como estas: “Nací en el Guayabo y anduve sin zapatos hasta los 15 años. Hacía labores de jornalero con mis hermanos mayores. También sacábamos piedra sin dinamita en la zona de Cangrejeras, en Bahía Honda. Salían chispas de las lajas aquellas cuando golpeábamos con las mandarrias, ¡era un trabajo de indio! “Mi vieja se levantaba a las tres de la madrugada y nos hacía un sopón de fideos y pan. Una vez me dio un hambre tan fuerte que ella tuvo que salir a buscarme un mamey medio duro. “Decirte quiero que la vega de nosotros entró en pleito y ganamos el juicio, sí, pero tuvimos que vender la propiedad para pagarle a los abogados defensores. “Anduvimos de un lugar a otro, limpiamos campos de aroma para sembrar tabaco, levantamos una casa de guano en medio de la maleza allá por San Luis, así sobrevivimos”. El día que triunfaron los barbudos de la Sierra Maestra, Lucas se hallaba guataqueando en lo alto de una loma. Le dieron la noticia y tiró tan lejos la guataca, que nadie la encontró jamás. “Me incorporé a la primera Milicia, al Ministerio del Interior, fui jefe de un carro patrullero... En 1967 pasé un curso de ciclista en La Habana y estuve 17 años de vigilante de carretera. Trabajé además como locutor y chofer de un carro de Tránsito Provincial, orientaba a los usuarios como transitar por la vía pública, me paraba con el micrófono en una intercepción y decía, por ejemplo: ´La compañera del vestido azul que va a hacer el cruce, recuerde que tenemos que ser cuidadosos en la vía pública. Es mejor perder un minuto de la vida, que la vida en un minuto´. “A esa hora las gentes se ponían rojas de la pena o les daba por reírse”. Lucas fue guía de los Ejércitos Amigos de la URSSS que venían a hacer operaciones en la Isla. Sobre su moto Harlem Davidson recorrió los montes en la oscuridad de las noches. No podía siquiera encender las luces del vehículo y es por ello que unas veces estaba sobre el lomo de su Harlem y otras en el suelo. “Dormíamos en casas de campaña y nos entendíamos con los extranjeros por señas. Me sentía orgulloso de estar ahí”. Afirma Lucas que ni 5000 pesos le hacen más feliz que el Escudo Pinareño que le otorgaron hace unos días y que se siente útil en su gestión como delegado de circunscripción. El único juego que le gusta es el dominó y de vez en cuando se toma un traguito para animarse. “¡Y enamorao´ he sido toda la vida!”, agrega. “Ahora tengo una viejita y nos relacionamos más o menos. Me gusta porque habla conmigo, me atiende y me plancha la ropa cuando se la llevo a su casa. A esta edad uno solo piensa en conversar y meterse mentiras”, El viejo policía ríe y el humo del cigarro se le escapa por los huecos de la nariz.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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