Juan Quintín Paz Camacho: el último Malagón
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Juan Quintín Paz Camacho: el último Malagón. / Foto: Januar Valdés
Este 31 de octubre, Juan Quintín estará de cumpleaños, y a quien indague por su edad, no le contará que tiene 80, dirá mejor: “Hace 20 años cumplí 60”, que es lo mismo, pero expresado de otra manera.
De niño se dio cuenta de que podía dominar el movimiento de sus orejas. Exponía su destreza frente a los demás chicos, que le veían hacer boquiabiertos o muertos de la risa. Estudiaba por entonces en el colegio de Los Escolapios, en la capital pinareña, pero le aburrían muchísimo “esos cursos de curas” y es que echaba de menos el Valle de Santo Tomás (hoy comunidad de El Moncada) con su aire frío, el agua límpida de los arroyos y las cuevas donde jugaba al escondite con sus amigos.
Su padre, Juan Paz San Pedro, poseía alrededor de 300 caballerías por estos lares; pero a pesar de su fortuna, se oponía a la explotación campesina y estimulaba a su hijo para que se relacionara con los niños pobres y visitara sus bohíos.
El muchacho abandonó Los Escolapios una vez culminado el séptimo grado y empezó a trabajar en un aserrío de la familia. Ya asomaba en su cara el primer bozo y andaba de amores con Panchita, su futura esposa. El noviazgo fue largo. En la casa de ambos se conserva un retrato pintado de aquella época. El marco consiste en tres piezas de madera yuxtapuestas, lo construyó Juanito con sus propias manos.
-Ella fue la que me enamoró a mí, advierte mi entrevistado.
-¿Y eso es verdad Francisca?, pregunto a la anciana.
-¡Es verdad!, dice ella con su voz vaporosa y se acomoda en el brazo de una butaca para escuchar, una vez más, el testimonio de su Juan.
***
Así comienza narrando él:
“El 31 de agosto de 1959 Fidel Castro visitó Santo Tomás y se entrevistó con los lugareños. Estos le contaron los abusos cometidos por Luis Lara Crespo, el cabo Lara, torturador y asesino de la derrocada dictadura batistiana que andaba prófugo de la justicia y se había alzado por la Sierra de los Órganos.
“A Fidel se le ocurrió la idea de organizar un grupo de 12 campesinos lidereados por Leandro Rodríguez Malagón. Ellos debían conocer la zona como la palma de su mano y ubicar, en un plazo de 90 días, la posición de Lara.
“Leandro era mi amigo y me propuso integrar el grupo. Nos llevaron para Managua y allí estuvimos entrenándonos un mes entero. El profesor era Guillermo García. Nos enseñó cosas útiles como la importancia de borrar las marcas en el terreno para que el enemigo no identifique tu posición, o caminar de espaldas para aparentar, por las huellas, que vas en dirección contraria.
“El primero de octubre estábamos de vuelta, con un pantalón azul de mezclilla, una camisa verde olivo, un sombrero de guano con la bandera de Cuba pintada y un cinturón con los cargadores del fusil M-1.
“La primera pista que tuvimos de la ubicación de los bandidos fue por un avión que sobrevoló la cordillera y dejó caer un cargamento de zapatos, medicinas y municiones. Desde ese momento se sabía por los cordones largos del calzado los que eran colaboradores o estaban alzados.
“Uno de los alzados era asmático y oyó como Lara le comentaba a otro: ‘Aquel se va del parque esta noche porque su tosecita nos va a descubrir’.
“Temeroso, el bandido enterró el fusil en un hoyo y escapó de aquel lugar. Al primer campesino que se topó en el camino le pidió que lo llevara hasta la carretera, arguyendo que estaba perdido; pero el campesino lo trajo con nosotros y empezamos a hacerle preguntas:
-Ven acá mi´jo, ¿y a casa de quién tú estabas?, ¿de dónde eres?, ¿qué haces aquí?, me parece que tú estás alza´o.
-No, yo..., se defendía el hombre.
-A ver, quítate los zapatos.
-¿Y por qué? No quiero.
-Si no lo haces tú, lo haremos nosotros.
Cuando se quitó las medias tenía los pies llagados.
-Ves que tú estabas alza´o. Mira mi´jo, eres muy joven pa´ que haya que ahorcarte. Háblanos claro. ¿Vas a decir dónde está Lara?
-No puedo. Me mata si hablo.
-Si es que tú a él no lo vas a ver en tu vida.
-Está en un sitio al que le dicen Las cazuelas, confesó finalmente.
“Salimos por esos rumbos, cosas de locos, a registrar las cuevas con pencas de guano encendidas. Por la tarde dimos con una casa solitaria en medio de los mogotes. El dueño no se encontraba allí y salió a la puerta un muchacho como de 17 años. Él nos daría la pista concluyente:
-Ustedes ven aquel bohío, señaló con la mano. La hermanita mía fue ayer a buscar una calabaza y vio a unos hombres sentados a la orilla del fogón, limpiando unas balas con un trapo.
“Eran ellos, no cabía duda. Serían las seis de la tarde y a esa hora se hacía imposible salir a buscar a los refuerzos, que se hallaban en Guanito y Minas de Matahambre. Por otra parte, si esperábamos a que oscureciera, se nos escapaban.
“En eso llegó un soldado rebelde, Isidro Ramos, y quiso acompañarnos. Con él sumábamos seis hombres. Dos atacamos por atrás, dos por el frente y dos por el flanco. Aquel día, 18 de octubre de 1959, me debo haber arrastrado lo menos ciento y pico de metros, fíjate que no se podía distinguir si el color de mi uniforme era verde o rojo, por el fango incrustado.
“La pareja que fue por el frente hizo el trayecto a pie y no a rastras, y a uno de ellos, al soldado rebelde, le dieron tres tiros. El otro, Cruz Camacho, ‘El Niño’, se escondió detrás de una piedra y no lo tocaron.
“Por poco tumbamos la casa aquella a tiros. Cuando llevábamos como 20 minutos, gritó ‘El Niño’:
-El capitán que emplace la ametralladora.
-No, ya emplazamos el mortero. Vamos a dispararles con mortero, le contestamos desde el otro lado.
“Eran falsas la ametralladora y el mortero, pero hay veces que la mentira da resultado. Los alzados se aterrorizaron. Lara salió con una niñita del brazo:
-No tiren más que nos vamos a entregar, dijo y se entregó mansito. Yo quiero ver al capitán de ustedes.
-Como puede ver, aquí no hay capitanes, Lara, le explicamos.
“Él nos pidió tres cosas: que no le pegáramos, que no permitiéramos a los familiares de sus víctimas acercarse y que le dejaran ver a su mamá por última vez.
“Se me partió el corazón cuando vi a su vieja suplicándonos que no lo matáramos; pero Lara había destrozado la vida de 23 personas, las había torturado de las formas más crueles. Hizo cosas tan terribles como amarrar a un hombre por las extremidades izquierdas a un árbol, al tiempo que tiraba de sus extremidades derechas con un yipe.
“Lo conocí de niño. Varias veces jugamos pelota juntos. Era un muchacho normal, pero se juntó con lobos y acabó como ellos”.
***
Los Malagones cumplieron en 18 jornadas la tarea programada para 90. A La Habana los llamó Fidel urgente, sin que les alcanzara el tiempo para cambiar sus sucios uniformes. Tres semanas llevaban sin bañarse.
“A las 12 del mediodía llegamos a Ciudad Libertad. Nos recibieron con aplausos y eso no me gustó. ¡Cómo iban a rendirle honores a cuatro pelagatos que cogieron a un bando de bobos!
“Fidel nos estaba esperando en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria. Se abrió una puerta por allá y apareció él:
-¡Van a haber milicias en Cuba porque ustedes triunfaron! Ahora pídanme lo que quieran.
-Qué va, Comandante, no queremos nada.
-Bueno, esos fusiles que ustedes tienen se los regalo. Si van a arar, amárrenlos en el arado y si van a guataquear llévenlos al hombro.
Después de estos sucesos, Juan Quintín se incorporó como jefe de operaciones a una unidad de lucha contra bandidos y recibió los grados de mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
“Él se pasaba la vida en los montes y yo sola en la casa, cuidando a mis hijos pequeños”, evoca Panchita y su esposo le da la razón.
“¿Te acuerdas vieja de mi viaje a la URSS?”, le recuerda él. “Mi primera vez en Moscú no la olvido porque iba vestido con medias de nailon, zapatos corte bajo y un abriguito cobarde, y caminar así sobre el hielo no es cosa de juego. Los rusos aquellos lo miraban a uno y decían: ‘Este es por lo menos del Polo Norte’”, bromea.
Juanito es muy ocurrente. Afirma que lo que más le gusta en esta vida es comer carne, eso lo supo después de pasarse tres días alimentándose únicamente con semillas de algarrobo, mientras tendía cerco a los alzados en un sitio conocido como Furnia en tierra.
Una de esas tardes le dijo a su compañero Juventino Torres:
-De hoy no pasa que yo coma algo sustancioso.
-¿Qué vas a comer?
-Lo primero que me pase por delante lo mato.
A los pocos minutos vino hacia ellos un guardia sobre su bestia.
-Jovo, bromeó Juan con su amigo, me parece que esos dos se embarcaron.
El guardia, al saber el desespero de ambos les acercó unos trozos de carne asada y unos boniatos rojos.
“Los más dulces del mundo”, advierte Juan.
Su vida completa ha transcurrido en estos parajes de Santo Tomás. Aquí manejó por 30 años un ómnibus de pasajeros. Ahora se dedica a custodiar en las tardes una escuela secundaria.
Su casa huele a café y a guayabas. Hay cuadros de héroes en las paredes y fotos de los 15 de la nieta. Antes de irme Juanito me detiene.
-¿Una pregunta indiscreta, periodista?
-Diga usted.
-¿Cuántas rayitas tiene su pulóver?
-Sabe que no las he contado, le respondo.
-Pues qué espera.
El último Malagón con vida me sonríe y se siente fuerte su mano mientras estrecha la mía.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.