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Cada año en Bayamo se rememora el estreno del Himno Nacional. En la imagen, un actor encarna a Perucho Figueredo mientras escribía la letra del mismo.

Cada año en Bayamo se rememora el estreno del Himno Nacional. En la imagen, un actor encarna a Perucho Figueredo mientras escribía la letra del mismo.

Era agosto de 1870. Sobre un camastro de la finca Santa Rosa, en las inmediaciones del río Jobabo, reposaba el cuerpo escuálido de un hombre. Días atrás había recorrido a pie, con su familia, senderos enmarañados. La marcha había sido doblemente compleja por la persecución incesante de los españoles.

Pedro Felipe Figueredo Cisneros se llamaba. Sufría las fiebres del tifus, tenía los pies plenos de llagas y las ropas gastadas de tanto uso. No mucho antes había atesorado bellos ropajes, zapatos lustrosos, joyas, fincas, cabezas de ganado, corceles, ingenios y esclavos; ahora estaba a punto de ser cazado como una bestia por las huestes de voluntarios. En ese estado miserable, luchó con su sable-revólver hasta terminar la última bala. Lo apresaron al fin y llevaron hasta Santiago de Cuba donde sería sentenciado a muerte. El conde Valmaseda envió un emisario a negociar con el patricio bayamés. Se le perdonaría la vida a cambio de la rendición, pero este declinó la oferta y avanzó al cadalso sobre el lomo de un asno que alguien buscó para él. Sus pies apenas le respondían. Cuentan los biógrafos, que le alcanzó tiempo para susurrar el último verso de su himno: “¡Morir por la Patria es vivir!”, antes que la metralla de los fusiles le cortaran el hilo de la voz. Se marchó para siempre con sus espejuelos octagonales, su trato dulce, la sonrisa, las manos virtuosas sobre el teclado blanquinegro del piano, el título de abogado que ganó en Barcelona, su cargo de secretario de guerra.... Polvo fue de su esqueleto, semejante al polvo de su lujosa mansión abrazada por el fuego durante la quema de Bayamo en enero de 1869. Perucho renunció a todas sus posesiones materiales con tal de ser fiel a sí mismo. A cambio recibió la inmortalidad de su himno guerrero, cuyas notas fueron interpretadas por vez primera el 11 de junio de 1868 en la iglesia mayor de Bayamo, durante las festividades del Corpus Christi, en las propias narices de los gobernantes españoles. Relata la tradición oral que unos meses más tarde, el 20 de octubre de 1868, Bayamo fue tomada por los cubanos y que los pobladores, aglomerados en torno a la plaza de la iglesia mayor, solicitaron la letra del himno a su autor. Sentado sobre el lomo de su caballo, Perucho escribió. Es grave y formal el himno de Bayamo. En las escuelas, los más chicos tropiezan diciendo “os contempla”, “temáis”, “afrentas y oprobios”, pero cantan con respeto, como enseñan sus mayores; y los deportistas confiesan sentir algo así como un espaldarazo cuando en los torneos internacionales se escuchan el llamado de “Al combate corred...”. Lo cierto es que el Himno de Bayamo es electrizante, dentro y fuera de la Isla, cuando suena en el aire, tan breve, tan nuestro.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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