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“El hombre más humilde que conozco” 


Rafael García Portela

Hace pocas horas supimos de la muerte de Rafael García Portela, un ser extraordinario que dedicó su vida al noble ejercicio de la medicina. Este perfil sobre su persona, fue escrito hace dos años, cuando aún era yo estudiante de periodismo y tuve la dicha de visitarlo en su hogar.

Recuerdo que daban una función del teatro lírico de Pinar del Río y mi hermana, doctorcita dedicada y brillante -no porque sea mi hermana digo estas cosas- se animó a acompañarme al Milanés. Desde nuestra posición, en la platea, teníamos una visión panorámica de todos los espectadores, muy pocos, de hecho. Ella señaló a un señor de guayabera blanca en la segunda fila: 
“Ese viejito, es el profesor Rafael García Portela, dicen que en su juventud, se echó a cuestas un hospital rural”. 
Reparé en aquel ser alto y delgado como una celda fina, entonces surgió la pregunta inevitable: ¿Cuántas historias tendría guardadas para mí?

***

El doctor Portela habla bajito, y su voz, se confunde por momentos con el ruido de los carros que atraviesan la Avenida Martí, donde vive actualmente con su esposa Maribel. Detrás de sus espejuelos asoma una mirada noble, la misma que ha escrutado el dolor de tantos pacientes.

“Quise estudiar medicina por Tebelio Rodríguez del Haya, fue fundador del Comité Todo por Pinar del Río. Era mi médico y yo decía de niño que aprendería mucho, para curarlo cuando se hiciera viejo. Tú tienes que haber oído hablar de él”

Puede ser, le digo.

“Pregúntale a tus abuelos, la gente del pueblo lo amaba”.

¿Y usted, pudo atenderlo alguna vez?

“No tuve esa dicha”. Portela fija su atención en unos documentos que tiene sobre la mesa de la saleta-comedor, se queda en silencio, no es muy dado a conversar con periodistas.

Hábleme de su vida, le pido. El doctor comienza a relatar una sucesión de datos biográficos y fechas importantes en su carrera profesional. Entonces percibo que es mejor indagar por los detalles: Cuénteme, ¿fue bonita su ceremonia de graduación?

“Figúrate tú, ¡en la cima del Pico Turquino! Eso fue un 14 de noviembre de 1965. Éramos el primer grupo de médicos formados en la Revolución. ¡Hasta Fidel estuvo allí!”

¿Enseguida comenzó a trabajar?

“Sí, muy pronto. Me designaron al hospital rural Juan Navarro Lopetey, en el Cayuco, eso queda de Guane para allá. Era una zona conflictiva, de gente sin educación. Se liaban a golpes, por cualquier motivo. A mí me llegó un día un herido en una parihuela, cuando lo descubrimos tenía un machetazo así” -dibuja una línea con la mano en su barriga- “los intestinos afuera. Tuvimos que hacerle las cosas necesarias y mandarlo para Pinar.

“Estuve trabajando solo mucho tiempo, sin ambulancia, haciendo guardia todas las noches y todos los días. Había una partera que tuve que sacar de allí porque golpeaba a las mamás cuando iban a dar a luz; me quedé de partero yo.

“Tenía que hacer consultas de pediatría, de puericultura, de ginecobstetricia; atendía el cuerpo de guardia y la hospitalización: 16 camas de niños y 15 adultos que siempre estaban llenas. Allí bajé de peso, empezaron a salirme las primeras canas, prácticamente envejecí”.

¿Qué edad tenía por entonces?

“27 años, estaba recién casado”.

¿Y Maribel?

“Me la llevé conmigo para el Cayuco”.

“¡Ay muchacha, el Cayuco!”, prorrumpe Maribel, que desde la cocina ha seguido el hilo de nuestra conversación. Me agrada el trato dulce de esta señora, otrora bibliotecaria de la Facultad de Medicina Ernesto Guevara de la Serna; luce fuerte y joven aún.

“Rafaelito me pidió cuando yo tenía 14 años. Antes las mujeres se pedían a la familia”, ríe alto. “Hemos tenido una vida de sacrificios.
Los 31 de diciembre los pasábamos separados porque él tenía guardia siempre. “Recuerdo que una vez estábamos comiendo en la Casona y vinieron a buscarlo por una urgencia médica...

“¿Maribel, aquel día terminamos de comer o no?”, pregunta el doctor.

“Sí, creo que sí”, responde ella.

¿Cuánto tiempo llevan juntos?, inquiero.

“53 años. Mi opinión sobre Rafaelito es la mejor: buen hijo, buen padre, buen profesional. En los últimos tiempos, ha estado enfermo y le he insistido para que se cuide; pero nada más que se siente bien, se engancha su bata y para el hospital: ´Si vengo para la casa me muero´, me dice, porque ama su trabajo, ¡y el estudio...! Disfruta el estudio como quien lee un libro de cuentos”, agrega Maribel.

“En todo lo que he logrado, ella ha tenido mucho que ver, confiesa Portela. Su esposa lo mira con humildad, ¡cuántas veces le habrá oído el mismo halago!, pero las cosas bonitas no se aburren nunca; entonces Maribel recuerda los tiempos pasados, cuando ambos se volcaban sobre los grandes volúmenes de las bibliotecas, o se empeñaban en trámites vía correo postal, para recibir desde el extranjero artículos impresos, información científica actualizada. Ella siempre estuvo ahí, ayudando con la gestión de datos, atendiendo que a su compañero no le faltara nada, cuidando que las hijas, Madelén y Marién, crecieran sanas y virtuosas.

RAFAEL EN LA CLANDESTINIDAD

Corre el año 1958. La serpiente negra de la muerte repta por las calles de la ciudad con su rastro de desesperanza. En los últimos meses mataron a más de 40 hombres:

“Mataron a los hermanos Barcón que eran tres, a Raúl Sánchez (Laíto), ¡pobre niño!, a Justo Legón Padilla, estudiante de quinto año de medicina, que estaba auxiliando a un herido, al Pandeao, al Gatico...”, rememora Rafael y el olor viscoso de la sangre inunda cada espacio de la sala.

Su antigua casa en la calle Garmendía fue centro de reuniones revolucionarias. Él pertenecía a una célula del movimiento 26 de Julio, dirigida por Julio Camejo Díaz.

“No me gusta hablar de aquellos tiempos”, replica, mas yo insisto, porque vine buscando mi relato: Cuando recuerda aquellos días, ¿cuál es la imagen de sí mismo que le viene a la cabeza?

“Yo tenía 20 años. Había matriculado medicina en la Habana; pero la tiranía de Batista cerró la Universidad, entonces aproveché para hacer un curso de agrimensura en el Instituto de Segunda Enseñanza de aquí de Pinar del Río. Allí conocí a Sergio y Luis Saíz Montes de Oca, muchachos extraordinarios, daban ganas de seguirlos”.

¿Y el miedo era mucho?

“¡Claro, todo era peligro! Había unos bonos que nosotros vendíamos a uno o cinco pesos para las finanzas del movimiento, los escondíamos en las medias. Cuando te registraban, por suerte olvidaban buscar en los zapatos. Nosotros teníamos un amigo, guitarrista, por cierto, cantaba en la CMAB: Juan Reyes. No había trabajo y tuvo que meterse a casquito por 33 pesos. “Un día, mientras hablábamos, a mí se me cayó un bono del movimiento que tenía en el bolsillo; entonces, le puse el pie arriba para que no lo viera y tuve que estar así largo rato, sin cambiar de posición”

¿Y usted dice que era su amigo?

“Era un mulato muy bueno que necesitaba comer”.

“A MÍ ME APASIONA ENSEÑAR”

Le pido al doctor Portela que me muestre algunas fotos de su juventud y se aparece con una caja de cartón. Saca la primera instantánea:

“Este soy yo, picando un muerto en la Universidad de Medicina de la Habana”.

¡Está tétrica esa imagen!, le comento, los dos reímos muchísimo.

“Esta otra es en el anfiteatro del hospital León Cuervo Rubio, discutiendo mi tesis de doctor en medicina interna”, aquí viste de traje, sobresale su pelo negro y brilloso. El tercero es un retrato grupal, lo acompañan sus alumnos de tercer año de la universidad de ciencias médicas Ernesto Guevara de la Serna.

“Soy profesor titular, consultante, de mérito y fundador de la docencia médica en Pinar del Río. Me apasiona enseñar: un pase de visita docente asistencial -asistencial porque uno se encarga de los pacientes y docente, porque le explicas a los muchachos cómo se trabaja- ¡eso es lo más gratificante del mundo! Tengo horario abierto, por la edad, pero quiero hacer tanto que a veces me enredo”.

Días después de esta entrevista, recurrí al doctor Ariel Delgado, vicedirector docente del hospital Abel Santamaría Cuadrado, quien fuera uno de los alumnos más queridos de Portela. Ariel, hizo un espacio en su agenda apretada, para hablarme del maestro:

“Lo conocí 17 años atrás, yo era un jovencito, aprendiz de médico. Él nos exigía mucho, sobre todo a Madelén, su hija, que era compañera mía de curso. A Madelén le encantaban las fiestas, ir a pasear con el novio. Al otro día llegaba loca, leyéndose los libros, no fuera a ser que el padre le preguntara algo en el seminario.

“Recuerdo los largos pases de visita, duraban horas y horas. El profesor nos ordenaba mantenernos de pie, haciendo la evolución junto a la cabecera del paciente y no allá lejos, en las mesas del comedor. Tenía un especial sentido del humor, como la vez aquella en que le dice a un estudiante: ´Hágale el fondo de ojo a su paciente´. El fondo de ojo se hace con un equipo llamado oftalmoscopio. El oftalmólogo se acerca y mira la pupila con la luz de este aparatico. Pero aquel muchacho no tenía ni idea...

´Profesor ya he terminado´

´A ver, explique su procedimiento´.

´Me he quedado mirando fijamente a los ojos del paciente y vi que no tiene ningún problema´.

´Bueno, pudiera ser´, le respondió con toda su delicadeza, ´aunque ese procedimiento nunca lo hemos leído en la literatura, ni lo hemos visto en la práctica´.

“Nunca abochornó a un alumno suyo. Nos enseñó la importancia de la ética, la pasión por la ciencia, ese afán de investigar hasta el cansancio”.

PINAREÑO AL 110 POR CIENTO

Sobre una pared de su sala, Rafael colocó el título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba que le concedieron en el 2013, insiste para que me acerque a verlo. Ese reconocimiento no pone cuántas personas ha salvado o cuántas noches pasó sin dormir.

“Todo lo que he logrado ha sido con mucho esfuerzo. Mi tesis de doctorado la empecé pasando mil trabajos, porque antes no había ayuda, todo era tropiezos. Idelfonso Cabezas, mi tutor, y yo, todavía seguimos nuestros estudios de leptospirosis.

“Rafaelito publicó un libro sobre leptospirosis humana único de su tipo en Cuba”, indica Maribel. “En nuestro país no existía esa literatura, que tú, en breve, te pudieras actualizar sobre el tema. Las dos ediciones, tanto la que hizo La Loynaz como la que hizo Ciencia y Técnica, se agotaron en nada. Nosotros hicimos un lanzamiento en la facultad, me acuerdo que fueron 75 libros. En 10 minutos los estudiantes extranjeros los acapararon todos. ¿Porqué?, porque es un libro fácil de leer, te lo puedes poner en el bolsillo, lo mismo le sirve a un especialista que a un alumno”.

En el año 1976 le proponen al doctor Portella una misión en Guinea Conakry.

“Cuando aquello no se pagaba nada al colaborador, uno iba por amor al internacionalismo. Yo era el jefe del grupo y estaba contentísimo. Pero me diagnosticaron una degeneración macular, una enfermedad de la retina. “En la Habana yo me atendía con el profesor López Cardet, del hospital Pando Ferrer. Él me dijo que no podía viajar a Guinea ya que los medicamentos antipalúdicos que hay que tomar de forma obligatoria, estaban contraindicados para las enfermedades de la retina. Me callé la boca porque quería ir de todos modos. El día antes del viaje, me quitaron el pasaporte. Parece que el profesor Cardet llamó al Ministerio de Salud y dijo lo de mi enfermedad”.

Después de todo, alégrese, porque hubiera perdido la visión, le comento.

“Bueno, quizás, pero tengo como una situación de pesar porque no fui internacionalista”.

Usted permanece en Pinar del Río a pesar de sus méritos profesionales.

“He tenido posibilidades de ir para la Habana, pero no he querido. Soy como dice Urqueola, ´pinareño al 110 por ciento´.

¿Qué ve en esta ciudad?

“Tenemos muchas deficiencias: estuvimos sin cine, sin biblioteca, sin teatro muchos años, eso es verdad; pero me gusta Pinar del Río.
Yo disfruto sentarme en el portal a ver la Calle Real o a conversar con mi amigo, el doctor Marcos Montano”.

Marcos vive a unos pasos de Portela, en el apartamento contiguo, y aprovecho para visitarlo. Mientras conversamos, se detiene con frecuencia, a causa de una toz seca que lo aqueja desde hace tiempo, pero se nota que disfruta evocando los tiempos de la juventud:
“En la universidad al que regañaban era a mí. Rafaelito se ponía a hacer chistes, tiraba su número en el aula, y yo, muerto de la risa.
Él no, él se quedaba serio, tranquilo y los profesores se engañaban.

“Nosotros crecimos en la Calle Garmendia, hicimos juntos la primaria, el bachillerato, estudiamos la carrera de medicina. La vida nos ha llevado por los mismos caminos. Tenemos miles de anécdotas, dile que te cuente de la fiesta de graduación en Tropicana, con Rosita Fornés, ¡qué cosa más linda!, ¡la mujer más linda que ha habido en Cuba en todos los tiempos! Pero bueno, tú me preguntas por Rafaelito y qué te puedo decir, es el hombre más humilde que conozco, mi hermano”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - Irma

    Articulo maravilloso, el professor Portela merece, fue um ejemplo para todos los estudiantes de medicina

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  • Invitado - Efrain T Martinez, M.D.

    Una vez apartada la horazca, la lectura de este articulo me permite recordar al Profesor Garcia Portela, como lo que fue: un hombre decente, sencillo, estudioso, y sobre todo un hombre dedicado de cuerpo y alma a su profesion de medico. Yo no estudie Medicina en Pinar, pero muchos amigos y colegas mios fueron sus alumnos, y no recuerdo otras valoraciones distintas a las que he mencionado. Lamento su muerte, y estoy seguro de que su legado de buen medico prevalece en muchos de sus alumnos.
    La entrevista que se publica aqui ocurrio hace ya algun tiempo, por lo que no se si mi amigo Idelfonso Cabezas podra leer esta nota. En caso afirmativo, aprovecho para enviarle un abrazo. Mi padre siempre tuvo a Cabezas en alta estima, y yo tambien. Muchas gracias.

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  • Invitado - Juan Carlos Pérez

    Soy médico, estoy actualmente en Guatemala, cumpliendo misión internacionalista. Aquí conocí la triste noticia de la muerte del profesor Portela. Fui su alumno en tercer año de Medicina, se aseguraba de que aprendiéramos bien la Propedéutica Clínica, hacía derroche de ética profesional; llegábamos temprano a la sala del Hospital León Cuervo y él ya estaba allí hacía rato, llegaba muy temprano. Conozco a su familia, visité su casa en varias ocasiones; su esposa Maribel, una persona dulce, era un matrimonio ejemplar, eran inseparables. Quisiera haber estado junto a su familia en ese momento tan difícil, pero me tocó estar en Guatemala, haciendo la Medicina que él me enseñó, cumpliendo con mi deber de ser internacionalista como él lo fue y diciéndole con tristeza a mis amigos aquí: "falleció el Dr. Portela" y con orgullo agregaba: "Él fue mi profesor". Su enseñanza y su comportamiento ejemplar , quedan en nosotros, él, sigue entre nosotros.

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  • Invitado - Antonio Manuel Padovani Cantón

    Muy buen artículo, muy bien redactado y con garra para captar la atención. En cuanto al contenido, retrata muy fielmente a Rafaelito y a Maribel, un matrimonio ejemplar de dos personas excepcionales. Conozco los detalles que se narran y son rigurosamente ciertos, en cuanto al Profesor Ildefonso Cabezas, tristemente me llegó la noticia de su muerte aproximadamente uno o dos meses que la de Portela, así que, infelizmente Efraín, ninguno de los dos está físicamente con nosotros. Infelizmente también, el Profesor Montano falleció unos días después del Profesor García Portela, ambos fueron profesores míos durante la especialidad, no en la carrera porque estudié en La Habana, donde vivía por esa época y fueron mis amigos, mis colegas, mis compañeros del bregar científico en el Capítulo de Medicina Interna y trabajaron conmigo como miembros del Grupo Provincial de Medicina Interna que dirigí desde 1981 hasta que me jubilé en 2013. Siempre que los necesitamos para cualquier actividad científica o asistencial, Rafaelito y Marco dieron el paso enfrente sin condiciones. Los dos son ejemplo de cómo debe ser un médico, y como debe ser una persona. Hombres sencillos, amables éticos, cultos e inteligentes. Creo que es un orgullo para todos los pinareños que hayan nacido, vivido y trabajado en nuestra tierra.

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