El pintor que eligió las cuevas
- Escrito por Elizabet Colombé Frías
Foto: Ronal Suárez Rivas
Un día de 1965 Hilario Carmenate, estudiante de la Escuela Nacional de Arte, leía un artículo sobre la importancia de la espeleología de Antonio Núñez Jiménez y decidió, de forma determinante, ir a la Academia de Ciencias, hablar con el capitán e integrarse al movimiento espeleológico.
Desde entonces no ha parado de realizar expediciones. Las primeras, por la llanura Habana–Matanzas, y después en la Sierra de Mesa de Pinar del Río. “Esa fue mi primera vez en la provincia -dice- porque yo soy de Güira de Melena”.
Mientras estudiaba, en unos debates sobre los trabajos de clases, una compañera afirmó que Hilario iba a llegar muy lejos. ‘Sí, lejos –bromearon dos colegas desde el fondo del aula– como hasta Pinar del Río’. “Y mira, me enviaron para acá a realizar el servicio social y aquí me quedé. Desde entonces me declaro pinareño”.
Al llegar a Vueltabajo creó el grupo espeleológico Guaniguanico –el 14 de junio de 1968– y empezó a trabajar en la zona del Valle de Viñales. “Allí descubrimos una cueva que años después conocería como el sistema cavernario más grande de Cuba.
“Todavía de forma oficial es la Gran Caverna de Santo Tomás. Según investigaciones debe tener alrededor de 70 kilómetros y solo 46 cartografiados; aunque otro sistema, el de Palmarito, con 50 cartografiados, posee un gran potencial... Yo me atrevería a decir que son más de 100 kilómetros”.
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Hilario es sumamente ágil, tiene 70 años, un pulóver más o menos ancho para una mejor movilidad, un reloj como única prenda, una barba que le cubre de la mitad del rostro hacia abajo, hasta llegar casi a revestir el cuello, y algunas arrugas como evidencia de las huellas que tanto escudriña en las sierras.
Dar una estadística de la cantidad de viajes en las que ha participado resulta muy difícil en 49 años de profesión ¿En cuántas?, para eso estaríamos un tiempito sacando cuentas.
“Para que tengan una idea, la mayoría de los sitios arqueológicos reportados en la provincia son resultados del ´Guaniguanico´ y míos en particular. Escribimos cuadernos de campo para reflejar nuestra labor en las excursiones. En el grupo ya vamos por 44 y yo estoy en el cuaderno 38.
¿Y los nombre de las cuevas?
“Nombramos las cuevas que no se les conoce calificativo por los lugareños. Una vez iniciamos el hábito de marcar a la entrada, con lápiz y de forma chiquita la fecha, el nombre y el grupo al que pertenece. Y sí, reconozco que hay dos o tres cuevitas que tienen mis iniciales: HC y la fecha”.
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“Guaniguanico”, por iniciativa de Enrique Alonso, prioriza la arqueología y la investigación histórica: la vida de los aborígenes, todo lo vinculado con la cimarronería esclava, las guerras de independencia y sitios de la época colonial.
“Hay evidencia documental, incluso un esqueleto en una caverna en la Sierra de San Carlos. Es una zona intrincadísima. Al principio pensábamos que era de un negro cimarrón, pero observamos evidencias de artefactos aborígenes, instrumentos... y cuando lo analizó Ramón Dacal Rivero de la Calle, especialista en la materia, nos informó que pertenecía a una india cimarrona. Ese es un estudio pendiente”.
Sin embargo, ahora se centra en otras tareas: la búsqueda del arte rupestre. “Porque nos percatamos de que las pinturas que descubrimos hace 30 años están desapareciendo de forma acelerada, una década después casi eran imperceptibles. Ya muchos sitios no los vamos a conocer porque se perdieron. Deberíamos contar con mayor apoyo del Estado por la importancia que tiene el tema y por su valor patrimonial”.
¿Por qué se está perdiendo?
“Los expertos a nivel internacional lo atribuyen a los efectos del cambio climático, el aumento de temperatura media, causas antrópicas y relacionadas con la defores-tación. Se debería organizar una campaña de exploración sistemática con el foco puesto en las manifestaciones de arte rupestre porque la mayoría de los lugares de este tipo se han descubierto por casualidad”.
¿Cuáles son las principales zonas?
“La más significativa está en el valle de Luis Lazo, ahí y en sus alrededores existen ocho estaciones; en el valle de San Vicente hay seis sitios y la sierra de Guasasa también resulta un área de bastante arte rupestre”.
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Según destaca, en lugares de tanto peligro, los accidentes siempre ocurren, la prioridad consiste en atenuar la mayor cantidad de daños al cuerpo. Por lo menos en cinco ocasiones ha estado a punto de sufrir un accidente más o menos grave.
“Con mis años, muchos compañeros me dicen: ‘Ya tú no estás para eso’. Yo, realmente, me siento con la misma habilidad, pero las locuras las hago con más análisis y precaución”.
Hilario también viola una de las principales normas de seguridad en el monte: no andar solo. Como mínimo son tres personas, en caso de contingencia uno auxilia al herido y otro busca ayuda. Además, debe existir información de dónde realizan los trabajos.
“Tengo una teoría: si pasamos por un lugar de peligro cinco personas, existen cinco posibilidades de que ocurra un accidente. Si es un único explorador, la posibilidad es única.
“O si no, prefiero andar con otro compañero con las mismas habilidades y vocación por la investigación y la naturaleza que yo, para no esperar por él o mandarlo a realizar una tarea obvia. Aunque bueno, realmente, no se debe viajar solo. Reconozco que cometo ese error”.
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¿Ya no pinta?
“Como graduado de artes plásticas, debería pero no lo hago. Lo único que realizo como pintor es trabajar por el rescate de la obra de nuestros primeros creadores, porque los aborígenes que dibujaron y tallaron en las cuevas, aunque no lo hicieran como artistas, la obra en sí es arte”.
¿Y el mayor logro?
“El conjunto de los descubrimientos en la arqueología. Aunque, bueno, existe un sitio muy significativo que es el palenque del Hoyo de los Ruiseñores en la Sierra de San Carlos, el mayor de la provincia hasta el momento.
“Es un lugar muy intrincado. Cuando llegamos daba la impresión de que los cimarrones habían acabado de salir de allí. Se conservan 34 camas de cuje de madera, tres de ellas pequeñas. El sitio está reportado, cartografiado y fotografiado; varias veces hemos hablado para realizar alguna excavación pero no se ha hecho todavía.
“Y sobre todo, el descubrimiento del arte rupestre. Existen varias estaciones muy significativas como la Solapa de los Pintores con varios metros de largo y ancho de dibujos atribuidos a los aborígenes en la Sierra de Cabezas”.
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De los fundadores del “Guaniguanico”, Hilario es el único en activo. Durante los años ‘70 y ‘80, existieron siete grupos aficionados en el territorio pinareño. En la actualidad quedan tres con 26 espe-leólogos: uno en Viñales y dos en la ciudad de Pinar del Río.
Causas como las carencias económicas, la escasez en los hogares, la falta de medios técnicos como cuerdas, cascos, linternas... dificultan la organización de las expediciones.
No obstante, Hilario afirma que cuando se efectúan las acciones por satisfacción, vocación y porque son necesarias para el país la práctica resulta un privilegio. “No importa la situación del transporte, la economía, la falta de apoyo de las instituciones. Lo realizamos por el valor de nuestro trabajo, por los resultados, por el aporte a la cultura y al patrimonio del país.
“En el acto por el aniversario 20 de la Sociedad Espeleológica de Cuba, Fidel se refirió a la significación de nuestros resultados no solo científicos, sino también para el desarrollo del turismo. Los malos entendidos son los únicos que le restan importancia a esta actividad, pero aún podemos aportar mucho con apoyo.
“Llevamos años solicitando un local para la Sociedad Espeleológica de Pinar del Río y así contribuir a la vida cultural de la ciudad desde el punto de vista científico, histórico y del conocimiento del patrimonio natural. Poseemos un archivo amplio de información diversa, tanto espeleológica como arqueológica en las casas de muchos compañeros”.
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“Todavía soy el presidente de la Sociedad Espeleológica de Pinar del Río, llevo en el cargo más de 10 años. A veces solicito que me releven, pero me dicen que ya es de por vida, aunque no lo creo, bueno, todavía me mantienen ahí.
“Con Núñez Jiménez participé en tres o cuatro viajes. Cercano a su muerte él me pidió que lo llevara a lugares donde yo había hallado arte rupestre. Ya él tenía 75 años y subió hasta allá arriba.
“En ocasiones llegamos a zonas intrincadas preguntando por una cueva. Entonces nos dicen: ‘Ve a fulano’ y cuando hablamos con él, es una persona de más de siete décadas. Le pedimos que nos indique cómo llegar a la cavidad, sin necesidad de acompañarnos, entonces nos dice: ‘No mi´jo, yo los llevo’. Y coge su machetico y mogote arriba, llega al lugar. Eso me estimula”.
Cuando habla, Hilario Carmenate es muy expresivo, tiene la voz noblota, como la gente de antes, es flaco, casi como una rama y explica cada hecho con el orgullo de los que ofrecen algo a los demás. Hace tiempo, más de 49 años, está obsesionado con los vestigios de épocas anteriores como una vieja lealtad.
Pero vuelve a hurgar por entre los mogotes, las sierras, las laderas de las montañas, los bosques... Y dibuja, con la dedicación de un pintor renacentista, las escenas de las paredes de las cuevas en pequeñas hojas de papel. Todavía permanecerá en labores espeleológicas y arqueológicas hasta los 80 años.
“Y yo –afirma– solo tengo 70”.
Escrito por Elizabeth Colombé Frías y Elena Fernández Silva
Sobre el Autor
Elizabet Colombé Frías
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.