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Preparativos en casa

Inicio del curso escolar / Foto: Jaliosky Ajete

Inicio del curso escolar / Foto: Jaliosky Ajete

Iba con una blusa de algodón a cuadros carmelitas, tipo camisera; un pantalón de mezclilla azul y zapatos negros “de hebillitas”; una maleta roja de material sintético, algo parecido al vinil, con agarradera negra; solo tenía 10 años, pero ya había concluido la enseñanza primaria porque empecé el primer grado con cuatro.

Vestida así llegué a la que me pareció inmensa escuela vocacional José Martí en Holguín. Fueron horas de espera para matricular, tirados en el pasillo, recostados sobre nuestros equipajes, luego el paso a los albergues y a recoger uniformes. Formaba parte del primer grupo y esa semana tuve autoservicio, como si fuera poco, debí fregar bandejas. Apenas si mis manos llegaban al fondo de aquellos rectángulos metálicos, grasientos, donde debía retirar la suciedad mezclada con restos de alimentos, la experiencia junto con el recuerdo de las excelentes comidas de mi abuela me acabó el apetito y ese fin de semana regresó a casa una niña mucho más espigada, que seguía, a pesar del primer tropiezo y la reticencia de sus padres, dispuesta a permanecer en la escuela. Y por 11 años estuve becada, incluidos los del periodo especial y sus carencias arreciadas fuera del seno familiar. Sobreviví y cuando miro hacia atrás fueron años felices, en los que aprendí la mayoría de las cosas que sé y me fui moldeando como ser humano. Pienso en todo ello para tranquilizarme cuando a pocos días mis hijas, con más edad, se preparan para comenzar la secundaria y la universidad. Entre arreglos y sentimientos encontrados, llego a la certeza de que asumía cada nueva etapa como el paso lógico a seguir, y así ha sido para varias generaciones de cubanos. Lo cierto es que por estos días en muchas casas se cose con hilos rojos, amarillos, azules, blancos y carmelitas: las manos de abuela o mamá ultiman detalles sobre los uniformes escolares. Quizás hubo mochila nueva o reparación de la vieja; papeles multicolores y pegatinas aguardan por la llegada de libretas y libros para salir cada mañana, en compañía de los más pequeños, a desentrañar el mundo del conocimiento. Cuentas claras para adquirir calzado, medias, bolsos para meriendas y otros útiles con que la familia complementa el atuendo de rutina para los estudiantes en un nuevo curso escolar, pero sobre todo es un ajetreo que nos pone a las puertas de un acomodo del ritmo. Es como si septiembre trajera el equilibrio: los niños, adolescentes y jóvenes a la escuela, mamá y papá para el trabajo más tranquilos, ellos están seguros. Tras más de medio siglo de educación gratuita, no nos cuestionamos si hay escuela o matrícula. El Estado se ocupa de adecuar la disponibilidad a la necesidad existente y lo damos por hecho, fortuna que nos acompaña a los nacidos en esta Isla. Para algunos es solo volver al mismo centro del que salieron dos meses y rencontrarse con amigos y profesores; para otros es un cambio de enseñanza, un mundo por explorar y al cual adecuarse, un nuevo reto en sus cortas existencias que a veces les asusta, pero por el cual ya pasamos muchos. Nuestra educación no es perfecta, pero sí accesible y como fruto de ella hay miles de profesionales y técnicos. Sin importar el color del uniforme, el nombre de la escuela o su ubicación geográfica, el cuatro de septiembre comienza una fiesta en la que niños, adolescentes y jóvenes pueden escoger qué y cómo hacer su futuro.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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