Ecos de vida
- Escrito por Dayelín Machín Martínez
Nerviosismo y expectación se dibujan en su cara. Una fría corriente de aire recorre la pequeña habitación y el frío de la mesa metálica le hiela la piel. Sus oídos están atentos a cualquier sonido. No es su primera vez realizándose un ultrasonido pero este es diferente.
El gel cae sobre su vientre y el ecógrafo comienza a mostrar las imágenes de su interior para probarle que en su cuerpo vive alguien más, y aunque mil dudas asaltan su mente hay una certeza por encima de todas: lo escogerá a él o ella por encima de la incertidumbre.
Unos pequeños latidos rompen el silencio y le inundan el alma de una alegría antes desconocida. Los ecos de diástole y sístole del prematuro corazón de su bebé recorren todo su cuerpo.
Miriam es una de las tantas mujeres bendecidas con la oportunidad de concebir el milagro de la vida. Y para mayor suerte, vive en un país donde la promoción y protección de los derechos de los niños, -desde que son un embrión en el vientre de su mamá- es un tema de máxima prioridad. País además, con un nivel de atención a la salud comparado con el existente en naciones del primer mundo.
Desde el Triunfo de la Revolución en 1959, el gobierno cubano estableció un permanente compromiso con la niñez. Cuba fue de los primeros países en ratificar la Convención sobre los Derechos del Niño (1991) y previa a ella, ya disponía de un conjunto de normas encargadas de proteger a los infantes, en quienes descansa el futuro de nuestro mundo.
La vida de cada uno es un tesoro que debe ser cuidado con esmero. A ello dedican su tiempo obstetras y pediatras, quienes se levantan por encima del cansancio, provocado por largas y extenuantes horas de trabajo. Los primeros, encargados de asistir a los pequeños durante su gestación y nacimiento; los segundos, responsables de velar por su adecuado desarrollo y crecimiento.
El Estado cubano se ha mostrado como una suprema madre protectora que lucha por garantizar el adecuado desarrollo y bienestar de los niños, garantizándoles un alto nivel de protección y desarrollo, especialmente en relación con la cobertura educativa y la atención a la salud materno-infantil.
En la década del 90 la tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años en Cuba, era de 13, y para América Latina, la cifra era mucho más alta.
Con el trascurso de los años los galenos cubanos se han empeñado en reducir esos números, lo cual se traduce en más vidas salvadas.
Las cifras hablan por sí solas: en 2013, Cuba bajó a un 5,7% y al cierre del primer semestre de 2017, alcanzó una tasa de mortalidad infantil de 4,1 por cada mil nacidos vivos.
Programas de vacunación, promoción a la práctica de la lactancia materna, creación de bancos de leche humana, completo control sobre la transmisión vertical del VIH / SIDA de madre a hijo, hogares para niños sin amparo filial y los servicios de Neonatología, mantienen la supervivencia de los recién nacidos al 99,2 % en todo el país.
Pudieran parecer simples cuestiones, pero son ellas las que dan a Miriam la tranquilidad de que su hijo nacerá en un país donde la seguridad de su bebé importa, y sin tener en cuenta su posición social, color o sexo será cuidado y protegido.
Un país que vela constantemente porque su vida sea plena, sana y feliz y porque cada uno de sus pasos sean seguros, para que de esta manera su viaje por este mundo sea único y los ecos de sus huellas queden sonando hasta su último suspiro y más allá.
Sobre el Autor
Dayelín Machín Martínez
Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca de Pinar del Río, Cuba