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“Aquellas mentes plenas de bondad”

Mario Solano

Mario Solano, sanjuanero que ayudó a cargar el cuerpo muerto de Sergio Saíz Montes de Oca, la noche en que este fue masacrado. / Foto: Januar Valdés

Si Luis Saíz viviera, sería un viejito de 78 años como yo; pues nacimos con unos pocos días de diferencia. Su hermano pequeño, Sergio, fue mi compañero de estudios desde primer grado hasta sexto en una escuela pública de San Juan y Martínez. Allí teníamos nuestra asociación de estudiantes y hacíamos un periódico en un mimeógrafo –un instrumento utilizado para hacer copias de papel escrito en grandes cantidades–. El nombre de la publicación era, si mal no recuerdo, La voz de los alumnos.

Luego Sergio se fue a estudiar a la academia privada La Inmaculada Concepción y al concluir allí, ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río. Mi familia era muy humilde y no tenía cómo pagarme los estudios, así que me quedé en el pueblo haciendo de todo un poco.

Quizá por eso, era grande mi asombro cada vez que él y Luis disertaban en público. Se expresaban de una manera tan poética que uno se quedaba bobo escuchándoles. Hablaban de Carlos Marx, como si lo hubieran conocido en persona.

Sergio tenía una característica, un chaleco reversible que usaba cuando las protestas, de un color distinto a cada lado. Formaba el escándalo con un color, se zambullía en el tumulto de gente y viraba de prisa el yaqui para no ser reconocido por la policía. Era chiquitico y chévere, tremenda persona.

Yo estaba en el cine cuando asesinaron a los jóvenes, a los niños, porque niños eran, a pesar de la sombra tímida del bigote que empezaba a asomar en sus rostros. Escucho los disparos, salgo afuera y veo a una persona en el suelo que mueve la mano derecha, y cuando me acerco, la sorpresa: “¡Coño, pero si es Sergio!”.

Lo tomé por las piernas y otros compañeros me ayudaron a trasladar el cuerpo muerto hasta la casa de Socorro. Allí vi a Luis, embarrado de sangre sobre una camilla.

Y hubo tristeza para siempre en casa de Esther y su esposo el juez.

Mercy, una chica de cabellos rubios y ojos claros, hija del cabo Rodríguez, de la policía de Batista, lloró la muerte de Sergio, su novio y lamentó el tiempo arrebatado a su amor.

Hice guardia de honor junto a los ataúdes, con mi brazalete del 26 de julio. Por un momento reparé en el rostro de mi antiguo colega de estudios y vi que tenía fresca en la cara la marca del fustazo que le había hecho su asesino.

Esther nos convocó a todos a un rincón de la sala y dijo: “Ya mis dos hijos están muertos, yo no quiero que se derrame más sangre en este pueblo. Ustedes van a pasar ahora frente al cuartel de la guardia rural y no van a gritar, esa será la mayor ofensa para los esbirros”.

Efectivamente, había alrededor de seis camiones de servicio y ametralladoras en el techo del cuartel esperando para aplacar cualquier revuelta.

Se regó el falso rumor de la muerte de dos forajidos en San Juan y Esther escribió una carta a una radioemisora venezolana esclareciéndolo todo. Es un documento desgarrador.

Para aquilatar el carácter de los hermanos, basta con que te narre algunas anécdotas: A menudo Luis viajaba a Miami de vacaciones con el padre. Él solía contar que un día subió a un autobús y quiso ceder su asiento a una mujer negra, pero esta rechazó la cortesía y se congregó al final del pasillo con otros negros que, tenían prohibido mezclarse con los blancos. Esta situación indignó al joven cubano, que halló mal hacer diferencias entre unos seres humanos y otros por su color de piel.

En otra ocasión plantaron una defensa del Globo de Cantolla*. Te hablo de una guagua que, por solo 20 centavos, llevaba a los estudiantes sanjuaneros a Pinar y los traía de vuelta a casa. Los dueños de las rutas, estaban celosos de este ómnibus, que, por su precio económico, les obligaba a reducir el costo de los boletos de los alumnos; de lo contrario, los chicos esperaban por la Cantolla. Y nada pudieron hacer los empresarios ante el empuje y las denuncias de Luis y Sergito. La guagua siguió rodando.

En el año ´50 hubo inundaciones descomunales en San Juan y Martínez y muchas personas lo perdieron todo, entonces los hermanos Saíz organizaron colectas de ropa y regalaron sus propios zapatos a varias personas. Me sumé a la gestión de ambos, también otros amigos; pero simplemente nos dejábamos arrastrar por la marea de aquellas mentes plenas de bondad.

*El nombre del autobús evoca el título de una película cómica mexicana que narra las aventuras de tres jóvenes bohemios que se enamoran de tres hermanas comprometidas por sus padres con hombres mayores. El guion fue escrito por Max Aub sobre un argumento de Alberto Quintero Álvarez.

Fragmentos de la carta enviada a Radio Continente, de Venezuela, por Esther Montes de Oca y que fuera leída por Manuel Iglesia en agosto de 1958:

“(...) Yo soy la madre de esas víctimas que no cometieron otras faltas que tener esa edad, ser jóvenes estudiantes y oposicionistas, si tal puede llamársele al que no apruebe los desquiciamientos de un régimen como el que padecemos.

“(...) Mi carta no es una queja; la queja deshonra: es el grito de angustia de una madre que como muchas en Cuba hemos visto cómo el abuso del poder y de la fuerza privan de la vida en el comienzo de la misma, nuestros más preciados y caros ensueños que son: nuestros hijos.

“(...) Yo sé que el pueblo de Cuba sabe cómo fueron asesinados (...) porque a pesar de la dura mordaza de la prensa, la verdad espantada de sí misma saltó murallas, venció obstáculos y se hizo valer sobre el vejaminoso y frío parte oficial que decía poco más o menos: ‘En el pueblo de San Juan y Martínez, fueron muertos al repeler una agresión hecha por la fuerza pública, dos sujetos, que resultaron ser vecinos de aquel lugar‘.

“!No!, mis hijos no eran dos sujetos que agredieron a la fuerza pública, jamás usaron armas, un asesino a sueldo cumplió con ellos una seca orden que se tradujo en dos cortantes disparos que atravesaron sus corazones.

“De sus virtudes no he de hablar (...) De ellos más bien pudieran dar fe, sus maestros, sus amigos y compañeros, sus profesores del Instituto de Pinar del Río y de la Universidad Nacional, donde Luisito, con solo 18 años, cursaba ya su segundo año de Derecho(...) Sergio, con 17 años, había terminado sus estudios de Bachiller en Ciencias y Letras.

“Sobre su sarcófago, sencillo como su vida, reposaba una pequeña ofrenda de sus compañeros de estudio: era su anillo de graduado, que por cruel ironía de su vida, recibiera en ese día.

“(...) Esos eran mis hijos, niños si se quiere, en el orden cronológico, pero hombres dignos en su manera de pensar y actuar que se irguieron verticales en la vida, como lo hicieron ante la muerte.

“(...) Segaron sus vidas como una manera de matar sus ideas, olvidando o desconociendo la frase de Sarmiento: “Bárbaros, las ideas no se degüellan”

“(...) No dejaré que el dolor me amilane, viviré, no feliz, pero sí orgullosa, más orgullosa aún que antes, de ser la madre de Luis y Sergio”

Texto tomado del libro Cuerpos que yacen dormidos de Luis A. Figueroa Pagés.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - osniel dias

    muy interesante el relato y mis saludos para mario solano como un profesional de méritos,

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