Las cartas que callan y dicen
- Escrito por Anelys Alberto Peña
El reloj de bolsillo que Luisito usaba para cronometrar el tiempo de sus clases es una de las prendas expuestas en la casa museo Hermanos Saíz, en San Juan y Martínez
Cuando en septiembre de 1955 Luis Saíz Montes de Oca terminó el bachillerato, su edad no era suficiente para ingresar a la universidad. Entonces esperó a finales de noviembre para matricular, pues el día cuatro de ese mes cumplió los 17 años.
Desde hace décadas, la casa museo de los hermanos sanjuaneros resguarda en su inventario las cartas enviadas por su madre, Esther Montes de Oca, mientras el mayor de los muchachos estudiaba Derecho en La Habana. Solo hace unos meses fueron encontradas las respuestas de Luisito, con preocupaciones e historias comunes de hijo, estudiante, joven, hermano. Así empieza una de ellas:
Habana – 21 – noviembre – 1955
Queridos Padres:
Tan pronto me matriculé oficialmente les escribo. Hoy, gracias a dios, a las 8 de la mañana me aparecí con mis papeles en la oficina y me convertí en alumno oficial del 1er año de derecho en la bicentenaria Universidad de La Habana; y con el número 1897 de expediente.
Amarillentas, las hojas de papel fino muestran los pliegues del tiempo. la tinta azul, más común en las plumas estilográficas de la época, casi transparente, estampa una caligrafía con rasgos rectos y alargados, con una ligera inclinación hacia la derecha.
En algunas no existe mucha elegancia, pero conservan el contorno detallado de la letra inicial, como una mezcla de escritura clásica, con grandes letras capitales y una más juvenil y desenfadada al final de cada palabra.
Las cartas, en realidad, abordan temas comunes de cualquier estudiante universitario lejos de su casa. Y aunque las dirigía a ambos padres, la mayoría eran para su madre por el contenido, que incluía sus necesidades.
De las sábanas te diré: en el escaparate, limpias, tengo 3; sucias, 1, que te mando para allá, y 1 que tengo puesta en la cama. Así que ya no me mandes más, pues con estas me bastan. ¿Qué es lo que tenía el reloj pulsera? El de bolsillo me lo mandaron pero no sirve, pues se le caen las agujas y además un aro que sujetaba la esfera.
Las preocupaciones de Esther variaban en torno a la hora de levantarse, el peinado, a si los zapatos estaban brillosos, a las ideas que compartía con sus amigos, a lo que comía, a los exámenes, a lo que hacía en sus ratos libres, con quién se reunía...
Estaban reflejadas en líneas acostadas sobre los renglones de páginas de libreta, casi siempre a lápiz y con rasgos ligeros como las maestras de su tipo, de esas que al parecer hacen muchas cosas al mismo tiempo y a todas les dedican la misma atención.
El intercambio entre ambos era de forma coloquial. En ocasiones ella solo se limitaba a responder las preguntas que le hacía en algunas de sus misivas anteriores. Sus enseñanzas estaban relacionadas con los ideales martianos y de orgullo por la Patria. Por aquellos días, Esther tenía 45 años de edad y 29 como maestra normalista. Había trabajado en una escuela rural multigrado y en la instrucción primaria.
Luisito se mostraba un poco más desenfadado en su escritura y en algunas evitaba que los detalles afligieran a su madre. Como los cinco pesos que tomó de su presupuesto para permanecer en La Habana y con ellos completó el costo de la matrícula, que supuso solo eran 20. Como los posibles impedimentos para entrar a la universidad por su edad. Como los rutinarios problemas en las familias.
Según me dices a Sergito se le quitó el sarampión y lo cogió Orquídea. Anoche se lo dije a Chela; y me dijo que se cuidara Orquídea pues después de una enfermedad de esas se tienen las defensas caídas (consejo de vieja).
Al parecer también ocultaba algunos detalles de su vida diaria, de los que consideraba más peligrosos las manifestaciones y acciones junto al Directorio Revolucionario (DR) o como delegado de la Federación Estudiantil Universitaria de su curso.
Se había incorporado de inmediato a las células del DR tras su fundación el 24 de febrero de 1956, por José Antonio Echeverría. Según artículos basados en testimonios de amigos, él y otros jóvenes aprendían el manejo de las armas con Joe Westbrook, Fructuoso Rodríguez y Faure Chomón.
En el número 41 de la calle Martí en San Juan y Martínez aún se conserva la corbata roja que usaba en los días de acción revolucionaria. La misma que trajo en 1956 para su pueblo cuando cerraron la Universidad. Ese pedazo de tela se convirtió en la señal para reuniones del Movimiento 26 de Julio en el municipio vueltabajero. Cuando la llevaba puesta, las palabras no eran necesarias, mucho menos para su hermano.
Para Sergio el tiempo de vida fue más corto, ni siquiera pudo enviar cartas desde la Universidad mientras cumplía su sueño de ser médico o abogado, tal vez.
Su obra fue la de defender como secretario de la Asociación de Alumnos del Instituto la erradicación de los fraudes en los exámenes, la venta de notas y el amiguismo con los profesores para obtener buenas calificaciones.
Desde entonces y hasta que fue asesinado con 17 años, fijó su objetivo para no apartarse de él. Y así estallaron las convenciones, con su carácter casi sin rastros para la subjetividad, como una muestra perenne de osadía: en una huelga de apoyo a los universitarios que participaron en las acciones del 13 de marzo de 1957 donde leyó un documento en nombre de los alumnos del Instituto de Pinar del Río que tituló ¿Por qué no vamos a clases?
“Ser estudiante no es solo repetir en un examen materias, la mayor parte de las veces aprendidas ligeramente, ni asistir todos los días a clases y hacer de vez en cuando una trastada (...) es llevar en su frente joven las preocupaciones del presente y el futuro de su país (...) Es sentir muy dentro un latir de Patria, es cargar bien pronto con las responsabilidades de un futuro más justo y más digno".
Poco tiempo después, en agosto de ese año, y esta vez junto a su hermano, realizó otra huelga. La dirección del M-26-7 en la provincia lo nombró responsable de acción y a Luis coordinador municipal.
Quizás ese día, aunque en secreto, fue de festejos para los dos hermanos que compartían el orgullo de ser parte de algo, o solo entre los otros miembros del grupo existió la alegría de los que callan una gran tarea o no, a lo mejor, solo ocurrió una reunión en la que se hacía oficial el nombramiento con aires de solemnidad.
Pero fueron más frecuentes los actos de protestas, los sabotajes, las pancartas, las consignas, las arengas, los carteles en contra de Batista, la agitación en las calles, las tánganas... y con ellas la persecución de la guardia rural y las investigaciones y las búsquedas...
Y ocuparon un plano de mayor importancia. Hasta que en agosto del '57, las calles de San Juan se tornaron, quizás, más melancólicas junto a sus cuerpos exangües para usurpar el espacio entre la valentía por el compromiso político y los anhelos, las decepciones y el desenfado juvenil, ahora plasmados con tinta en pequeñas hojas amarillentas. Y ahí está el infinito.
Queridos Padres:
Llegué bien. Hoy llamé a Chela y dice que tía María está bien. Violeta y Antonia igual. Aquí las clases normales. Ya me fijaron todos los exámenes. Mañana sábado les escribiré con mayor longitud. Ahora Miriam se va. Recuerdos a todos y al viejo que pase su día very happy.
Escrito por Anelys Alberto Peña y Elizabeth Colombé Frías
Luis y Sergio fueron los únicos hijos del matrimonio de Esther Montes de Oca y Luis Saíz Delgado
La corbata roja de Luis se conserva en su caja original
Sobre el Autor
Anelys Alberto Peña
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca