Recuerdos del alma
- Escrito por Magda Iris Chirolde López
Foto de la autora
Quien la conozca por su físico en estos instantes no creerá su origen. De siempre vivió en Punta de Cartas, uno de los Consejos Populares del municipio de San Juan y Martínez.
Ella es de tez blanca y muy fina, ojos azules como el mar, mediana, delgada, con un cabello semejante a la nieve y con manos refinadas, las cuales aún transmiten un ligero calor a pesar de sus 87 abriles.
Ríe como en sus viejos tiempos, busca en los recuerdos los mejores momentos y junto a Evelio Nodarse Muñoz, su marido, evoca inolvidables anécdotas de sus años bien vividos.
Paula Esperanza Izquierdo Cordero nunca perdió la fe en el amor, dice que la confianza y el respeto son los principales elementos que lo mantienen latente. Es por eso y mucho más que conmemora las bodas de platino, los 65 años de casada.
Evelio es más serio, aunque deja escapar alguna sonrisa y si se trata de cómo conoció a su esposa, ahí su rostro cambia. Revive con añoranza la época de los elogios, el cruce de miradas, los grandes paseos por los pueblos de la región tomados de las manos, los tiernos besos de pasión y la felicidad de crear una familia.
Como abejas en un panal llevan los quehaceres del hogar. Lo mismo barren, que limpian, cocinan, arreglan la cama, lavan y en los espacios libres ven el noticiero, la novela, los programas musicales, sobre todo, los de época, y escuchan la radio.
Ambos provienen de familias que inculcan buenas costumbres o normas de educación, prevaleciendo la honestidad y la sencillez.
Esperancita, como sus vecinos la llaman, recuerda a su padre Juan Izquierdo Rodríguez muy lindo y con abundante cabello, a quien los españoles lo recogieron en la guerra cuando era pequeño y lo entregaron a un señor que se llamó Cirilo Perdomo, jefe del puerto.
“Mi madre sí era española. Éramos siete hermanas y nos criaron en un ambiente cariñoso, lejos de peleas. Crecimos y durante ese tiempo llegaron los Navarros, aquellos que trajeron el desarrollo a Punta de Cartas”.
¿Por qué se llama así?, le pregunto.
“Según la leyenda los cubanos colgaban cartas en los gajos del mangle que imperan en la punta de la playa.
“Antes era un lugar efervescente. Había muchas casas hermosas que fueron alquiladas. Esto era bello con viviendas en el mar, cruceros y en temporadas de visitas resplandecía la playa. La pesca era lo más que se practicaba. ¡Imagínate la cantidad de gente, que mi madre no nos dejaba salir!
“Con el transcurso de los años llegaron de Pinar del Río otras personas adineradas, quienes estuvieron a cargo de la construcción de una fábrica de embutidos de bonito, langosta y sardinas. Trabajé ahí desde los 14 años, pero cuando triunfó la Revolución cubana la trasladaron hacia otro lugar”.
***
Esperanza afligida reconoce que los años sí pasaron por Punta de Cartas.
“Ahora no queda nada ni la fábrica ni una unidad de guarda fronteras que existió, solo una pequeña tienda cerca del mar, algunas casuchas ya en mal estado y pedazos del antiguo y codiciado muelle.
“Nunca salimos de aquí por ningún motivo, hasta que llegaron los ciclones. Si mal no recuerdo sucedió con Isidore y Lili, pasé esos tristes días con mi hija en La Coloma, y a Evelio lo evacuaron para San Juan.
“Lili arrasó con el techo de mi casita, nada pudimos hacer para rescatar nuestras pertenencias. El tanque del agua lo encontré entre unas plantas. Desconocí el paradero de los escaparates y muebles, lo perdí todo y actualmente coloco cubos debajo de algunos agujeros y cubro con nylon tramos de la cama para evitar que se moje.
“Iván pasó muy cerca y también dejó sus estragos. Fue el más impactante. Ni a Evelio ni a mí nos darán casa, eso dicen, y queremos vivir el resto de nuestra existencia en un lugar más aceptable, aunque deje atrás mi querido hogar, ya somos muy viejitos”.
***
En conversaciones como estas no quedan atrás las historias de pueblo.
Existió una vez en el mar una casa de un matrimonio español. Según le contó a Esperanza su papá, ellos tenían un hijo, quien estaba al cuidado del calesero de la familia. Un día la playa fue amenazada por un ciclón y mientras la marea creció la señora de la morada le insistió a su marido salir del hogar.
Previo al suceso, la mujer le dio al calesero una bolsa con dinero, y le pidió que se fuera para San Juan y Martínez con su niño para salvarlo y lo cuidara en caso de que sucediera una tragedia, la cual resultó la muerte de ambos en el mar.
Contaron los vecinos de aquel entonces que a cada rato veían a una señora con una maleta en la mano sentada en la curva de la carretera y a pesar del largo período, hoy pobladores de Punta de Cartas aún la ven, pero sentada en el muro de la playa.
“Mi hermana es testigo de eso, también la vio, vestida de blanco y con pelo largo”, afirma.
Esperancita emocionada narra el día que capturaron a la caimana que forma parte de las colecciones que se exhiben hoy en el museo de Ciencias Naturales de la capital Vueltabajera.
“Una noche, un señor colocó la red para pescar y a la mañana siguiente algo pesado estaba enredado. Era la caimana, aquella que quizás se comía los cochinos de los vecinos. Mi marido me avisó urgente y fui a verla, era grande. Entre todos los hombres la arrastraron hacia la orilla, la amarraron y luego de varias gestiones la trasladaron al museo”.
El destino decidió que Paula Esperanza y Evelio se unieran en vida. Los dos aseguran que les dieron a sus descendientes todo el cariño, cuidados y educación que llevan los hijos.
Y volviendo sobre el amor entre cónyuges, Esperancita define el término de la siguiente manera, con un fragmento de una décima, de aquellas que tanto gustó escribir en sus viejos tiempos:
“No sabe lo que es casarse lo que esta palabra encierra; unirse dos en la tierra para jamás apartarse; quererse bien, respetarse; vivir bajo un mismo techo; tener el mismo derecho, cual las aves en el nido; sentir un mismo latido de un pecho hacia el otro pecho”.
Foto de la autora

Sobre el Autor
Magda Iris Chirolde López
Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río, Cuba.