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De las seis, la hermana más pobre

Pinar del Río dejó de ser la Cenicienta

Pinar del Río dejó de ser la Cenicienta

¿Antes de 1959 que era Pinar del Río? Sería la perfecta pregunta para un examen de conciencia, que no se hace en las escuelas, sino aferrado al pupitre de la vida. Y lo correcto es decir: Pinar del Río fue una parodia de provincia en manos de terratenientes y políticos.

Esos señores, senadores y representantes, eran la imagen del Liborio vueltabajero en el Capitolio nacional, por el voto servicial de su pueblo, obtenido de una minoría convencida y otra gran mayoría sin remedio, que pagaba algún favor o creía que realmente la suerte iba a cambiar. De las seis hermanas estaba la más pobre, la llamaban Cenicienta, sin importar su laboriosidad y su bondad. A las personas les gusta oír historias bonitas y esta no lo fue, al menos es muy sincera, con apego a la verdad. El pinareño siempre ha sido presumido al vestir y para su hogar, se lo proporcionaba una cadena de comercios bien surtidos, con ejemplos notables como Mi tienda, Casa Capó, Villalba, El Fuego, El Encanto, Encarnación modas, La Campana, La Rosita, la India, el Bazar cubano, el Palacio de Cristal y otras. Usted en la ciudad podía degustar un sándwich en cualquier cafetería, por ejemplo Labiada con sus media noche, sus batidos y el hidromiel; confituras había en cualquier parte, desde las más finas hasta las criollas y artesanales. Con menos de dos pesetas almorzaba en una fonda y esto, en la añoranza, resulta muy bonito, nostálgico. Las muchachas de noches, los fines de semana paseaban a lo largo de la calle Real, - no le decían Martí-, y los jóvenes se apostaban para piropearlas, siempre muy decentemente, la grosería no había nacido y si había alguna, estaba en pañales. Pero había otro Pinar, más grande, eran los centenares de desempleados, los campesinos sin tierras o los aparceros que entregaban hasta la mitad de la cosecha; un peso era una fortuna, por eso el salario era bajo –esa es la argumentación- pero bastante lejos estaba ese peso del pueblo. Las casas de campo pocas tenían piso de cemento, como si el amor a la tierra fuera tanto; en las ciudades pululaban los barrios marginales y las cuarterías. La gente se casaba y perdían la esperanza por tener un techo, algunos el noviazgo lo extendían 20 años por esa razón. Y existía el desahucio, el que pagaba renta y se atrasaba iba a la calle; en el campo era diferente, el desalojo podía ser porque el dueño quería aumentar los animales en la finca y estorbaban los humanos –si eran pobres-, o porque no le resultabas simpático. Los negros, cuando iban a una fiesta tenían una soga que los separaba de los blancos, eso no es secreto, pero hace falta memoria. A las mujeres se reservaban pocas posibilidades de empleo: escogidas y despalillos para las de mucha suerte, sin garantía cuando llegara el embarazo; en los peladeros de naranja y de guayabas, en labores menores en la poca industria de alimentos, lavando pa´fuera como se decía en la época o de domésticas, palabra rimbombante para las criadas. También estaba el poco digno “empleo” de la prostitución, que incluso ni ellas eran dueñas de la herramienta de trabajo, porque merodeaba la figura del chulo que a fin de cuentas administraba todos los recursos, principalmente el financiero; en esa fauna se alienaban otros como el garrotero, que prestaba centavos y cobraba pesos. Era otra provincia, se extendía hasta Mariel y tenía una optimista canción que decía “Pinar del Río qué lindo eres de Guanajay hasta Guane...” Los más cercanos a la Capital tenían otras posibilidades, incluso Artemisa llegó a tener hasta una embotelladora de la Coca Cola, pero ¿qué quedaba para Guane y sus remates?, para Mantua y todo el extremo occidental, extremo hasta en calamidades. El Día de Reyes no todos los niños tenían juguetes, aunque los del área urbana gozaban de más suerte, quizás alguno se beneficiaba con las damas católicas o un buen samaritano del comercio; pero los que en casi harapos vendían “catauritos” de guayabita del pinar por unos centavos en la carretera a Luis Lazo, o los que cambiaban botellas de cerveza por medio quilo o de refrescos por dos, para llevar azúcar a la casa, o hacían mandados por cinco. No, esos no recibían juguetes. No les voy hablar de la salud, sabemos cuán precaria era, aunque por suerte, en muchos lugares existían médicos bondadosos que atendían gratis y hay anécdotas de casos que tuvieron que comprarle el medicamento al enfermo o hacer que el boticario, con el que existía relación comercial, se lo pusiera en su cuenta. Y ahora que digo cuenta, en muchas bodegas la lista del fiado (la gente decía fiao, para pagar después) era tan larga como la esperanza del bodeguero de cobrar un día, eso era posible por la solidaridad; ahora muchos ven a los comerciantes de antaño como estafadores, pero al principio prometimos honestidad y si no lo hacemos, entonces no estamos hablando de los pinareños. De la salud hay dos extremos, el empeño del grupo de caballeros del Comité todo por Pinar del Río buscando higienizar el entorno y hacer lo que no se ocupaba la gobernación estatal y la contrastante imagen de las muchachas con una alcancía de lata, pidiendo para el Programa de lucha contra el cáncer. Al principio hablamos del chulo y el garrotero, pero dónde dejan al sargento político, figura propia de la época, que buscaba el voto y aseguraba una cartica para un ingreso, una operación o la promesa a una madre de que cuando su hija se graduara, el político le conseguiría una plaza de maestra, que era por oposición. A la fauna negativa se asociaban policías y guardias rurales, pero como diría Pánfilo... esa es otra historia. De todas formas le pongo dos ejemplos: no había auto que pasara por el cuartel de Guanito que la guardia no lo revisara pulgada a pulgada, y total, la dinamita iba en la goma de repuesto. Otra, era la impunidad, recuerden como Margarito –así se llamaba el susodicho- asesinó alevosamente a los hermanos Sergio y Luis Saiz Montes de Oca... y nada pasó. Realmente la provincia no era el paraíso que algunos pintan, es más, ni los vueltabajeros tenían ojos para las bellezas del valle de Viñales, ni María la Gorda y otras exquisiteces de hoy; si se hablaba de Soroa era como de algo supra terrenal, no al alcance de todos los mortales, y menos los mortales muertos de hambre. Tampoco se puede negar, había personas agraciadas que recibieron beneficios de compañías norteamericanas como los de Minas de Matahambre SA y los de Cuban Land, por citar dos, que formaban una clase media acomodada, pero minorías al fin, en el inmenso mundo provinciano. También había clubes privados, liceos para fiestas y balnearios reservados. Y si quieren saber más, Matahambre ofrecía los dos extremos, el del pobre pobre y el del minero que adquiría los alimentos para el mes y se los llevaban a la casa, se daba el lujo de perder un capital en peleas de gallo y podía hasta comprarse un auto. En el máximo extremo estaban los americanos, con su único campo de golf que ha conocido la provincia, allá en Santa Lucía y sus casas de ladrillos rojos y ventanas de cristal como en el oeste avanzado. Esto son solo pinceladas, sinceramente la verdad es más grande aún. Gente que ha vivido más la conocen, a muchos les interesa aprender y otros prefieren olvidar. Pinar del Río después del remozamientoPinar del Río después del remozamiento

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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