Actualizado 20 / 11 / 2019

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Carne y espíritu

Padre e hija sentados en la acera

No es alto ni corpulento, al contrario, delgado, de estatura media, y dotado de una gran agilidad, se agacha en medio del trillo, deja sus cubos en el suelo y acordona unas pequeñas botas de gamuza roja que calza su ayudante.

Ella lleva una pequeña lechera plástica de igual color que los zapatos, y su agua se derrama constantemente; es trabajoso llenar tan diminuto recipiente con el balde del que saca agua del pozo, pero no hay queja alguna, una y otra vez hacen el recorrido de pocos metros hasta que queda lleno el tanque en el patio para facilitar las tareas domésticas. Durante el tiempo que dura la faena, la niña no guarda silencio ni un instante, tampoco lo hace cuando viaja sobre una carretilla que él conduce a través de los potreros en busca de frutas, especialmente ciruelas rojas, por las que ella tiene predilección. Si calla, lo hace solo para llorar aquel día en que tragó una semilla de tamarindo y alguien dijo que en su estómago crecería un árbol y saldría por la boca, los ojos y los oídos, el miedo y el desconsuelo se volvieron lágrimas, entonces él, improvisó en medio de la noche el brincar al pon, a la luz de la lámpara de alfabetizadores que sobrevivía en el hogar y los sollozos se hicieron risas. Le enseñó cómo defenderse, porque una mujer no puede andar por el mundo a expensas de los puños de otro; fue su niño para jugar a las casitas y hasta le hizo regalos en el Día de las Madres, para que la simulación de roles fuera más veraz. La cargaba de pie para complacerla, aunque la estatura de la que llevaba en brazos ya emulaba con la suya; le enseñó a beber, para que ningún hombre abusara de ella valiéndose del alcohol; la adiestró en matemáticas, conjugaciones verbales, en el hábito de la lectura y de la inconformidad. Alguna que otra vez guardó la risa y puso cara seria para señalarle sus errores, se disgustó con sus decisiones y aunque no las entendió, nunca la abandonó. Ha pasado el tiempo y el afecto cambió y creció, se tiende de una punta de la isla a la otra y se sostiene con las palabras que el teléfono acerca cada día, ahora ella se preocupa por él, que ni siquiera, peina cabellos encanecidos, porque la calvicie le robó la cabellera, ayudada quizás por los desvelos para alimentarla y vestirla en los tiempos de periodo especial y estudios universitarios. No se han dicho muchas veces te quiero, porque no ha hecho falta; como en toda vida han estado los momentos alegres y tristes, pero cada uno sabe lo que siente el otro y la frase precisa surge de manera espontánea. Él replicó su amor porque ella trajo prole al mundo y se le multiplicó el corazón, volvió a los primeros juegos de ser niño para beber en diminutas tazas los supuestos brebajes que elaboraron, fue paciente cuando apareció un juego de medicina y hasta cliente con uno de manicura. Los años no le han endurecido la ternura, y cuando él se acerca, ella se achica porque no ha necesitado saberlo fuerte o corpulento para resguardarse del mundo con su cariño; y es que no importa cuál sea el primer recuerdo de mi padre o el último que me deje, porque su presencia en mi vida es más que lo anecdótico y la elección de momentos, está en mi espíritu, en mi cuerpo y mi sangre. No solo por determinación biológica, sino por su voluntad de formarme y amarme. Papi ha sido el puente sobre el río, a la vez la corriente que se despeña bajo él, las barandas que me sostienen y el camino que sigue más allá. Para él y los que como él han sabido desdoblarse para estar al lado de sus hijos, los de simiente y corazón, en cada instante, vaya en este tercer domingo de junio más que una felicitación, el agradecimiento de quienes hemos disfrutado esa capacidad, conscientes de que es un privilegio, sin exclusiones porque contiene a nuestros hermanos y nos ha hecho mejores seres humanos. ¡Felicidades papás!

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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