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El poeta insatisfecho

Juan Alberto Izquierdo Barrera

Juan Alberto Izquierdo Barrera

La Ceiba, árbol sagrado de los yoruba, es todo un símbolo para los vecinos que la contemplan al frente de sus moradas, no es bendecida por la tradición enraizada de celebraciones a su alrededor, esta es peculiar, en su tronco no existen santos hechiceros, ni centavos como ofrenda de rituales, sino, tarecos desechados que enuncian la ruptura con las prácticas de tiempos antaño. La alegoría deviene de sus santos frutos, de los que se desprenden copos lanosos en esta temporada, cada cuatro años.

Contemplando la singular escena se encontraba Juan Alberto Izquierdo Barrera, el poeta del barrio, cerca de los 12 plantas del reparto Hermanos Cruz, quien con sus 85 años buscaba una fuente de inspiración para regalar una de sus armoniosas odas. Al decir de él, “al triunfar la Revolución yo era parte de esa gente humilde, de campo, pero como ya tenía familia e hijos con problemas, necesitaba un sustento, entonces, desde el mismo ‘59 empecé como obrero en la construcción para recibir un jornal. En esos 20 años trabajé en Viviendas Campesinas y Obras Públicas”. “Construí casas en muchos lugares, hasta que fui para Sandino, allí di mucho pico y pala; después pasé a construir la primera secundaria en el campo, Comandante Pinares. Posteriormente ayudé hacer la EPEF pinareña y al cabo de 14 años de estar de jefe de mantenimiento en la Universidad me jubilé con 117 pesos, pero Fidel me llevó a 242”. “Él es mi inspiración: –Cuando supe de su muerte el 25 de noviembre, sentí un dolor muy fuerte, fue muy grande: ‘Dos lágrimas me asomaron, pero fue solo un momento, al sacudirme violento en el suelo se estrellaron. \ Rápidamente secaron para seguir adelante, su ejemplo será constante, y puede contar conmigo, es por eso que le digo hasta siempre comandante./ Fidel se marchó de aquí, ya todo el mundo lo sabe fue a reunirse con Chávez, Bolívar, el Che y Martí. / Yo que su admirador fui lo recuerdo a cada instante, el pueblo sigue adelante cumpliendo con la tarea, donde sea y cómo sea hasta siempre Comandante’”. –Cómo se inició en la poesía, le pregunto. – Cuando comencé apenas tenía 10 años, y escribí una pregunta en una décima, y eso no es fácil contestarla, explica una y otra vez, y también escribí la respuesta. Y la pregunta dice, porque todavía la tengo en mi memoria: La pregunta: “Oye mi pregunta humana, contéstame espinela, cuántas vueltas da rueda desde Santiago a La Habana./ Contesta de forma sana si es que puedes contestar, yo te voy a preguntar con mis mayores anhelos cuántas estrellas hay en el cielo y cuántos peces hay en el mar./ La respuesta: “Te diré de forma sana porque he sacado la cuenta./ En el cielo hay 1 050 estrellas porque yo las conté./ De los peces te diré, hay un millón, cantidad enorme, y si no queda conforme, vaya y cuéntelas usted”.

Y sonríe, alejando un poco la nostalgia, quizás de muchos recuerdos... –Aquí hay un compañero que se llama Leonel Díaz, jefe de los combatientes, él tiene guardada más de 100 décimas de las que me encarga cuando hay una actividad, él va las lee y las conserva.

–Te crees un hombre realizado. Lo provoco. – “No, que va, soy un eterno insatisfecho. Mira te explico. En el año ‘72 pasé una escuela de instrucción en el Micons y fui el mejor expediente del curso, y de ahí me hicieron jefe de brigada, y me enviaron de segundo armando de Esteban Díaz, en la construcción. “A los cuatro años no me habían subido el sueldo, entonces me dijo el compañero que llevaba el salario, que había plaza de jefe B, pero salario no. Tenía que trabajar un tiempo para hacerme una evaluación y aumentarme el salario, o sea, tuve que trabajar como responsable B y ganar como C, como tres años más. “Cuando plantee que me iba, en una reunión me dijeron de la Empresa que me iban a evaluar, entonces saltó el jefe mío y refirió: ‘Mi´jito, a mí se me olvidó’. Ya había pasado todo ese tiempo. Hay cosas que no se pueden olvidar”.

–¿Esta casa te la ganaste en la construcción?, le pregunto. –“Qué va, a pesar que fui un trabajador integral, no estoy conforme con lo que me hicieron. Fíjese, yo trabajaba día y noche, sábado y domingo. A mí me dieron una casita de segunda mano, bastante malita, ¡con lo que yo trabajé hasta el año ’92!, nunca me vendieron materiales para que me hiciera una casa en Galafre Viejo, en donde yo quería. “AL lado de la Arboleda había unas oficina del DESA, y al desaparecer este, sacaron un apartamento a nombre mío y se lo dieron a un funcionario, y a mí me dieron la casita que él dejó, todo ocurrió sin hablar conmigo, cuando me fui a ir del Micons apareció que esta era un medio básico y que tenía que dejarlo, pero como yo lo pagaba, tuvieron que otorgármelo.

– “¡Condecoraciones! He tenido en los CDR, en las milicias, la comunidad”. Al mencionar la familia, expresó. –“Tengo cuatro hijos, de ellos dos con problemas”. –Problemas de salud, insisto. –“Sí, son semianormales, el primer hijo mío nació en el año ’57 con problema, ya va a cumplir 60 años, y a este y al otro, a los dos, los tengo bajo mi tutela, porque ellos no se han podido valer por sí mismos. –“Los médicos me explicaron que lo mío y la señora era problema del factor. Los otros dos están bien, uno vive en Herradura y el otro es enfermero. Los que tienen problemas tienen que estar conmigo hasta que yo me muera, aunque sé que no se quedarán desamparados”. Volvió a contemplar la ceiba, ya solo caían hilachas algodonadas, que como bailarinas danzaban movidas por el viento, cuando se inspiró nuevamente: –“Yo escribo, porque escribir me da paz, me da vida, es igual que la comida que como para vivir./ Yo digo, porque decir es señal de honestidad, quien anda con la maldad, esa que encoge y estira, anda con la mentira y tiene miedo a la verdad”.

Sobre el Autor

Fermín Sánchez Bustamante

Fermín Sánchez Bustamante

Graduado del Instituto Superior Pedagógico en Pinar del Río, Cuba. Diplomado en Periodismo Internacional.

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