Principito
- Escrito por Dayelín Machín Martínez
Su imaginación lo lleva a los lugares y aventuras más inesperadas. El juego es su pasión. En sus padres ve el refugio más seguro. Dice lo que piensa sin estar analizando el qué dirán. Da amor sin esperar nada a cambio.
No está pendiente de la vida de los demás. Solo se preocupa porque sus juguetes se porten bien, que no falten el beso de mamá y papá antes de irse a dormir, ver en “loop” su película favorita y que el horario de juegos nunca llegue a su fin. Ve solo con el corazón. No le da prioridad a las cosas materiales. Lleva alegría a todo lugar donde va. Busca amigos por el tamaño del alma y no del bolsillo. Cree en un mundo de fantasía donde se hacen realidad todos los sueños, en los cuentos de hadas, los héroes y heroínas, en la magia, en los duendes, en los súper poderes, en que un beso sana una herida, que mamá es invencible. Su inocencia lo lleva a confiar, a encontrar siempre lo bueno dentro de lo malo, a convertir en risa el llanto y a creer que todo es posible. No le da miedo llorar delante de las personas, ni exponer sus sentimientos al mundo. No lleva máscaras, se muestra ante la gente tal cual es. Es perseverante en sus metas y cuando se propone algo es muy difícil que alguien lo convenza de renunciar. No sabe lo que es odiar porque en su corazón no hay espacio para ese sentimiento. Da cariño a sus padres, hermanos, primos, a la familia que conoce por primera vez, a la vecina, a los compañeros de trabajo de papá, al viejito solitario de la esquina, a su mascota y hasta al pollito que en la mañana viene al patio a pedir comida. Cada día cambia de profesión. El lunes será astronauta, el martes maestro, el miércoles policía, el jueves doctor, el viernes inventor, el sábado pelotero y el domingo solo quiere ser un niño feliz. En muchas ocasiones comprende más de la vida que los propios adultos. Es asombrosamente inteligente y sorprende con comentarios que deja a todos con la boca abierta. La infancia es una época pura, donde la felicidad se encuentra en los detalles más sencillos y se le da importancia a las cosas que verdaderamente la tienen. La añoranza por esa etapa es un sentir que casi todas las personas han experimentado, y es que se llega a ser tan feliz. Sus recuerdos son atesorados como un valioso tesoro. Los más afortunados no se afectan por el paso de los años, y siguen sintiéndose y siendo niños sin importar que las canas comiencen a asomar a sus cabellos.
Sobre el Autor
Dayelín Machín Martínez
Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca de Pinar del Río, Cuba




