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Miguel y la leyenda del tesoro de Mérida

Miguel es el hombre que más ha buscado el tesoro de Cabo Corrientes.

Miguel es el hombre que más ha buscado el tesoro de Cabo Corrientes.

Miguel García Ferro vuelve a partir hacia el monte. Lleva el jolongo a la espalda, el machete a la cintura, y la fe en que la suerte por fin le sonría.

Nunca ha contado las veces que ha emprendido la misma aventura, pero asegura que deben ser más de 300. La primera fue hace 33 años. Había llegado a Sandino para visitar a unos amigos de su Camagüey natal, cuando conoció la leyenda del tesoro de Mérida. Obnubilado con la historia de la gigantesca fortuna, que según la tradición oral fue ocultada en algún punto de la península de Guanahacabibes a mediados del siglo XVII, viajó primero al poblado de Manuel Lazo, en busca de las personas que más sabían del tema. Durante varias semanas indagó aquí y allá, escuchó con atención, y se fue conformando en la mente su propio derrotero hacia la famosa mina de Cabo Corrientes. “Cerca de María La Gorda, a la izquierda, hay una vereda que lleva a un lugar con unas piedras muy grandes. Si quiere buscar, vaya ahí”, le dijeron y así lo hizo. Se levantó a las cinco de la mañana, enfiló hacia la península, y no volvió hasta que se hizo de noche. Tres días después, con nuevas referencias de personas que conocían la historia, un poco de arroz cocinado, pan y jamonada en el jolongo, Miguel regresó al monte, y aunque esa vez tampoco tuvo suerte, decidió que no dejaría de intentarlo hasta dar con el tesoro. A su casa de Altagracia, en la provincia de Camagüey, nunca más regresó. Consiguió trabajo en la granja tabacalera de Sandino, y tiempo después, pasó a la brigada de mantenimiento del politécnico de veterinaria. Por aquel entonces, solo podía adentrarse en Guanahacabibes durante el mes de vacaciones y los fines de semana, pero desde el año 2003, tras un accidente de trabajo que le dañó un ojo e hizo que lo jubilaran por peritaje médico, Miguel se volcaría a tiempo completo a perseguir la fortuna, en las entrañas de la península. Aun cuando es difícil discernir cuánto hay de realidad y cuánto de leyenda en torno al tesoro de la Catedral de Mérida, para los habitantes del extremo occidental de Cuba hay dos hechos inobjetables: las historias de Claro Lazo y de José Antonio Canga. Ambos – el primero a finales del siglo XIX y el segundo hacia la década de 1930-- volvieron de la zona de Cabo Corrientes con un puñado de onzas de oro, asegurando haber encontrado la mina, que es como le dicen allí a los enterramientos de dinero. Sin embargo, los dos murieron antes de que pudieran regresar con los medios necesarios para sacarla. Claro, por una gangrena mal tratada, provocada por un clavo herrumbroso que le atravesó la alpargata, y José Antonio en un accidente de tránsito. Para Miguel, que escuchó los relatos de parientes muy cercanos a los dos hombres, no hay mejor prueba de que el tesoro existe. “¿Cómo va a ser mentira, si la gente vio las monedas?”, dice. En par de ocasiones se ha perdido en el monte, pero eso fue al principio, antes de aprender a orientarse por el sol y el sonido de las olas. “Una vez estuve cuatro días dando vueltas, sin saber dónde estaba. Casi me muero de sed, porque en el Cabo es muy difícil hallar agua dulce”. En total, Miguel (a quien todo el mundo conoce por el sobrenombre de Tulupío) ha llegado a pasar hasta un mes y medio sin salir de la península, durmiendo en las cuevas y alimentándose de las iguanas, las jutías y majás, que caza con su machete. Desde 1984 sigue la pista de cuánta fortuna la tradición oral asegura que fue escondida en esta tierra remota, por los cosarios y piratas que se asentaban aquí para organizar sus fechorías. Muchos accidentes geográficos de Guanahacabibes llevan el nombre de alguno de aquellos temibles ladrones de mar, y en el imaginario popular siempre ha existido la creencia de que en ellos se escondieron tesoros. “Yo he buscado en las playas Antonio y Resguardo, en la cueva de Perjuicio, en las tumbas de Noroña. En todos esos sitios hay dinero bueno”, dice Miguel pero advierte que ninguno se compara con el tesoro de Mérida, con sus barriles de alhajas y monedas, y su crucifijo de oro macizo de tamaño natural. Por eso ha pasado la mayor parte de su vida en la zona de Cabo Corrientes, tratando de dar con él. A sus 57 años, es una especie de reliquia viviente de este lugar, donde los límites entre la historia y la ficción se confunden, a la manera de eso que Alejo Carpentier denominara “lo real maravilloso”. Ni la carretera que se terminó de construir en el 2010 para facilitar el acceso a la península, ni las primeras instalaciones turísticas, ni los cruceros que arriban desde hace algún tiempo, ni ningún otro indicio de la modernidad, ha logrado cambiar eso. Y a pesar de que el oro de los piratas –que se sepa— no ha aparecido, para los habitantes de estos 1060 kilómetros cuadrados de selva y diente de perro, ello solo significa que sigue ahí, en algún punto en el que todavía no se ha buscado bien. Miguel García Ferro, el hombre que durante más de tres décadas no ha parado de registrar la península, así lo cree: “dónde está, nadie lo sabe, pero de que la cosa existe, es seguro”, afirma, y por enésima vez, enfila hacia el monte. Con cientos de expediciones infructuosas sobre sus espaldas, y un montón de achaques como consecuencia de las noches a la intemperie, Miguel debe ser el cazador de tesoros que más ha buscado la mina de Cabo Corrientes, pero no el único. Apoyados en equipos para detectar metales, y viejos derroteros escritos en latín o en español antiguo, hay muchos otros que también lo hacen, alimentando, sin saberlo, la magia de uno de los pocos lugares del mundo donde las leyendas de piratas y fortunas escondidas siguen vivas en el imaginario de la gente.

Sobre el Autor

Ronald Suárez Rivas

Ronald Suárez Rivas

Comentarios   

Marcos Acosta
0 # La leyenda y la prensaMarcos Acosta 30-08-2018 14:23
Tulupío es un verdadero tesoro su vida cotidiana no solo se resume a buscar tesoros, también a recojer la basura de las playas y darle vida útil, pescar tortugas marinas (en peligro de extinción) para comer y compartir con algunas personas que le han enseñado a referirse a estos animales como "el peje que no se puede decir el nombre"...y la leyenda en si misma como fenómeno es una suerte que existan historias como esta, pero el trabajo de la prensa tiene que ser más conciente, responsable y emplear bien el látigo de cascabeles en la punta.
El investigador Cesar García del Pino expone defiende la falsedad de la leyenda con un traajo que lo ha llevado desde México hasta el Archivo General de Indias
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