Actualizado 22 / 02 / 2020

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El Kingue y la bestia

El mar se mecía suave, con una bonanza inusitada por aquellos días calurosos cuando las brisas del este, predominantes en la isla, convierten la orilla sur del Cabo de San Antonio en un rugir de olas contra los rompientes de las barreras coralinas y explotan como un aerosol en la costa afilada por el diente de perro.

kingue cuento fpt2El sol de las seis de la tarde ya no era tan fuerte. Junto con el Kingue, metido en aquella chalana de remos, con apenas tres metros de eslora, estaba un costeño, a quien había invitado cuando lo encontró cerca del faro Roncali, buscando unas tiras de soga que la mar arroja en sus levantes y sirve para amarrar animales y otros menesteres en la tierra.

Nada más le dijo vamos a echar una pesca, en el instante saltó por la borda y cayó sentado encima de las tablas que sirven de banco trasero en el bote. El Kingue se quedó en los remos bien aferrados a las chumaceras y comenzó a bogar suave pero seguro. Cuando habían navegado unos veinte minutos ya estaban a más de 50 brazas de profundidad. Soltaron la piedra que les servía de potala amarrada a una cuerda, hasta que se trabó al fondo rocoso y el bote tumbó con la proa hacia el débil viento.

Aquel diminuto lobo de mar, cuyo nombre verdadero y por el que poquísimos lo conocen; Euclides Castro González, sabía que a esa profundidad la pesca era segura, sobre todo cuando "la mar se deja pescar", porque el viento tiene que "cuadrarte" en el sentido que el bote enrumbe hacia la zona más profunda donde el pargo sisí o del alto, el arnillo, los meros y algunos otros peces de indudable calidad, pican bien rápido. Además, allí el canto del veril está muy cerca de la orilla y para colmo la brisa ligera del nordeste les vino como anillo al dedo.

Con fruición encarnaron los anzuelos que a pares, en cada pita, bajaron buscones por el entramado de agua azulosa como el añil. Pasaron unos minutos tranquilos. Solo el Kingue, refunfuñón, subió en dos ocasiones el sedal cortado como si fuese con una navaja, después de un seco jalón, pero la paciencia del pescador lo hizo insistir y volvió al fondo con otra línea.

La cuerda de la potala, atada a una anilla gruesa de cobre justo en la misma proa del bote y su crujir monótono, era lo único que rompía el pasmoso silencio de la tarde, hasta que el Kingue dice a su compañero: "Al parecer hay algún peje grande por ahí abajo porque me han partido la pita dos veces y no siento ni carajo, solo un jalón y adiós plomo y anzuelos: ¿Qué será eso caballero?, se preguntó impaciente.

Lo dijo porque en las dos ocasiones le habían trozado la pita, luego de haber cobrado quizás una braza, cuando sintió la imperceptible y profunda picada del sisí, y no apreció el estrechón, que a veces te abre el dedo índice por la primera falange, debido al acelerado roce de nailon, cuando un tiburón, una picúa, una cubera o algún pez grande, de boca fuerte y velocidad inusitada, sale prendido de la pieza que sube anzolada. –Parece que hoy estos pejes de diente no nos van a dejar pescar el alto, pensó para sí.

Nada hasta ese momento. Incluso la picada se detuvo en aquel lugar casi virgen de la naturaleza donde el pez no está espantado y de solo ver la carnada se apresta a darse un banquete y dejar constancia de su invariable y eterna debilidad de morir por la boca.

Estaban cerca del aburrimiento cuando observó a escasos metros una mancha verdosa y amplia que cimbreaba a centímetros de la superficie. Le preguntó a su compadre y le contestó rápido y desconfiado: Parece sargazo Kingue, pero este le respondió al instante: No lo creo, yo sé lo que es sargazo, eso es un animal y bien grande...

Los nervios hicieron presa primero de su compañero que de un tirón cayó acostado a lo largo del bote mientras que él, parado en el centro, estupefacto por lo que veía acercarse no tuvo más remedio que atrapar uno de los remos levantarlo y gritar con la voz entrecortada y vacilante, pero lo más alto que pudo: ¡!!Animaaaaaaal ......!!!, cuando aquel bicho sacó la cabeza enorme y abrió su boca descomunal llena de dientes, y que del susto lo dejó sentado dentro de la chalana, convertida en una cáscara de almendro cuando el monstruo zambulló "asustado" y dejó un remolino que casi la hunde.

"Solo atiné a coger el cuchillo, cortar la cuerda de la potala y salir hacia la orilla remando como un loco. Esa noche hicimos el cuento y la gente casi no lo podía creer, pero yo garantizaba que aquello era una morena gigante", dice el Kingue, mirando a los ojos de sus interlocutores, mientras intimidaba con manotazos, al jején vivaz siempre dispuesto a la sombra de un almendro que cobija las blancas arenas de la playa El Francés.

A las oídas, que por El Cabo el rumor se expanden como el olor del lirio de costa en la primavera, la anécdota llegó hasta algunos oficiales de la Marina que no tardaron en atracar una mañana en el viejo muelle, cuyos postes repletos de escaramujos afianzaban la soledad de su esqueleto, zarandeado solo de vez en vez por algún pescador solitario.

El chirriar de las tablas, quejosas por la presión de aquellas botas lustrosas del capitán y un alférez de la lancha, se escurrió por entre el monte y llegó a los oídos del Kingue que ya venía por el trillo del embarcadero. Era su tarea también, cuidar de aquellas costas y garantizar las crías jíbaras de puercos, que en conexión envidiable se sostienen allí a la par de la naturaleza.

Después de una presentación efusiva, como es normal entre la gente rural, el militar de más alto rango indagó mientras caminaban hacia la casita del Kingue y sus acompañantes, por el animal avistado y si lo podía llevar al mismo lugar del acontecimiento.

Luego de una taza de café colado y humeante, salieron por el mismo trillo y montaron en la lancha los tres que se disponían a capturar la "bestia". Traían en aquel navío con motor, un palangre de unos cien anzuelos bien grandes ga. Además, unos calabrotes capaces de sacar del agua a peces de 500 y más libras. El monstruo tendría que agenciárselas contra aquellos avíos, los hombres y el motor de una embarcación mucho más potente que un pobre bote de remos.

Al Kingue no le fue difícil marcar el lugar por el monte en la costa y otros puntos marinos, que como un azimut náutico, lleva en su cabeza a modo de sistema de posición global. --Por aquí mismo estábamos, le dijo al capitán Alberto y este le hizo señas al timonel para que detuviera la embarcación. Le ordenó bajar el grampín atado a una soga de nailon que se deslizó por la proa al centro de una guía de cobre.

Decidieron entonces pescar allí mismo algunos peces que sirvieran de carnada al monstruo que no salía de sus cabezas, sobre todo aquella imagen vívida del Kingue, cuando se vio casi partido en dos trozos dentro de la boca descomunal, pero que ahora, en un barco cuya banda era mucho más alta, le proporcionaba seguridad.

Vamos a tirar aquí; a lo mejor buscando la carnada, lo enganchamos, dijo el capitán entre risas, mientras el timonel les acercaba un cubo con sardinas saladas y recostó a un lado, dos cubetas llenas de pulpos y calamares.--- Estas son para completar el palangre, dijo el alférez con seguridad, a pesar de su juventud.

Saltaron por la banda los sedales todos con dos y hasta tres anzuelos. Al poco rato cada cual subía algún sisí y hasta un hermoso chernote engancharon. Poco a poco la captura de la carnada se convirtió en una fiesta de pesquería como hacía rato no se daba. Prácticamente habían olvidado la misión que los traía allí, menos el Kingue, que esperaba en cualquier momento se apareciera con su boca afilada y el cogote firme sobre la banda, el impertinente recuerdo.

A la hora en punto ya tenían casi dos cajas llenas de apetitosos peces. Pararon y escogieron algunas tiñosas, dos coronaos medianos, tres cibías bien grandotas y otros ejemplares propensos a la ciguatera, para completar junto a los pulpos y los calamares los anzuelos del palangre que comenzaba y terminaba en dos boyas inmensas de alrededor de 80 centímetros de diámetro.

Mientras Alberto evisceraba los pescados, el Kingue los picaba en trozos, los enganchaba a los anzuelos y los iba soltando una vez fijada la boya abajo con un chicote atado en la punta a un plomo de tres kilogramos y marcada con una banderola roja y blanca sobre su "polo norte".

El barco, lentamente conducido por el alférez, navegaba despacio dejando caer las decenas de señuelos que entre pescado, pulpo y calamar, iban llamando la atención de todos los habitantes del piélago, hasta soltar la última pieza y la segunda boya con su plomo a fondo y el banderín al viento.

La faena duró casi una hora. Extenuados, vieron ahogarse al sol en el colorido y habitual crepúsculo del Cabo de San Antonio. Bebieron un suculento caldo y engulleron apetitosos trozos de pescado frito que el alférez terminó en un santiamén. Prendieron unos cigarrillos y comenzaron a charlar sobre asuntos triviales sin quitarle la vista a las boyas del palangre que a la distancia de 200 metros, fueron desapareciendo en la penumbra.

Detuvieron el barco. Tiraron otra vez el ancla y se dispusieron a dormir sobre la cubierta en espera del amanecer. --Si no cogemos a la bestia, la pesca está asegurada por largos días--, dijo el capitán con cierto alivio. Ya tenían bastante con la captura de la tarde. Pero el ser humano tiene a veces esa inexplicable sed de pesca, cuyo límite solo lo decreta el cansancio.

Pasaron titilantes las constelaciones sobre sus cabezas y antes que amaneciera, se miraron unos a otros desesperados porque rompiera en el horizonte el primer rayo de luz, después de una noche de luna nueva, oscura, pero fresca.

Por fin, con los primeros claros levantaron ancla y salieron en busca del palangre. A cinco minutos de marcha esperaban ver las banderolas hundidas, pero la ansiedad los traicionaba, continuaron y nada, siguieron y todavía...nada.

No podía ser, el barco estuvo quieto donde lo fondearon. Toda la noche en el mismo lugar y con una brisa insignificante que les permitió dormir sin sobresalto alguno. Además la costa estaba ahí, en el mismo punto visual donde se acostaron, pero las boyas y las banderolas no aparecían.

Apoyándose en binoculares, siguieron navegando ahora en círculos y decidieron hacer el perímetro más amplio hasta que a las ocho de la mañana, casi una hora después, con el astro rey alto ya en el firmamento, se dieron por vencidos: ni las boyas ni las banderolas, ni restos de palangre, ni nada.

Apoyado en la banda del barco, un sentimiento vago recorrió el cuerpo del Kingue. Un escalofrío subió por sus pantorrillas hasta el espinazo y lo estremeció arriba cuando su vista traspasó la débil línea de la superficie y la clavó en la inmensidad del golfo. Veía en ese febril minuto, como el animal se retorcía al centro de la cuerda repleta de anzuelos, boyas y banderolas hechas jirones. Todo un amasijo de sogas, nailon y trozos de pescado, pulpo y calamar, girando cual ciclón submarino, alrededor de su bestia que a borbotones escupía sangre por la fiera boca y que una vez se asustó, simplemente, ante un grito y la amenaza de un remo.

Pensó con cierta angustia, que ya no la vería otra vez. De hecho, jamás la ha visto.

Sobre el Autor

Felix Témerez

Felix Témerez

Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba en Pinar del Río. (UPEC)

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