Actualizado 15 / 09 / 2019

buscar en guerrillero

Facebook Twitter Twitter Youtube  Rss 

23ºC
33ºC
Estado del tiempo en Pinar del Río

Viajes en búsqueda de arquitecturas subterráneas

Caverna de santo Tomás

Caverna de Santo Tomás. / Foto: Archivo

El viaje comienza sin mucho aspaviento. Esta vez no existen despedidas despampanantes con sombreros o serpentinas al aire, no está en el lugar ninguna banda de concierto, no asiste una gran multitud con augurios de “buena suerte”, ni tampoco toman una fotografía del grupo antes del recorrido.

Es 1954 y el periplo inicia, casi incógnito, desde La Habana hacia la ciudad de Pinar del Río durante unas tres horas por la Carretera Central. Los expedicionarios cuentan con el material indispensable en sus mochilas: algunas latas de comida en conserva, cascos, quinqués, agua, casi ninguna ropa... y todo lo imprescindible que pudieran cargar sobre sus hombros. A mediados de septiembre el grupo de la Sociedad Espeleológica de Cuba, dirigido por Antonio Núñez Jiménez, camina por terrenos fangosos y por el momento no muestra signos aparentes de cansancio. La misión: iniciar la exploración sistemática de cuevas abiertas en la Sierra de Quemado. Cuando arriban al caserío de Cabezas, hablan con algunos guajiros para pedir indicaciones y continúan a pie. Los meses más calurosos del año ya pasaron, pero esta vez la lluvia entorpece el camino. Algunas especies de plantas como la palma corcho le parecen raras, pero más allá de las características propias del terreno, la región les resulta similar a la de otras regiones de Cuba. El cansancio los impulsa a acomodarse como pueden y acampan en el terreno de una de las 10 casas que componen el poblado de Pons. Pocas cosas presentan tanta introspección, preservar, como en una carrera de largo aliento, las fuerzas para seguir. Ahora, junto al fuego, en una de las imágenes más primitivas y predecibles del ser humano, balbucean su próxima ruta junto a mosquitos, cigarras, jejenes... Las distancias parecen más cortas en las mañanas y aprovechan para adelantar camino. Despiertan temprano y recorren como mínimo 4,5 kilómetros hasta el Valle de Quemado, en busca de la sierra del mismo nombre. Con cinco kilómetros de ancho de este a oeste y unos siete de norte a sur, el valle está encerrado por alturas: al norte por lo mogotes de la Sierra de Pan de Azúcar y de Celdas, al este por la Sierra de Quemado, al sureste por la Sierra de Gramales y por la región occidental limita con las alturas Pizarrosas del Norte. Ahora, todos, junto al pie de la cordillera, observan las paredes de rocas como rascacielos primitivos. La idea los apasiona, quizá como lo hicieron aborígenes o esclavos que poblaron la zona en otros siglos. Y desde abajo contemplan los árboles empotrados en las laderas de las rocas. Todavía no tienen fuerzas para pensar en otras cosas, pero horas después, la imagen les recordará edificaciones imponentes como la Gran Muralla China o, tal vez, el Capitolio; pero, por ahora, se mantienen lejos de pensamientos “civilizados”. Los exploradores, están frente a formaciones rocosas de más de 100 millones de años y deciden no instalarse en los linderos del bohío de Aurelia Camacho, la única casa que se encontraron por aquellos lares después de abandonar Pons. Algunas noches sí llegarán a la casa de Aurelia y escucharán las historias del majá que se tragó a un isleño por el pie, del sapo que secó a la niña... y también, indagarán sobre otras galerías ya conocidas por los habitantes del lugar. Es sencillo el ascenso por el mogote y, como lo hicieron los colonizadores de Cuba, desplazan la vegetación a su paso. Allí, en el primer compartimento de la cueva, el grupo iniciará el viaje que terminará después de 47 años con el descubrimiento de vestigios de fauna fósil de la era cuaternaria, indicios de presencia aborigen y el esqueleto de un esclavo con 3000 años de antigüedad. Pero, aun es septiembre de 1954 y los espeleólogos acampan en la boca de la Cueva del Salón en la Sierra de Quemado, sin conocer las incógnitas formas del resto de la gruta. Nadie lo dice, ni siquiera lo imaginan: esa noche duermen en uno de los salones que integra lo que ellos, tiempo después, bautizaran como la Gran Caverna de Santo Tomás, el sistema cavernario más grande de Cuba. caverna santo tomas

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Red 2.0

Aplicación móvil
Extensión para su navegador

Periódico Guerrillero