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Con la vista doblada

Foto: Victor Manuel Blanco

Ni un sultán, o un mandatario, pero en minutos usted está un peldaño por encima de una persona. Y quizás, siente la superioridad de contemplar a alguien desde otra dimensión óptica.

En esa perspectiva, el campo visual resulta engañoso y, tal vez, adivine quién está a menos de tres centímetros de distancia, el color de su ropa o incluso la agilidad de sus manos.

También, probablemente, usted coincide con él hace varios años y, de la misma forma, limita el vínculo con ese individuo y solo, mediante una relación contractual, le ofrece de pago cinco pesos.

Durante unos minutos su ego tiene a alguien a los pies. Entonces es como Napoleón, Bismarck o cualquier insigne general al terminar una batalla victoriosa; porque en los anales de la historia no precisan los pulidores de zapatos ni del Emperador Francés ni de otros oficiales con alta jerarquía militar.

Y ahí, del otro lado de la frontera, como una prolongación de su cuerpo, está el limpiabotas. Insólito, no. Eminente, tampoco. Da lo mismo: aun desde su posición, usted todos los días depende de él.

El lustrador es Alexander Soto León y continúa en el suelo. De sus 37 años, lleva 15 en este oficio. Orgulloso. Su cuerpo carece de posturas sublimes. Sus movimientos son repetitivos y predecibles.

A veces, usted realiza una pequeña cola y quizás personifique a su cliente número 20 o, en un día de mucha demanda, el 80 de toda la jornada.

Desde lo alto, por primera vez, examina sus acciones con algún tipo de exactitud: él desempolva, pasa betún, lo restante es mucho brillo, cepillo, pomos de pintura, varios paños y tocar de vez en vez, una campanita para la buena surte.

En algunos momentos desarrolla algún tipo de conversación fugaz, sobre si no le molesta estar embarrado de tinta, la hora en que empieza la faena, o de cómo fabrica sus propios instrumentos de trabajo con cera, parafina y aguara. Meros cuestionamientos triviales.

Mientras, sus botas ya están limpias y usted, en el banco inquisidor o ya en el suelo, todavía cuestiona la complacencia de alguien en inclinarse sobre los pies de otras personas.

Para Alexander permanecer nueve horas con la cabeza hacia abajo y observar más zapatos que rostros no es señal de cortesía decimonónica; sino es como conocer el mundo por la raíz.

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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