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Buzo en zona de tiburones

Aunque ya no puede bajar a pulmón las 15 o 16 brazas de antes, en el trabajo José todavía se bate con los mejores de tú a tú

Aunque ya no puede bajar a pulmón las 15 o 16 brazas de antes, en el trabajo José todavía se bate con los mejores de tú a tú. / Foto del autor

José Pino ha pasado todo tipo de sustos bajo el agua, desde la embestida de un tiburón, hasta quedarse encerrado dentro de la cabina de un barco hundido, pero cuando se le pregunta, no vacila en afirmar que si volviera a nacer, sería otra vez pescador.

A sus 55 años, continúa desempeñándose como buzo en una de las embarcaciones de La Coloma, la empresa pesquera más grande de Cuba, y aunque ya no puede bajar a pulmón las 15 o 16 brazas (entre 30 y 32 metros) de antes, en el trabajo todavía se bate con los mejores de tú a tú. Dice que el amor por el mar le viene en la sangre. Fue su padre quien se lo inculcó, al igual que a sus otros nueve hermanos que también son pescadores, por eso cuando se enferma, asegura que se cura más rápido navegando que en su casa. “Yo por lo menos tengo esa teoría. No sé si es superstición, pero cuando me cae catarro, me tiro al agua y de verdad que se me quita”.
En su larga trayectoria como pescador, ha pasado por las tres flotas de La Coloma (túnidos, langosta y escama). “La que más me ha gustado es la escama, porque es la del fuego. Me encanta estar en el agua el día entero, mirando las especies y los tiburones”, explica José, a pesar de que reconoce que es una labor peligrosa. “Hace dos años, por ejemplo, fuimos a tirar un lance en un lugar que le dicen El Cayuelo, en el arrecife, y me sorprendió un tiburón. Yo estaba solo, fuera del grupo, buscando la mancha de cuberas, y parece que por eso me atacó. “Estuve un buen rato agarrado a una piedra que sobresalía a la superficie, respirando por el snorkel para no perderlo de vista. Él iba dando vueltas para tratar de cogerme y yo hacía lo mismo detrás de la piedra, para que no me pudiera alcanzar, hasta que llegaron en un bote a rescatarme. “Otra vez me pasó algo parecido cerca del Patterson, un barco griego hundido que hay por aquí. En esa ocasión sí me azocó bastante. Incluso vomité en el agua, pero tampoco me llegó con el diente. “Yo nunca he visto a un tiburón mordiendo a alguien. En cambio sí he visto morenas haciéndolo, y a una sierra volar y cortar a un buzo por la espalda, y a un delfín que trancamos, saltar y aturdir a un hermano mío, porque le cayó arriba”. A pesar de los riesgos, José se precia de haber trabajado con varios de los mejores pescadores del país, y asegura que la vida en el barco transcurre como en familia. “Uno se pasa más tiempo aquí que en la casa. De los 30 días del mes, 20 estamos navegando. Convivimos más con los compañeros, que con la mujer y los muchachos”. Su jornada inicia al amanecer, y termina poco después de que el sol se esconde. Para ese momento, José ya ha dado cientos de zambullidas acomodando jaulas y chinchorros, y subiendo sus presas a la superficie. “Cuando acaba el día, nos bañamos, comemos y hay quien se pone a ver las noticias o alguna película en el televisor. Yo me acuesto a las siete y pico, y no veo nada, porque me agoto mucho por el desespero que me cae. No me gusta perder el tiempo, ni que alguien pesque más que yo. Si los muchachos cogen una, yo quiero coger dos. En los sitios más profundos, todavía trabajo más cómodo que ellos, por las mañas que uno aprende”. Por su experiencia como buzo, a José lo llaman cada vez que se hunde un barco o alguien se ahoga en sitios muy profundos. “Yo he rescatado muchas embarcaciones y motores y otros avituallamientos como los tanques de agua, de combustible y la afonía de barcos que no se podían sacar. “También he rescatado el cuerpo de varias personas ahogadas. Una vez en El Cayuelo, tuve que bajar 87 metros para hacerlo. “No me alegro de que un barco se hunda, pero me gusta que cuando eso pasa, me llamen a mí para recuperarlo. Para lograrlo, primero ubico el hueco en el casco, le pongo una pieza de madera por dentro y otra por fuera, y las aprieto con tornillos, sello el cuarto de máquinas y luego le saco el agua del interior con motobombas, hasta que sale a la superficie”. Aunque se dice fácil, José confiesa haber pasado más de un susto durante estos rescates. “Varias veces el oleaje ha hecho que se tranque la puerta, y he tenido que romper el cristal de la cabina con el tanque de oxígeno para salir”. Más que un simple oficio, considera que su trabajo como buzo le ha dado la oportunidad de contemplar un mundo que la mayoría de las personas desconoce. “El fondo del mar es más lindo que la superficie de tierra, que no le quepa duda. Hay ramajos muy bellos, azules, anaranjados, dorados, violetas. Usted ve cómo se mueven con las olas, cómo si fueran jardines”, dice. Por eso, a pesar de la soledad y la nostalgia por la familia que quedó en tierra, confiesa que “el mar para mí es la vida. “Desde los siete años yo dejé los estudios, y me fui con mi papá, que era un gran pescador. Durante 11 años seguidos fue Vanguardia Nacional, y llegó a ser en su momento el mayor productor del país. -“Cuando me enfermo, me curo más rápido aquí que en mi casa”, asegura José. / Foto del autor

Sobre el Autor

Ronald Suárez Rivas

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