Una mujer de su casa
- Escrito por Yolanda Molina Pérez
Foto: Pedro Paredes Hernández
Cuando llegamos a su casa nos aguardaba sentada en el portal, me llamó la atención la quietud de su pose, casi estatuaria, sin embargo, se puso de pie con destreza para franquearnos la entrada a su morada.
Juana María Cordero Miranda, tiene 50 años, es oriunda de San Miguel en Bahía Honda, allí nacieron ella y sus seis hermanos, pero la mayor parte de su vida ha transcurrido en La Palma, aquí encontró trabajo, futuro y amor. RECUERDOS AJENOS Y PROPIOS... Tenía tres meses y 10 días de nacida, no vio venir el peligro ni pudo hacer nada para evitarlo, cuando la lámpara de keroseno explotó en la humilde vivienda de su familia en Bahía Honda y le quemó las piernas. Su existencia estuvo y está condicionada por ese accidente, creció en el hospital Frank País, donde recibió numerosas intervenciones quirúrgicas para recuperar el tejido de sus miembros inferiores, veía a la familia cuando iban a visitarla, sus padres tenían que cuidar del resto de la prole. Aun así, afirma haber tenido una infancia feliz, en ese centro de salud recibió cariño, le celebraban los cumpleaños, le hacían regalos, incluso un médico la llevaba algunos fines de semana para su casa, a la edad de 12 años fue dada de alta. Para aquel entonces ya los progenitores estaban divorciados. Compartieron la custodia de los descendientes y en el reparto ella quedó con el padre, el cual residía en la zona La Mulata, por razones laborales pasaba mucho tiempo fuera de la casa y no podía cuidarla de la manera que demandaba su edad y salud. Ante esta situación una hermana mayor, decide llevársela a vivir consigo y permanecen juntas hasta la adultez. A los 18 años aparece una úlcera en el pie izquierdo y la solución ha de ser drástica: amputación. Con una larga historia de ingresos y padecimientos, Juana María decide interrumpir definitivamente esa cadena y exige la escisión de las dos piernas. Han pasado 32 abriles, sigue considerando que fue lo correcto, y argumenta: “Si me cortaban una pierna iba a usar más la otra porque eso es lo normal y entonces vendría luego el problema, la úlcera o lo que fuera, las dos estaban mal y preferí pasar una sola vez por eso, fui yo quien lo pidió”. Seguido al proceso de la convalecencia quirúrgica comenzó el entrenamiento y uso de las prótesis, el cual asegura no le resultó complicado pues desde los ocho años usaba dispositivos ortopédicos para ayudarse con la marcha. UN ESPACIO. Lamenta que apenas tiene un sexto grado y no pudo estudiar más por los problemas de salud, no obstante, se siente útil, no duda en calificarse como una luchadora que vive sin complejos, porque desde pequeña tuvo que aprender a enfrentar las miradas de los otros. Juana María es fundadora del taller especial Quintín Bandera, en La Palma, por muchos años debió viajar desde La Mulata hasta la cabecera municipal para trabajar, pero eso no la amilanó, se enorgullece de ser fundadora del mismo y asegura que allí ha hecho a lo largo de casi tres décadas, de todos los trabajos manuales. Los viajes terminaron al casarse con un palmero, el matrimonio se extendió por tres lustros y de esa unión obtuvo su mayor riqueza, la maternidad. Para esta mujer de pequeña estatura, corpulenta sin llegar a ser gruesa, tez negra, mirada escudriñadora y ademanes pausados, el mejor regalo es su hija; tiene 19 años y es maravillosa, afirma con orgullo y convicción. No viven juntas, pero es su ayuda y pilar, confiesa que ahora prefiere la quietud del hogar, sentarse en su portal, pero no siempre fue así; participó en competencias deportivas, festivales de aficionados y recorrió todo el país, gracias a su participación activa en las actividades de la Asociación Cubana de Limitados Físico – Motores (ACLIFIM). Practicó carrera en sillón, impulsión del disco y la bala, tiro de la jabalina, aunque no niega que era la primera modalidad la que más disfrutaba. En el arte, fue el teatro la modalidad que la llevó a escena, obtuvo premios en actuación y también triunfó como deportista, pero no guarda las memorias físicas de esos hechos en su casa, “todo eso está en la Asociación”, aclara. DESTINO, RESIGNACIÓN. Cree en el destino y asume su accidente y consecuencias, como lo que le tocó, añade que tal vez fue para bien, pues si no hubiese estado enferma quizás hubiera sido la perdición; sonríe con picardía y por un momento los sueños de otra vida posible le iluminan el rostro, en ese instante desaparece la timidez que durante la entrevista la ha mantenido con la mirada esquiva, escabulléndose al lente de la cámara. Se reconoce como una mujer realizada: “trabajo, me casé, tuve una hija y no soy igual que los otros, hay cosas que no puedo hacer, pero no me siento menos y sobre todo soy útil a la sociedad” En los últimos tiempos la diabetes le va minando el cuerpo, no ha podido controlarla, entre otras cosas porque a veces se siente bien y los análisis indican lo contrario, se le dificulta seguir la dieta por la carencia de un refrigerador: “ahí vamos, un día mejor y otro peor, pero estoy viva” Por último, le pido que se defina a sí misma y lo hace sin titubear, con pocas palabras: “una mujer tranquila, de mi casa”.




