Actualizado 13 / 11 / 2018

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Los días de la carbonera

Cinco y media de la mañana. Encorvada sobre la tierra, con botas, guantes, camisa de manga larga y pañuelo, Kenia Barreto Santiesteban selecciona los troncos de marabú.

Amontona, separa, desmocha, troza, recoge la madera. Seguir, seguir... pausa. Kenia es la única productora de carbón del municipio de San Juan y Martínez.

"Me dediqué a este trabajo con mi marido desde los 20 años en Cocodrilo, a cuatro kilómetros de aquí. Un día le comenté:

´Ya puedo empezar sin ti´. Hice el horno sin ayuda y dijo: ´Bueno, tú estás lista´. De ahí para acá seguí sola.

"Cuando me levanto hago mi café y comienzo la jornada, solo paro a las 12 para almorzar y continúo hasta las seis de la tarde. Es una faena intensa, pero me siento bien cuando la hago".

Separa, apila los troncos, uno, otro, otro... hasta que pierde la cuenta. A un lado los más gruesos para la exportación y los medianos del otro para algunos centros comerciales del territorio.

"En el monte demoro en dependencia del tamaño del horno, si quiero montar uno grande estoy alrededor de 15 días.

"Siempre entrego de 100 a 150 sacos. Al principio era menos, pero hace siete meses pertenezco a la Brigada de Carbón de Galafre. Ellos me prestan la motosierra por dos días y adelanto nueve o 10 carretones de troncos que no corto con el hacha".

Según Kenia la principal ventaja de trabajar para la Empresa Forestal del municipio es poseer un comprador fijo. Además, el pago de cada kilogramo es de 65 centavos en moneda nacional y dos centavos en pesos convertibles.

Reúne cada metro cúbico de madera. Durante dos días el calor y los mosquitos se unen a la enorme pila. Tierra, pajón y madera, uno sobre otro, toman el sitio. El lugar ya está listo. Esta constituye una de las etapas que más prefiere.

Inicia la quema a las 12 de la noche. El humo comienza a despertar de arriba hacia abajo. En una esquina del terreno una casita de tablas y guano la guarece durante todo el proceso.

"Lo extraigo a partir de esa hora porque la candela y las chispas se ven mejor en la oscuridad. Tienes que permanecer muy pendiente todo el tiempo porque si no se vuelve cenizas. Entonces lo perdiste todo.

"Termino a las cinco y media o seis de la mañana. Para mí, difícil no hay nada. Yo realizo lo que me propongo y punto", dijo.

Al amanecer y después de varios días humeantes, una montaña negra desafía el paisaje. El entorno es similar a un paraje volcánico. Solo tierra hay alrededor del horno.

Azadón o pala en mano comienza a aparecer el carbón. El primer saco ya está lleno y luego el próximo y el siguiente... En ocasiones es mucho y lo extrae en dos tandas. Una noche más en el monte.

Para ella este representa el período más engorroso. "Mi esposo y mi hijo me ayudan, aunque no de forma regular porque ellos tienen otras responsabilidades.

"La gente dice: ´¡Cómo tú haces hornos, eso es un trabajo de hombres!´. Pero eso es de cualquiera, solo debes proponértelo.

"No estoy loca, prefiero trabajar en el bosque. Para mí ocuparse de una casa es aburrido. Mis hijas realizan todas las labores. Yo me voy por la mañana y cuando llego todo está hecho", aclara.

Conversadora aunque en ocasiones, tímida, con sonrisa impredecible, pequeña de estatura, sin aparente fuerza física y con 44 años de edad, asevera que le gusta la vida del monte.

Uno de sus tesoros son las manos, las muestra sin prejuicios y orgullosa de cada callo y pinchada de marabú.

Señala, agrupa y en voz alta enumera: uno, dos... 148 sacos. Ya el camión de la Forestal los acopió. Terminó el ciclo. Después de 15 días está agotada. Casi no ha dormido.

De madera a carbón. De la madrugada a la noche. Cortar, acoplar, quemar y recoger. Kenia ya volvió a afilar su hacha.

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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